¡Qué casualidad! La semana pasada revisé
Drácula, la primera de la serie Hammer, que no veía desde que era un pipiolo. Evidentemente, acusa el paso del tiempo –empezando por el de un servidor-, pero en absoluto resulta cutre o aburrida, en contra de lo que se ha dicho en algún comentario. Además del impacto que, como ha señalado Tunner, pudo provocar en su día el uso de la sangre o la violencia de los empalamientos, destaca la malsana sexualidad que la película desprende, con momentos memorables como la agonía nocturna de Lucy en espera de la visita de Drácula o la expresión de Mina, acariciando las pieles que ocultan su cuello, al regreso de su primera "cita" con el vampiro. Hay secuencias que dan verdadero miedo, como el paseo nocturno de la hija de la doncella, y contrapuntos divertidos, como las desdichas del aduanero al que destrozan la barrera, sucesivamente, el coche del Conde y el de sus perseguidores. Lee y Cushing son, a mi modesto entender, los dos actores que mejor han encarnado a sus personajes. Y la dirección de Terence Fisher, torpe y algo forzada en las escenas de acción, rezuma talento en el manejo de la cámara dentro de unos decorados cuyo abigarramiento aumenta la sensación de claustrofobia e imposibilidad de escapatoria. Por cierto, si un estudiante de cine quiere aprender qué es un movimiento de cámara con sentido, no tiene más que analizar el primer plano de los
títulos de crédito.
Eso sí: la obra maestra es el
Nosferatu de Murnau.