Estuve la semana pasada por Holanda y Bélgica, nuestras antiguas y brumosas provincias al Norte del Imperio

. A decir verdad, brumas hubo pocas, porque nos hizo un tiempo estupendo. Mucho frío, eso sí, pero con los cielos limpísimos. Fue un garbeo belcantista, de títulos infrecuentes y que a saber cuándo podremos ver por aquí:
Guillaume Tell , en Amsterdam, y
Lucrezia Borgia, en Bruselas.
El
Tell holandés fue lo mejor del viaje. Está claro que esta ópera funciona cuando hay un tenor en condiciones, como ocurrió hace un par de años con Kunde, en Coruña. Tenía muchas ganas de ver en vivo a John Osborn, un cantante muy interesante por lo que conocía a través de las grabaciones, y esta experiencia en directo ha confirmado las expectativas. Tras un primer acto donde se reservó descaradamente, se vino arriba a partir del segundo acto, con un terceto solventado con musicalidad y sin demasiados sufrimientos. Y culminó su actuación con una magnífica interpretación de su gran aria del último acto, dominando la situación sin angustias ni temores divinos (a pesar de que el director de escena no lo dejó quieto ni un solo momento), y permitiéndose incluso el alarde de una
messa di voce en el Do4 de la frase final del aria. En la cabaletta subsiguiente, con las dos estrofas completas, se mostró valentísimo y sobradísimo. La voz no es gran cosa, sin demasiada expansión ni
squillo, pero suena fresca y joven, y resulta ideal para el papel. Además, es un cantante que se desenvuelve con muchísimo gusto, con fantasía y variedad en el fraseo, y con conocimiento del estilo (preciosas, por ejemplo, las variaciones en la cabaletta del dúo con el baritono, del primer acto; o los juegos dinámicos en la exposición repetida de una misma frase melódica).
Mathilde fue Marina Rebeka, quien levantó la función con su aria de salida al principio del segundo acto, tras un primer acto un poco descafeinado, por lo que comentaba anteriormente.
Sombre forêt es un momento ideal para su voz, de lírica purísima, sin ostentaciones ni suntuosidades, pero sedosa y bien contorneada. Peor funcionó la cosa en su otra aria (uno de los grandes momentos de esta soberana partitura), porque las grandes frases que la conforman, la coloratura
di forza requerida, y el ímpetu plenamente romántico del momento, le quedaban un poquito grandes. El resto de los protagonistas, muy flojos. De Nicola Alaimo (Guillaume) decía hace poco yo por aquí que era un cantante del montón. Pues me desdigo: no llega ni al nivel de los del montón

. Nuestro paisano Atxalandabaso cantaba el Ruodi y aunque cumplió de sobra, me pareció que no alcanzaba el nivel extraordinario de la función coruñesa ya mencionada. Paolo Carignani dirigió con entusiasmo y sin que decayera el ánimo, pero sin demasiada personalidad. Mérito suyo el hecho de que la obra se interpretara prácticamente completa, con repeticiones y variaciones incluídas. Salvo parte del ballet del primer acto, algún coro, y (lo más lamentable) el estupendo terceto femenino del último acto, se pudo escuchar todo lo demás. Ligera decepción me llevé con los cuerpos estables del teatro (de acústica problemática, por cierto), desajustados, de canto funcionarial el coro, y de sonido no especialmente pulido la orquesta. La puesta en escena de Pierre Audi fue rara en cuanto a la escenografía (con muchos elementos simbólicos, vueltos del revés, animales colgando del aire, figuras extrañas...), pero supo crear una atmósfera acorde con la música. Lo mejor, el final de la obra, con un uso muy imaginativo y muy bello de la iluminación, y también la manera de resolver el ballet del tercer acto, que aprovechó para reflejar las relaciones de dominación y sometimiento entre opresores y oprimidos.
La
Borgia de Bruselas fue más a ras de suelo. No se interpretó en La Monnaie, sino en el Cirque Royal, un recinto en principio poco apropiado para la ópera, pero que sirvió para que el director de escena, Guy Joosten, sacara partido de la peculiar forma del lugar, con una puesta en escena trasladada de época, pero fiel al espíritu, y sin extravagancias gratuitas.
La protagonista (y creo que debutando el papel) fue Elena Mosuc. La chica se lo curró de verdad, como comentó un amigo mío, pero de donde no hay, no se puede sacar. El papel le sobrepasa por todos lados en los momentos dramáticos y de bravura vocal. Se defiende con corrección en los momentos de canto desplegado, pero sin demasiada personalidad ni fantasía. La voz tampoco es particularmente carnosa ni espesa, aparte de que no está del todo en su sitio, lo cual se nota sobre todo en los ascensos a la zona alta, que queda muy retrasada. Que conste que fui de los pocos a los que no encantó la señora, porque el público se desbordó de entusiasmo al final de la obra. El resto, entre lo malo (Castronovo, y buena parte de los comprimarios) y lo horroroso (el Alfonso, de Paul Gay, y el resto de comprimarios). Mención aparte para Silvia Tro, que hacía el Orsini. Sé que es una cantante que gusta mucho al personal, pero a mí su voz prefabricada y de plástico, y emitida con técnicas ventrílocuas, no me convence absolutamente nada

. El director de orquesta, Julian Reynolds, se limitó a llevar el compás, y animar la función con un chunda-chunda continuo, muy acorde con el nivel de charanga que tiene la orquesta de La Monnaie. Por cierto, y siguiendo su criterio, se interpretó rigurosamente la versión original del estreno, con el rondó final
Era desso il figlio mio, escrito por Donizetti ante la pesadísima insistencia de la soprano Henriette Meric-Lalande, y sin el aria de la muerte del tenor,
Madre, se ognor lontano.