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CINCO PERSONAJES EN BUSCA DE AMOR Para mí, ésta es la ópera de las renuncias por amor. Los comportamientos de los personajes principales se articulan en torno a dos clases de amor: el heterosexual y el paternofilial. Conforme a ello tenemos dos triángulos: el formado por Raquel, Leopoldo y Eudoxia, y el que integran Eleazar, Raquel y Brogni. Por ese amor todos ellos, en un momento u otro, renuncian a algo o están dispuestos a hacerlo:
Tomemos en primer lugar la imponente figura de Eléazar. Lo considero el verdadero protagonista de la ópera porque, para mí, el desarrollo fáctico está más condicionado por su enfrentamiento contra los cristianos que por la relación amorosa de su hija con Leopoldo, que de hecho termina abruptamente en el Acto III. Su combate religioso es el elemento “estructural” de la ópera, en tanto que los avatares de los dos jóvenes serían un elemento “circunstancial”, un motivo más para acrecentar la ira del orfebre.
Eléazar es inflexible, irreductible en su obsesión de vengarse de los cristianos, a los que, mientras tanto, va fastidiando todo lo que puede: trabaja en festivo, se pone a ver el desfile en la puerta de la iglesia, se regodea pensando en el dinero que les cuestan sus servicios... Pero hay dos ocasiones en que el amor paterno produce fisuras en su postura aparentemente granítica. Una es en el Acto II, cuando las súplicas de Raquel consiguen que acepte su matrimonio con el hombre que quiere, aunque sea cristiano. La otra es al término del Acto IV. Hasta ahí, le ha negado a Brogni, con pétrea determinación, cualquier información sobre su hija. Pero, una vez que el cardenal se va, le entran las dudas. ¿Es tan importante mi venganza como para condenarla a morir? Y la verdad es que ya está cediendo, ya cambia de actitud cuando oye a sus enemigos cristianos reclamar a gritos su muerte. La suerte de ambos, padre e hija, queda decidida, pues, por el fanatismo cristiano, al que se ve obligado a oponer el fanatismo judío. Pero sus dudas en este momento y su concesión en el segundo acto demuestran que, en definitiva, en el alma de Eleazar pesa más el amor que la fe.
Resulta llamativo que este papel sea interpretado por un tenor, cuando normalmente los roles de padres o personas de cierta edad los cantan barítonos o bajos. Más aún si tienen tintes odiosos. En realidad, para un bajo había concebido Halévy el personaje, pero Adolph Nourrit se entusiasmó con el papel y convenció al compositor para que lo reescribiera para él. Tanta fue su influencia que, según se dice, fue suya la idea de acabar el acto IV no con el conjunto tradicional sino con el aria “Rachel, quand du Seigneur”, llegando a sugerir el texto.
El segundo personaje en importancia, (el primero, si nos atenemos al título) es Raquel. Habida cuenta que puede salvarse in extremis renegando de su fe y no lo hace, no se le puede considerar creyente menos firme que el padre. Pero sí es más conciliadora al principio. Se muestra más dispuesta a comprender a los cristianos. Cuando en el Acto I Eleazar rechaza cualquier trato con Brogni, Raquel aprecia el gesto del cardenal y canta “Los cristianos y sus creencias ya no me inspiran tanto terror”. Una nueva muestra la tenemos en el Acto II: descubre que su amante no le ha dicho ni media verdad (nombre falso, profesión falsa, religión falsa). Pero ella antepone el amor a sus diferencias religiosas y por eso decide fugarse con él, aun renunciando a la religión y al género de vida que hasta ahora ha conocido junto a su padre. Ahora, que su estado civil también sea falso, como descubre en el Acto III, ya es demasiado. El amor, en forma de despecho, provoca su rabia y la delación, sin parar mientes en que se condena a sí misma. Pero es precisamente el amor que todavía siente lo que, al final, se antepone a su ira y le lleva a cambiar su declaración para salvar a Leopoldo sin por eso salvarse ella misma. Mutatis mutandis, acaba convirtiéndose en el precedente de Gilda.
Leopoldo es el falsario, el garbanzo negro en esta historia. Es un paladín cristiano, pero sus actos demuestran que para él, la fe es secundaria. Lo prioritario es su pasión por Raquel, hasta el punto de hacerse pasar por judío y proponerle fugarse y abandonarlo todo, lo que en su caso implica renunciar a una eminente posición social. En buena lógica, eso significa que el amor falso es el que aparenta sentir por su esposa. A la hora de la verdad, su figura se enaniza: ni confirma, echándole valor, su amor por la judía y salga el sol por Antequera, ni desmiente la acusación de Raquel, ni hace profesión de amor hacia Eudoxia. Se queda en un limbo indefinido, donde lo único que le importa es su propia vida, pues aunque ya no aparece en los dos últimos actos, es evidente que acepta el dondedijediego de Raquel con tal de salvar el pellejo y el status.
Eudoxia no tiene conflictos religiosos, morales, éticos, ni de ninguna clase. Lo que tiene es un amor enorme por su marido. Lo demuestra en el Acto II, al encargar la joya para él. También en el Acto III, cuando espera ilusionada el momento de agasajarlo. Y sobre todo, en el Acto IV, con su súplica a Raquel para que cambie la declaración. No es que su fe se vea sometida aquí a ninguna prueba, pero sí que, para humillarse ante la judía, tiene que dejar aparte creencias y posición social. Incluso tiene que encajar el uppercut que le lanza su enemiga: “¿Ves ahora cuál de nosotras dos lo ama más?”. Que no sé a qué viene, porque no habían discutido antes sobre eso. Da igual. Si con ello salva al marido, Eudoxia renuncia al orgullo, a las diferencias de clase, de religión y a lo que sea.
Brogni. El alter ego de Eleazar, su espejo en el lado cristiano. Ambos han perdido a sus familias, ambos se enfrentan activamente al enemigo religioso (el judío a título personal, él de forma institucional), y ambos tienen una trayectoria vital que convergerá en la figura de Raquel, su común denominador. Aunque de vocación tardía y sobrevenida cuando se le vino abajo su vida de seglar, Brogni es el único personaje que se dedica profesionalmente a la religión. Pero su actitud es ambigua, a veces incoherente. Pues por una parte, hizo quemar a los judíos antes de empezar la ópera y los hará quemar de nuevo al final, y sin embargo, en el Acto I les pide perdón y ofrece la paz. Por otra parte, lanza un furibundo anatema sobre los tres infractores de la ley, pero a renglón seguido trata de salvar a dos de ellos, como si se hubiera olvidado de que la condena la ha dictado él. Como en el caso de Eleazar, su amor de padre se impone sobre la religión: si el judío revela el secreto, perdonará a su hija. "Por supuesto", debe de pensar Eleazar, "como que es la tuya". Pero Brogni no lo sabe. No lo sabrá hasta el final, hasta que sea demasiado tarde y comprenda que, víctima de la venganza del judío, ha hecho ejecutar a su propia hija.
He hablado de los cinco personajes principales, pero quisiera dejar aunque sea sólo un apunte para referirme a un secundario, precisamente porque me ha sorprendido su secundariedad. Se trata del Emperador, que es un papel mudo. ¿No os parece un desperdicio el tener dos veces en escena al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y que no diga nada? Yo echo de menos, en el primer acto, alguna proclama a los súbditos en plan "Me llena de orgullo y satisfacción" y en el tercero una intervención para glosar las virtudes del guerrero al que va a condecorar. Lo más lamentable es verlo en el ensemble que cierra el Acto III, donde Raquel, Eleazar, Leopoldo, Eudoxia, Brogni, y hasta el magistrado Ruggiero cantan para expresar sus sentimientos tras la denuncia de la judía, y a él, al Emperador, lo tienen poco menos que arrinconado, en silencio y poniendo cara de circunstancias.
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