Excelente fin de semana operístico a pesar de la nieve en las carreteras valonas gracias sobre todo a dos grandes muy grandes, una aun en todo su esplendor, y otra ya en la cuesta abajo, pero que todavía es capaz de dar tardes de gloria a la afición.
El sábado en Luxemburgo programa doble con "El secreto de Susana" de Wolf-Ferrari, y una obra maestra "La voz humana" de Francis Poulenc. El nexo común, fue Anna Caterina Antonacci, exquisita en ambos papeles, interprete de primera tanto vocal como escénicamente. Nunca había visto en vivo el secreto de Susana, y fue muy agradable. Música sin especiales pretensiones con una obertura muy interesante y un aria casi al final que es un canto al placer de fumar. La bordó al igual que el resto de la obra, con un magnetismo insultante, y esa voz tan especial que le permite notas graves de mezzo con un color de soprano de verdad. De su partenaire, Vittorio Prato lo mejor que se puede decir es que no desentonó a su lado, y que ayudo a crear la complicidad necesaria en la obra.
La segunda parte ya eran palabras mayores. A priori, el recuerdo imborrable de la amante ofendida de Raina Kabaivanska en Oviedo, y de la interpretación tan distinta pero también estupenda (algo más distante y altiva) de Felicity Lott en Madrid ponían el listón muy alto. La Antonacci estuvo tremenda, interpretando cada frase intensamente, y huyendo del histrionismo fácil a que se puede prestar la obra. El resultado fue de primera. En Marzo va a repetir en la Opera Comique de Paris. Totalmente recomendable

La orquesta estuvo correcta, y la producción simple pero perfecta para ambas obras. En el escenario se montó una plataforma giratoria con un apartamento moderno con muebles de diseño. Excelente la iluminación. Toda la acción del secreto de Susana transcurría en el hall, mientras que en la voz humana, pasaba del hall a la habitación o al baño, teléfono inalámbrico en mano, dando a entender que era una continuación en el tiempo, años después, de la misma pareja, ahora ya en trance de separación.
Y el domingo, tras un par de horas de conducir entre la nieve, reencuentro en Lieja con Deborah Voigt para ver "La fanciulla del West", obra que nunca había visto en vivo. El teatro, reabierto el pasado septiembre tras una remodelación de 3 años, conserva su calidez y acústica a tenor de lo escuchado. A la Voigt no la veía desde la Ariadne en Londres en 2008, que supuso su retorno al Covent Garden tras su “expulsión” por no entrar en el vestido negro de Primadonna unos años atrás. Y también era la primera vez que la veía en vivo en repertorio italiano. Y la verdad es que quedé encantado. La voz sigue siendo de gran calidad, con color y amplio sonido, aunque algo menos impactante que en sus Isoldas y Leonoras anteriores a la operación. Arrancó reservona, pero en seguida empezó a cantar de verdad. Impecable la escena del baile y la del cofre. Pero lo mejor fue el final del segundo acto con el Jack Rance del mexicano Carlos Almaguer, a quien no conocía, y que me dio una muy grata impresión. Algo bastote, pero con una voz imponente y dándole la réplica en todo momento a la Voigt, consiguieron un momento mágico donde saltaron “chispas operísticas” de primer nivel. Chispas a las que contribuyó de manera esencial la excelente labor en el foso de Gianlugi Gelmetti. Confieso que no me hizo mucha ilusión cuando vi que él era el director, dado que no guardo muy buen recuerdo de la única vez que le había visto en el Barbero de Madrid de hace unos años. Pero la verdad es que aquí no tuvo nada que ver. Fue una lectura muy bella, con tensión y emoción a raudales, concertando, cuidando a los cantantes, resaltando detalles y colores que hicieron que Puccini sonara de verdad. La orquesta en sus manos pareció de primer nivel.
La producción coproducida con San Francisco y Palermo y firmada por Lorenzo Mariani, director del teatro palermitano, siendo de escenografía moderna fue muy respetuosa con el libreto. Hubo bar “la polka”, cabaña de Minnie y desierto californiano, con la pequeña concesión a la galería de la aparición de un caballo montado por la Voigt, tanto cuando llega a salvar a Dick Johnson de la soga, como al final en la salida a saludar.
Lástima que la función perfecta no existe, y ésta no iba a ser menos. De ello se encargó el tenor (o lo que sea) Carl Tanner. Ni graves, ni centro, ni zona de paso. Lo único que le interesa es colocar los agudos, aunque estos sean completamente mates y la mayoría calantes. Un completo horror, incapaz de ligar una frase.

No les quiero contar como fue el Ch’ella mi creda libero. En fin, para olvidar. Lo inolvidable fue todo lo anterior