La recientísima
Forza del destino, de Munich, con un reparto
all star.
Esta supuesta
Forza del siglo lo único que produce es aburrimiento y dolor de garganta (esto último por simpatía con la manera de cantar de todo el reparto). Y tiene delito aburrir con esta obra donde siempre están pasando cosas y hay tanto para distraerse. Kaufmann es lo más salvable, pero empieza un poco a cansar esa manera de cantar siempre igual cante lo que cante. Se agradece su valentía, su empuje y algunas notas arriba con buena pegada, pero es siempre más de lo mismo.
Me consta que la señora Harteros provoca muchos entusiasmos en el respetable, pero a mí la verdad es que no me acaba de convencer. Es una soprano lírica modosita pero metida en unos berenjenales verdianos que le sobrepasan. No sé si es por eso, pero a mí siempre me da la sesanción de una voz frágil y de falta de empaque en todos los registros para afrontar este tipo de canto. El grave es sordo, el centro velado, y el agudo sale esforzado y fibroso. Con esos mimbres es imposible afrontar las grandes curvas melódicas que exige Verdi. No se puede negar que se lo curra y que intenta sus cositas pero el resultado no acaba de cuajar. Hay sonidos aflautados de cierto efecto (no así el Síb en piano de "Invan la pace" que no pilla el punto de afinación), y lo mejor lo da en esa aria final, donde por fin se consigue un poco de emoción entre tanto tedio.
El resto es digno de
La Parada de los monstruos. Kowaljow (Padre Guardiano) es una voz más dura que el pedernal, otro tanto Girolami (Melitone), que tiene un vozarrón, pero que canta a grito pelado. Vulgarísima la Preziosilla de Krasteva, e irreconocible Tezier como Don Carlos. El francés nunca ha sido Battistini, pero por lo menos tenía un pase. Lo de esta
Forza es un horror. La voz empotrada en el pescuezo y un canto desaforado y sin control. Un aria conflictiva en el aspecto expresivo como
Urna fatale, en manos de un marmolillo como Tezier se acaba convirtiendo en un coñazo. Y en la cabaletta las pasó canutas y estuvo a punto de desgañitarse. Y otro coñazo la dirección de Ascher Fisch que se desnvuelve entre el estruendo y la inanidad.
La puesta en escena es de Kusej, y abunda en la habitual estética cutre y fea que todo lo invade. Pero lo peor de todo no es eso, sino la falta absoluta de ideas. Las escenas populares y coloristas están resueltas amontonando gente en el escenario y convulsionando unos con otros. Y en ese afán absurdo por distanciarse lo más posible del libreto, se inventa cosas que al final acaban siendo más ridículas que lo que, supuestasmente, se trataba de evitar. Por ejemplo, las escenas de lucha provocan la risa con soluciones al estilo de las películas de Bud Spencer y Terence Hill, y en el dúo
Solenne in quest'ora, Don Alvaro le da una llave a Don Carlo para que abra alguna caja, se supone. Hasta ahí todo normal, pero el caso es que luego el barítono la llave no la usa para nada, porque simplemente le roba la cartera al moribundo tenor. Y lo de mantener cadáveres o medio muertos en escena debe de ser algún fetichismo ignoto del señor Kusej, porque el Marqués de Calatrava se pasa toda la escena de la taberna muerto en escena, y el pobre Kaufmann hace lo mismo durante todo el aria del barítono, para luego ser llevado deprisa y corriendo sin apenas tiempo para que alguien le comunique a Don Carlo aquello de
Lieta novella: é salvo, y éste se lance a cantar su furibunda cabaletta. En fin, todo muy de comedia y para echarse unas risas.
Habrá que esperar a
La Forza del siglo que viene, a ver si la cosa mejora

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