Noche de éxito en el Real, como era de esperar, por el protagonista de la velada, por la calidad de la obra, y también, intuyo, porque fue una noche de ópera, lo cual últimamente es toda una rareza en el teatro madrileño.
Este “I due Figaro” tiene dos partes bien diferenciadas: el primer acto es extraordinario, porque Mercadante crea algo nuevo e innovador, partiendo y combinando tres fuentes de enorme inspiración: la delicadeza y la luminosidad mozartiana en la construcción melódica, la efervescencia del ritmo rossiniano y un aroma español que lo impregna todo a base de reminiscencias de seguidillas, fandangos y boleros. El resultado es una joya absoluta, única, sin comparación posible, al menos en lo que conocemos hasta la fecha (hay otra rareza de Mercadante titulada “Don Chisciotte alle nozze di Gamaccio” donde el compositor intenta algo lejanamente parecido, pero el resultado no es, ni mucho menos, tan redondo como estos “Due Figaro”). En el segundo acto, en cambio, la cosa decae, porque Mercadante tira por el camino más fácil: la imitación del estilo rossiniano en toda regla. Sigue habiendo buenos momentos (el sexteto, los tiempos lentos de los dos dúos, ambos dos instantes mágicos en la dirección de Muti), pero el hechizo genial del primer acto ya no existe. Todo suena a más de andar por casa, a más de lo mismo. Además, el libreto tiene también esas dos caras: un primer acto construido sobre números de conjunto, sin apenas arias (o inmersas en fragmentos de mayores proporciones estructurales), lo cual permite que la acción tenga un mayor dinamismo y fluidez. Por contra, el segundo sigue una estrucutra más tradicional, con arias, dúos, cabalettas y rondós. Si toda la obra tuviera la marca genial del primer acto, estaríamos hablando de una obra maestra absoluta. Dadas las cosas, lo dejaremos en una obra maestra a medias, que, por supuestísimo, merece con todos los honores este redescubrimiento.
Toda esa magia se ve realzada por la primorosa dirección de Muti, un prodigio de empaste, de gradaciones dinámicas, de colorido. Cantando siempre con la orquesta y realzando el desparrame melódico que tiene la partitura. Si a alguien mira Muti en la recreación de la obra es a Mozart, tanto en las formas como en el contenido, pero con una vitalidad que, partiendo del foso, llena el escenario y se contagia a los cantantes. Un escenario, por cierto, que cuenta en esta ocasión con una NO demasiado inspirada producción de Sagi. Es bonita, es decorativa, es elegante; todo está en su sitio, pero sin demasiada imaginación ni demasiada chispa.
Y los cantantes funcionan como conjunto, pero tomados de uno en uno reflejan las carencias técnicas del canto de hoy en día. Eso sí, mucho mejor las chicas que los chicos. La mejor con diferencia Eleonora Buratto (Susanna), una voz fresca, hermosa, bien manejada, con desparpajo en la escena y con soltura y brillantez arriba. Además sabe matizar, sabe frasear, y sabe variar y jugar con el sonido. Habrá que seguir de cerca a la moza

. Buenas maneras también las de Rosa Feola (Inez), aunque la voz es más pobre, y llegó con poco resuello al final de su aria. La mezzo (eso piensa ella) Annalisa Stroppa (Cherubino) funcionó a medias: sube con resolución pero destemplada, maneja las agilidades con cierto ahogamiento, y el grave falla porque es prefabricado, sin sustancia y sin vibración. Y los chicos, flojitos. El tenor Antonio Poli (Conde) me recuerda por la voz y las maneras a Francesco Meli: una voz bonita e interesante pero manejada “en precario”. Sin posibilidad, por tanto, de variar dinámicas o de matizar; cuando lo intenta, la voz se desimposta, y en vez de cantar, farfulla, o algo peor. Y también debe andarse con ojo con la afinación. Poco interesante el barítono Cassi (Figaro), con esa típica emisión en la cual nunca se sabe muy bien dónde está la voz. Cual consumado prestidigitador, ahora por aquí, ahora por allá

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Teniendo en cuenta todos esos pros y esas contras, yo me lo pasé “pipa”. Y lo que es más importante: ¡qué gozada y qué liberación poder escuchar música sin contaminaciones, sin adoctrinamientos, y sin tener que salvar el mundo con cada semicorchea!...