Mi razón 23 para odiar Tristán; algún día escribiré un libro con las cien (primeras) razones; será un libro muy malo, por supuesto, pero cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad y todo eso...:
En la antiguedad, la expresión plástica más celebrada del mito de Medea fue obra de Timómaco. Si otros artistas representaban a la hechicera en el momento culminante de su posesión furiosa, con el rostro desgarrado por la locura mientras mataba a sus hijos, Timómaco la mostraba en el momento inmediatamente anterior a su feroz decisión, cuando todavía pesaba en ella el amor materno y no se había desligado de las convenciones de la sociedad. De este modo, al espectador se le permitía ponderar la complejidad de los motivos humanos, sin que por ello el artista le hurtara el horror que pretende desvelar el mito.
Las otras pinturas impresionaban en la primera visión, pero, puesto que sus autores, por un mal instinto artístico, se hacían temporalmente ignorantes de una de las características fundamentales del arte (y en especial de la pintura y la escultura), como es que pretende imprimir una marca indeleble en el flujo del tiempo, la contemplación sostenida de las mismas hastiaba y se teñía de un elemento ridículo (ya que el exceso a menudo lo es).
Esa escena grotesca, vista una y otra vez, día tras día, se despojaba de su trasfondo emocional y filosófico y se quedaba en un mamarracho que buscaba
el susto fácil, como la bruja del tren que daba escobazos a los niños.
En Tristán, el éxtasis es continuo. Los gestos están siempre contorsionados. Como lo está la música. Hay artistas que no saben tapar a tiempo el tarro de las
esencias y quieren ser sublimes sin interrupción. Por eso esta partitura chorrea sándalo. Y huele que tira de espaldas.
Es una broma.

Este supuesto motivo se puede aplicar a cualquier obra de arte que a uno no le guste. Por lo tanto, es arbitrario e inválido.
Pero qué tranquilo me he quedado.