05/07/2013
Bayerische Staatsoper, Nationaltheater, München
Il TrovatorePaolo Carignani (dirección musical)
Olivier Py (dirección escénica) – Pierre-André Weitz (escenografía y vestuario) – Bertrand Killy (iluminación)
Sören Eckhoff (maestro de coros)
Alexey Markov (Conte di Luna) – Anja Harteros (Leonora) – Elena Manistina (Azucena) – Jonas Kaufmann (Manrico) – Kwangchul Youn (Ferrando) – Golda Schultz (Inés) – Francesco Petrozzi (Ruiz) – Rafal Pawnuk (Un gitano) – Joshua Stewart (Un messo)
Chor der Bayerischen Staatsoper
Bayerisches Staatsorchester
Recuerdo haber leído hace algún tiempo una entrevista a Riccardo Muti, en la que el maestro venía a decir, si no me falla la memoria, que en Wagner podía concebirse una puesta en escena que se apartase de la literalidad del libreto, por el carácter más bien abstracto de la música, pero que en el caso de Mozart o de Verdi ello no es posible, porque la música escrita por éstos se encuentra en una correspondencia exacta con la situación escénica descrita y planteada en el libreto, y por tanto si se cambia la imagen que se ve en la escena, se perjudica o quebranta el efecto que la música ha buscado producir. Se trata de una opinión con la que no necesariamente ha de estarse de acuerdo, y que seguramente diga más cosas acerca de quien la emite que de las posibilidades de resolver escénicamente una obra como
Il Trovatore, que más que simple cumbre del género, es en cierto modo el resumen mismo del género; como si en unos cuantos milenios se hubiesen perdido y destruido todas las partituras, todos los discos, y solamente hubiera quedado testimonio de
Il Trovatore, y los terrícolas de entonces tendrían un cabal conocimiento de qué era eso de la ópera. Pero el caso es que esa opinión de Muti se me vino, insidiosa, a la cabeza ayer mientras veía (o intuía por momentos) la puesta en escena creada por Py, y comprobaba con certidumbre cruel hasta qué punto es complicado conseguir una traducción en imágenes de esta obra que se aparte de la literalidad de lo que el libreto prescribe, hasta qué punto estamos ante una obra tan transparente que cualquier añadido sobra, hasta qué punto Muti atinaba en su intuición. Le preguntaban a Thielemann en otra entrevista qué le gustaba cocinar, y respondía con su contundencia teutónica:
spaghetti aglio e olio, gli mangi e sei felice. Seguramente Py no haya entendido esa cosa tan sencilla, no haya entendido que no hace falta contarnos todo el tiempo seis cosas a la vez, saturar la visión con toda clase de imágenes chocantes, hacer girar hasta la extenuación la plataforma central del escenario. Que conste que no estamos ante un fracaso rotundo ni ante un dislate total: el mundo que vemos es o puede ser el mundo nocturno, abigarrado e inquietante de
Il Trovatore, con las señas de identidad del director, el desnudo como recurso expresivo, la presencia de la madre de Azucena a la que el texto continuamente evoca, esos seres enmascarados que no se sabe bien si son algo más que el reflejo de las pesadillas de los protagonistas. Queda la sensación de que Py no ha llegado a redondear una propuesta coherente; pero está claro también que
Il Trovatore no es una obra coherente; y quizá en parte por todo ello, mis impresiones sobre la puesta en escena no son en absoluto coherentes.
Otra de mis impresiones es que el estilo de la puesta en escena cambia apreciablemente a partir de la segunda escena del tercer acto. Desde ese momento, la sobreabundancia de estímulos visuales desaparece y el protagonismo pasa a ser de los actores-cantantes, solos o casi en la escena, y de una música que hace que el tiempo se suspenda. Quizá a esas alturas de la partitura, Py ha comprendido que si toda la ópera de todos los tiempos se perdiese, y solamente quedasen siete minutos de una soprano cantando
D´amor sull ali rosee, los terrícolas de dentro de unos milenios, los espíritus nocturnos de su puesta en escena, sabrían qué era eso de la ópera y seguirían enloqueciendo por ella. Escuchando a la grandiosa Harteros en ese momento, se tiene la certeza de que daría igual que la escena estuviese en el planeta de los simios, en la Grand Central Station o en un castillo medieval, o sea, que a fin de cuentas quizá Muti no tenía la razón, o sí, no hay por qué ser coherentes llegado este punto.
En efecto, ante dos personalidades artísticas tan avasalladoras como las de soprano y tenor protagonistas, todo lo demás pasa a ser secundario. Ella logra una Leonora extasiada y extasiante, con la lejanía y la conmovedora frialdad de una dama de Van Dyck (véase:
http://spain.intofineart.com/upload1/file-admin/images/new21/Anthony%20Van%20Dyck-943442.gif), de acentos dolientes y amplias frases, que también sabe encontrar los arrestos y los graves necesarios en su dúo con el Conde; es una Leonora-Condesa, elegante y afligida, frente a la Leonora-Tosca, impetuosa y torrencial que encarna hoy la Radvanovsky. Si los terrícolas del futuro pudiesen escuchar a las dos, enloquecerían para siempre cavilando cómo la misma música puede ser tan diferente según quién la cante. Él es y será por siempre, ante los escrutadores oídos latinos, un Manrico exótico en el acento, heterodoxo por momentos en la línea, limitado en el agudo de la
Pira, cantada medio tono bajo según han dicho los que de esto entienden. Pero, descontado o asumido esto, es evidente que los oídos impreparados de los terrícolas del futuro serán por completo incapaces de resistirse ante un Manrico arrolladoramente viril, de atractivísimo color baritonal, de inmediata sugestión heroica; un Manrico-Domingo frente al Manrico-Bergonzi en la línea que hoy quisiera ser Meli; un Manrico músico sensibilísimo e inteligente,
Der Troubadour al cabo, que logra su mejor momento en
Ah! sì ben mio, como le gustaría a Muti, fraseando con el virtuosismo de un violonchelista, engrandeciendo la frase previa
Amor, sublime amore, in tale istante ti favelli al core como hizo hace poco con la sola palabra
Taube, quizá es que Wagner y Verdi al final no sean tan diferentes, contra lo que pensaba Muti. Un Manrico, en fin, en el que no hace falta escudriñar mucho para descubrir las hechuras del próximo gran Moro.
Todo lo demás palidece frente al espectacular desempeño de soprano y tenor. La puesta en escena de Py, pero también el resto del reparto. El barítono Markov, que tiende al Luna truculento de toda la vida, que suena algo incómodo, que no termina de explicarnos bien su
Balen. La mezzo Manistina, que juega la carta de la Azucena truculenta de toda la vida, que suena potente pero poco o muy poco italiana, que no termina de instalarse en nuestra conciencia con sus pesadillas. El bajo Youn, musical, rotundo y expresivo, que vuelve a demostrar su versatilidad. Y la orquesta solvente y atenta de Carignani, sin ese más allá de depuración que quizá ofrecería Muti, sin reinventar la partitura, pero sosteniendo el pulso, acompañando a los cantantes, dejando que la música se explique por sí sola, entendiendo qué cosa son los
spaghetti aglio e olio. En el reino de Wagner, la gente los come y es feliz.