http://www.salzburgerfestspiele.at/oper/die-soldaten-2012Ante todo, la felicidad extraordinaria de “descubrir” un título absolutamente sensacional, que sin duda merecería ocupar un puesto dentro del repertorio, o al menos, una presencia mucho más habitual en las programaciones. Requiere sin duda una mínima familiaridad con el lenguaje de su autor y con el argumento, pero una vez “hechos los deberes” mínimamente, la recompensa es grandiosa. Me resulta obligado citar el hilo del foro que en su día se dedicó a la obra, y que me ha sido de gran utilidad para acercarme a ella:
http://unanocheenlaopera.com/viewtopic.php?f=2&t=13221Protagonista esencial de la función es la orquesta, que ocupa no solamente el (reducido) foso sino también los laterales del escenario, y que suena con una riqueza, sensualidad y calidez arrebatadoras, evocando por momentos no ya el universo de Berg (la obra, en muchos aspectos, sigue la estela de Wozzeck), sino al Strauss de Elektra. Metzmacher logra un colosal triunfo, poniendo en relieve la relación de Zimmermann con la estética del expresionismo y del romanticismo tardío, haciendo primar la portentosa riqueza tímbrica y rítmica de la partitura.
El reparto parece haberse confeccionado siguiendo este mismo designio de mostrar los lazos entre Zimmermann y el pasado, con abundancia de voces wagnerianas y straussianas, que configuran un plantel brillante y homogéneo. La protagonista, Aikin, da la impresión de superar con facilidad las exigencias de su papel, con una voz a la vez delicada, brillante en el registro agudo y con la suficiente presencia para superar la densidad del sonido orquestal. La otra gran ovación de la noche es para la Gräfin de Beňačková. La cantante, ya provecta, no puede seguir el ideal belcantista a que sus compañeros de reparto tienden, pero se diría que utiliza esa misma decrepitud vocal para pintar la decrepitud moral de su personaje, que poco o nada tiene aquí de benevolente. La voz es muy poderosa y dice con una autoridad estremecedora, aproximando su personaje a la Kabanicha o la Kostelnička, un personaje femenino siniestro que exige la destrucción de Marie en pro de la preservación del buen nombre de su hijo.
La puesta en escena se permite diversas libertades respecto de lo que establece el libreto, pero resulta respetuosa con el espíritu de la obra, sabe jugar con las posibilidades del alargado escenario (en particular, para conseguir los efectos de simultaneidad de escenas pedidos en varios momentos por el compositor) y consigue un imponente efecto tanto global como en varios momentos concretos. Muy logrado resulta el final, con Eisenhardt entonando el Padrenuestro desde el segundo piso de las arcadas, Marie lanzando un grito estremecedor tras la estatua de una cuadriga, como un animal sacrificado, y Wesener tendido en primer plano sobre el suelo. Otra de las escenas destacables es el trío Marie/Charlotte/Gräfin (que de manera involuntaria recuerda, aunque sea por oposición, al del Rosenkavalier); el regisseur ha tenido la idea de presentar a Marie embarazada, lo que explicaría la inquietud e interés de la Condesa por ella, y hace que la protagonista, subida a su camastro, saque de su vientre lo que resulta ser un montón de paja, que va deshilachándose, en una imagen muy impactante; como lo es la anterior de seducción de Marie por Desportes, que tiene lugar en medio de un montón de paja en que los personajes se zambullen dionisiacamente. En otras escenas, se presenta a Marie dentro de un prisma de cristal, a la vez jaula y refugio, donde es asediada por los soldados que se pegan a su alrededor, imagen de una sexualidad febril, brutalizada, insatisfactoria; y donde tiene lugar su violación, esta vez, ahogada en medio de un montón de paja que previamente le ha arrojado el Jäger. Entre los aspectos quizá más discutibles, la idea de actualizar la acción a la época de la Gran guerra, según se deduce del vestuario, que poco quita o añade. Tampoco aportan gran cosa los caballos que se pasean por la parte trasera del escenario, referencia probablemente al lugar donde se desarrolla la función. Y se prescinde de las proyecciones indicadas al comienzo del cuarto acto, aunque esto no impida seguir la narración.
El espectáculo, en su conjunto, es verdaderamente colosal, una de las sesiones de ópera más imponentes a las que he asistido en mucho tiempo. Recomiendo a todos quienes puedan presenciar la retransmisión televisiva de esta tarde, que no se la pierdan.