Indiana Jones. En busca del arca perdidaNo había vuelto a verla desde entonces. Han pasado más de treinta años y, claro, nada es lo mismo. Con la distancia, lo que más llama la atención es que una película presentada en su día como el regreso del cine de aventuras es, en realidad, el título que enterró el género definitivamente, sustituyéndolo por lo que hoy conocemos como cine de acción. Las características de este último aparecen en
Indiana de forma paradigmática, a saber, entre otras:
- Un guión construido en función de las secuencias de acción y completamente desinteresado por la peripecia interna de los personajes. No hay historia –más allá del suspense en torno a la misteriosa condición del arca-, ni motivaciones, ni reacciones ante los (escasos) giros argumentales. Los escenarios no tienen otro sentido que proporcionar el “terreno de juego”, no influyen en los protagonistas o en el curso de los acontecimientos.
- Consiguientemente, la puesta en escena está al servicio de ese ejercicio circense del más difícil todavía, con destacado protagonismo de stunts y efectos especiales. Spielberg, que en sus anteriores películas se había mostrado interesado en la planificación como creadora de sentido, reserva esta para secuencias carentes de peso argumental real, como los encuentros de Indie con los miembros del servicio secreto o con su colega interpretado por Denholm Elliot. Ni siquiera aparecen los planos de transición marca de la casa, que el director norteamericano aprendió de su admirado David Lean.
- Los elementos metalingüísticos tienen una presencia permanente. El espectador no es ingenuo, conoce las referencias, ha visto el cine que inspira la película y Spielberg lo tiene en cuenta. Los personajes son iconos, tratados críticamente e incluso con un cierto tono de parodia: parecen saber cómo va a terminar cada escena y a dónde conduce la historia, guiñándonos el ojo con un aire de complicidad, como si quisieran decirnos “ya sabemos que sabéis”. También hay que revisar los estereotipos con corrección política: la chica, por ejemplo, ha de ser a la vez lo de siempre y otra cosa, los amantes actúan tan conscientes de este juego que no hay química alguna entre ellos.
Por supuesto,
En busca del arca perdida es una buena película en tanto que consigue lo que se propone. Esos aspectos que tan poco me gustan son, precisamente, sus puntos fuertes. Hay al menos tres secuencias de acción que no desmerecerían en cualquier producción actual, a pesar de la revolución tecnológica transcurrida en estas décadas: la inicial en la selva sudamericana, la pelea en la taberna nepalí y la persecución final en Egipto. La ironía metalingüística que arruina la aventura da lugar, en cambio, a momentos memorables: el formidable espadachín árabe eliminado de un simple balazo por Indie, el estremecedor instrumento de tortura del siniestro nazi que resulta ser un perchero o el traje del soldado alemán con el que el héroe se disfraza tras dejarlo convenientemente fuera de combate, ¡que por una vez no es de la talla adecuada!
Puedo admitir todas estas cualidades y pasar por alto algunas ridiculeces como el episodio del submarino. No tengo inconveniente en reconocer el gran diseño de producción y aplaudir la excelente banda sonora de John Williams. Lo que nadie ha conseguido explicarme aún es cómo Harrison Ford llegó a tener incluso cierta reputación como actor: su incapacidad para transmitir cualquier emoción y su constante recurso a un rictus característico –esa mueca medio sonrisa que al parecer desbordaba
sex appeal- lo sitúa al nivel de los
jrandes del despropósito interpretativo, nombres que "brillaron" en otro tipo de cine de género, como Victor Mature o Roger Moore.