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Última función de los puritanos bilbaínos, donde un servidor pudo confirmar muchas de las cosas dichas aquí y discrepar de alguna.
José Miguel Pérez Sierra está en su derecho, faltaría más, de no gustarle Bellini. Pero para los que sí nos gusta, la pelea de ese señor y la sinfónica de Navarra contra el acto II, anticlimático, mortecino e incoherente (la reprise del Vien diletto llevada muchísimo más lenta que la primera vuelta, el tema de Il rival salvar tu dei introducido a sprint, metales sin criterio, problemas de ejecución, y sobre todo, una falta absoluta de teatralidad) fue difícil de ver. El Coro de la Ópera de Bilbao, mientras aquello iba de all'armi, heraldos y tal, se marcaba su Otxote Eguna propio, pero cuando las exigencias bellinianas eran más clásicas, afloraban las dificultades (ay esos tenores en el coro inicial del acto II!). El escenario era un Belén viviente con alambrada y una escalera de caracol puesta en una esquina, en cuyo subsuelo, en el primer acto, había un internado de monjas, y en el segundo, la nave de ET que venía a llevarse al bajo y al baritono. Hombre, muy fiel no era, pero dejaba que cantaran Puritani. Absolutamente REPUGNANTE el personal del teatro, impropio de una ciudad que ama la música.
En cuanto a las voces, que era principalmente lo que me llevó a mí ahí, pues hubo de todo, pero la tónica general fue bastante flurry. Fuese porque se tratase de la cuarta Elvira en siete noches o porque, sin más, no tenía el día, Elena Mosuc estuvo muy mediana. Anodina en el dúo con el bajo e imprecisísima en la Polonesa (que no fue aplaudida en absoluto) se rescató solo parcialmente con una escena de la locura de momentos de delicatessen vocal pero sin unidad. Donde sí brilló (y brindó el gran momento belcantista de la noche) fue en el final del primer acto, un estremecedor cantable coronado por dos enormes Fa5 en la stretta.
Albelo. A ver, Albelo canta bien. Tiene el sobreagudo garantizado y con él tira el teatro, pero no es verdad que "eso sea todo". También tiene momentos de canto ligado y propiedad estilística. Ahora bien, tiene sus problemas. El timbre es caprino y falto de color en el centro, el intérprete no descolla por fantasía (qué agonía tristanesca en su larga escena del inicio del acto III) y la imitación hasta de las menores inflexiones de Kraus termina por volverse en su contra, porque si se acentúa la misma consonante de la misma manera pero no se tiene la misma técnica maestra para hilar el Sol#3 o el La3 con la misma brillantez que el sobreagudo (el primer agudo le pilla a veces sin terminar de girar y suena muscular y forzado) la emulación legítima comienza a ser imitación menos legítima. Y es una pena, porque el chico no es ningún camelo.
Muy mal el Riccardo de Gabriele Viviani (al terminar el Ah per sempre, un señor de mi alrededor dijo "Bravo!" y otra voz dijo "¿quién ha dicho eso?"), en contraste con el cual, Simón Orfila estuvo mucho más timbrado, pero a costa, en ocasiones, de un uso demasiado pronunciado de los resonadores nasales. Cuando alivió esa tendencia (segunda vuelta del Cinta di Fiori, por ejemplo) consiguió las frases más bonitas y naturales de su prestación.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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