Tras leer varios cuentos y ensayos de Hofmannsthal, se me ocurre que Richard Strauss tiene que haber sido uno de los tipos más suertudos de la historia de las artes. No sólo le tocó vivir una época ideal para el cultivo de su peculiar talento (unos decenios antes o después y a saber qué nos hubiera compuesto y cómo hubiera sido recibido), sino que se encontró con un compañero de trabajo tan excepcional y acomodaticio como el escritor vienés.
Acabo de terminar Jedermann.
Hofmannsthal, impresionado más por el concepto que por el texto de la famosa morality play inglesa Everyman, recogiendo materiales de Hans Sachs, Calderón (La Cena del Rey Baltasar), Durero, diversos Minnesänger y otros retales sueltos, y transfigurando el lenguaje de Sachs en un alemán que no es medieval ni tampoco propiamente de la época del autor, sino una suerte de fantasía filológica, como la que emplea en el Caballero de la Rosa, nos presenta esta fascinante obra, cuya representación se ha convertido en una costumbre escénica del Festival de Salzburgo.
Hay algo de pastiche en el empeño. Y el propio Hofmannsthal describe su empresa con humildad de artesano medieval en una carta a Elsa Bruckmann-Cantacuzene: “Por supuesto que sólo me siento como el restaurador temeroso y humilde de un cuadro. Pero esta comparación no es precisa del todo, puesto que no trabajo sobre un original antiguo, sino sobre varios, a partir de los cuales no pretendo cristalizar un hipotético original único que sustenta toda la obra”. Algo menos modesto se revela en una carta a Richard Strauss: “… no me he limitado a completar una vieja escultura de madera rota añadiéndole unos dedos… sino que, a partir de los restos casi informes de una cabeza, he labrado una figura íntegra.”
Hofmannsthal consigue que la obra sea honradamente fiel a las fuentes medievales, sin por ello dejar de insuflarle el espíritu de la época del autor, para el que el personaje crucial de este drama religioso es Mammon, que simboliza la posición del hombre ante el dinero (Hofmannsthal había leído con interés a Simmel). Pero más importante que esto es que la pieza tiene vida. Y es divertida.
Jedermann es un rico apenas interesado en cosa que no sea su fortuna y la seguridad y placeres que ésta le ofrece. No es cruel. Manda a un deudor a la cárcel, pero luego ofrece trabajo a la mujer de éste para que ni ella ni sus hijos caigan en el desamparo. Su madre le advierte que, en vez de distraer las horas con cortesanas que no son sino la forma carnal que toma su dinero, se case cristianamente y empeñe su ingenio y laboriosidad en el cultivo de las buenas obras. Su hijo le dice, cariñosamente y con tacto, que está chocha. En el curso de un banquete celebrado en honor de su amante, la muerte se le aparece para reclamarle el alma. Aterrado ante lo arduo del camino que se ve obligado a seguir, Jedermann pide ingenuamente a amante, mayordomo y amigos que le hagan compañía, y éstos (¡sorpresa!) se niegan. Igualmente, el dinero que ha acumulado con laboriosa pericia, representado por Mammon, se niega a desprenderse de este mundo, que es el único en el que ejerce gobierno. Sólo se ofrecen a guiarle y consolarle en su última peregrinación sus Buenas Obras (muy debilitadas) y su Fe. Al verse abandonado por el mundo, Jedermann, en un rapto de terror, se arrepiente. Sus Buenas Obras y su Fe cobran fuerza y le defienden del Demonio, que viene a exigirle el pago de sus deudas en especie (a peso de alma, digamos).
La obra se estrenó en Berlín en 1911, bajo dirección de Max Reinhardt. El personaje de la cortesana lo interpretó una tal Leopoldine Konstantin, a la que los amantes del viejo cine reconocerán como la siniestra madre del personaje de Claude Rains en Encadenados.

El otro personaje importante de la obra, escondido, es el tiempo (die ist ein sonderbar Ding), compañero inseparable del dinero. Pobre Leopoldine, quién te ha visto y quién te ve:
A partir de 1920 Jedermann empieza a representarse en Salzburgo. Por una misería uno puede leerla en su casa, y hasta consolarle de su miseria.