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Función del 6 de marzo, con el invierno ya dejado atrás. Prácticamente lleno en el Real, aunque alguno pudo mejorar la entrada tras el descanso.
La puesta en escena de Haneke, clásica donde las haya (afortunadamente), el flamante oscarizado no destrozó el libreto ni metió genialidades allá donde no se requieren. Nada de cajas absurdas, un escenario dividido en dos partes, separadas por unos ventanales correderos que en el primer acto tuvieron más actividad que las puertas automáticas de El Corte Inglés en época de rebajas. Un amplio sofá Natuzzi a la derecha, junto a la chimenea de Macbeth y una librería a la izquierda, bajo un óleo de alguien seguramente importante y cerca de una nevera que enfriaba aun con la puerta abierta. Ya en los detalles se perdió más el austriaco, no sólo por la omnipresencia de personajes, principales o de atrezzo, que nada pintaban allí, sino también por el grave ¿olvido? de los mostachos de los mancebos desde mitad del primer acto. Lo mejor, las escenas de seducción del segundo acto, lógicamente subidas de tono, muy bien planteadas, con excesos mínimos siempre dentro de un guión. A ver si crea escuela. Trajes de época mezclados con otros modernos y decoración justa, ni recargada ni pobre. No salió a saludar pero de lo que llevamos de temporada la mejor puesta en escena de largo. Un aplauso para él, sí señor.
Los cantantes, de todo como en botica. Anett Fritsch como Fiordiligi (jamás me aprenderé este nombre), morena lírica de coloratura de pelo liso y medidas uniformes (60-60-60), buena figura, piernas finas y largas y excelentes movimientos sensuales. El modelo era claramente el de Pilar Rubio pero ni los ojos ni las piernas llegaban a tanto. Ni tampoco la sonrisa. Aun así, muy digna. Ataviada con un llamativo vestido rojo pasión de vuelo ligero, apta tanto para la intimidad como para la noche más sofisticada, encandiló al respetable en varias ocasiones. La mejor sin duda alguna.
Paola Gardina fue Dorabella, rubia mechada de coloratura de pelo corto y figura menos atractiva que su compañera de reparto. Algo impersonal en su recreación, pareció tender a Chelo García Cortés por su atuendo (blusa y pantalones acampanados negros de Armani, Alfredo) pero a muchos nos recordó sólo a Eva Hache. Sensualmente más tosca, sin embargo nos regaló una tórrida escena pasiva al calor de la chimenea en el cortejo de Guglielmo mientras mostraba su sujetador de encaje, negro, por supuesto. No fueron Burt Lancaster y Deborah Kerr en la playa pero para la crisis actual que padecemos estuvo más que bien.
Ferrando lo encarnó el argentino Juan Francisco Gatell, joven apuesto de proporciones discretas pero que supo sacar jugo de su cuerpo. Moreno ligero de pelo ondulado, mostró maneras y mucha técnica interpretativa, así como un torso aceptablemente musculado, si bien se le debería exigir más horas de gimnasio si no quiere ver truncada trágicamente su carrera. Queda lejos del mejor en este papel, Tom Cruise, sin desmerecer a Patrick Bruel. Bien en la exploración manual de su amada.
Más discreto vi a Andreas Wolf, rubio liso de flequillo caprino, al que le vino grande el papel. Ni la distancia entre los ojos, ni la nariz, ni tampoco el cuerpo eran los más adecuados para este rol (Brad Pitt), que si bien parece muy intrascendente, crece sobremanera mediado el segundo acto. El torso, menos trabajado que el de su compañero, evidenciaba unas incipientes lorzas por más que intentase disimularlas con acrobáticos escorzos portamentados.
El fondo de armario de los oficiales fue idéntico, digno del mejor noble: traje de corte masculino con pajarita multifunción que puede marcar tendencia esta temporada, el típico chaleco albanés estampado del siglo XVI, chaqueta militar de lapislázuli de toda la vida, frac dorado satén de Vittorio Grigolo y Luquino Pavarotti para seducir a las novias y un curioso sombrero de estilo cumpleaños inglés que seguramente marcará un antes y un después en Ascot.
Decepcionante la pareja restante, que por cierto sólo se adivina que pretenden ser matrimonio porque nos lo han hecho saber. Afortunadamente, el libreto no deja lugar a la más mínima duda. William Shimell, veterano pelucón bufo no recordó ni por asomo a Jeremy Irons. Una caricatura del Casanova de Fellini, aun a pesar de conservar el porte clásico que le ha dado la naturaleza. Visiblemente cansado al final de la ópera, no se desposeyó de su traje del siglo XVIII que tanto le encorsetó. La peor sin duda fue Kerstin Avermo, que pareció salir del ídem, permanente rubia rizada ligera de escaso pelo, simplona con su pijama satén blanco. No mejoró como doctora-Pompoff ni como notario con diarrea de última hora, en que se hizo aún más patente sus carencias físicas. No habíamos visto cosa igual desde los estertores de Betty White como Rose Nylund.
El coro perfectamente vestido, convenientemente excluidos aquellos que no cumplían los requisitos de belleza y cuerpo Danone que se requería. La negrita que tanto me gusta, fuera.
Gran noche fashion week, esperando ya la siguiente. Se puede hacer un casting mejor, pero claro, no tenemos el presupuesto de Hollywood, ni siquiera el de la Pasarela Cibeles.
_________________ Mejor un mal Verdi que un buen Britten.
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