|
Como no se anima ninguno de esos ilustres foreros que cita Loge, les dejo algunas impresiones en la línea de mis compañeros, tras reiterar mis felicitaciones a los padres de la criatura.
La obra nos sorprendió gratamente a los que no la conocíamos. Podría pensarse en una funcioncilla sin pretensiones pensada para sobrellevar la terrible vida Terezin, pero nada de eso. El libreto es una alegoría, no demasiado sutil, sobre la capacidad (auto)destructiva del poder unido a la técnica, que termina aniquilando la dialéctica “natural” de la vida y la muerte. La música tiene ese aire de familia de la Entartete Musik: exploración de los límites de la tonalidad, parodias de temas conocidos (el himno imperial de Haydn es el más evidente, pero también me pareció reconocer momentos que sonaban desde Bach hasta Dvorak), alternancia de estructuras musicales “del pasado” (passacaglia, minueto), con referencias a la música popular contemporánea (cabaret, shimmy), búsqueda de nuevas sonoridades instrumentales, tensión entre los números vocales cantados y las diferentes formas de recitativo, etc. El resultado no es siempre igual de afortunado, pero tiene momentos de tremendo impacto (la Totentanz) y hasta de conmovedora belleza (el aria final).
José María Sánchez Verdú ha hecho, a mi juicio, un trabajo muy notable con la modesta orquesta compuesta por conjunto de cuerdas –creo que reforzado respecto a la instrumentación original-, tres maderas, saxo, trompeta, piano, clave, banjo y percusión. Salvo puntuales desajustes, los músicos de la Orquesta Reino de Aragón transmitieron con sentido y sensibilidad los muy diversos registros que recorre la partitura en la escasa hora que dura la función. Los instrumentos describen a los personajes y hasta dialogan con ellos, sin que la carga paródica vaya nunca en detrimento de la profunda humanidad de lo que se está contando. En cuanto a la parte vocal, el balance final es más que satisfactorio, aunque desigual. Destacaría a Martha Matheu como Bubikopf y al ya mencionado Toni Marsol como Emperador, cuya Despedida dejó al público pegado a los asientos. Hasta Tip habría disfrutado de esos momentos conmovedores. En ambos cantantes, la belleza del timbre se une a la musicalidad y la técnica, cosa que no se puede decir de alguno de los otros miembros del elenco.
La escenografía, muy sencilla, plantea la obra como una representación dentro del propio campo de concentración –incluyendo en la caracterización como prisioneros a Sánchez Verdú y a la orquesta-, una idea especialmente pertinente dado el planteamiento general de la función por parte de los organizadores (con actividades paralelas en torno al tema “Música y Holocausto”). Sin embargo, la intervención de los guardias nazis en el desarrollo de los acontecimientos lleva a alterar el sentido de algunas escenas (la del encuentro entre el soldado y la Bubikopf, convertido en una violación por parte del comandante) y da lugar a algún subrayado innecesario.
La respuesta del público, mal está que lo diga uno de la tierra, sorprendentemente positiva, por afluencia y por acogida entusiasta. Va a resultar que, en Zaragoza, hay vida lírica más allá de José Luis Moreno y de las zarzuelas.
_________________ Para saber mucho: vivir muchos años, caminar muchas tierras, leer buenos libros o conversar con amigos sabios y discretos. (Baltasar Gracián)
|