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Representación del sabado dia 17 de marzo.
A pesar de no ser un título frecuentemente representado, debido principalmente a lo compleja configuración y la dificultad en las exigencias vocales que requiere cantantes muy curtidos y solventes, ha coincidido que durante este mes de marzo dos teatros de “relativa proximidad” a nuestro país estén representando Die Frau ohne schatten: La Scala de Milan y la Staatsoper de Viena.
A modo de regalo de cumpleaños tengo la costumbre de regalarme un caprichito operístico, y hace unos meses que me planteé cual seria el de este año; me tentaba sobremanera el Tristan und Isolde de Berlín, pero sería la tercera vez que viera la producción de Kupfer y un reparto prácticamente idéntico al de hace dos años, también en marzo, en la Staatsoper de Berlin. Era el titulo de Strauss el que más me incitaba, pero tenía que decidir entre Viena o Milán. Y me decante finalmente por Milán principalmente por el director, Semyon Bychkov. Por ese motivo, hace un mes, cuando me comunicaron por email la sustitución de éste (debido a una intervención quirúrgica) por Marc Albrecht mi enfado fue mayúsculo.
Pero la labor de Marc Albrecht ha sido tan soberbia que ha disipado por completo mi disconformidad con la sustitución de Bychkov. Comenzaré haciendo crónica de su trabajo diciendo que dirigió con solvencia y brío, imponiendo buen ritmo a la narración, con dirección sólida y penetrante, con nerviosismo y tensión en los momentos más contrastados, de lectura atenta y minuciosa de la partitura con una intensidad orquestal en ciertos pasajes que producían congonja; la suntuosa orquesta de La Scala respondió admirablemente al carácter que Albretch imprimió a la dirección. El dialogo entre la masa orquestal y las voces fue sugerente. El director demuestra gran conocimiento por esta partitura y parece disfrutar en los planos superpuestos logrando equilibrio, transparencia y un sentido teatral en su cometido. Sobresaliente en suma.
En cuanto a las voces no es nada sencillo reunir para un mismo espectáculo hoy en día a cinco grandes voces para dar vida a estos personajes. No se me ocurre mejor cantante que Johan Botha para abordar a Der Kaiser. Era Botha un cantante al que tenía muchas ganas de escuchar en vivo y la impresión ha sido más que satisfactoria. Bellisimo timbre, buena expansión y proyección de la voz en un teatro tan colosal, de emisión correctísima y agudo squillante y poderosísimo. Algo tarugo escénicamente por citar alguna contrariedad. Falk Struckmann dió vida a Barak; cantante solvente y de canto spianato para un rol de una escritura melódica, casi liederistica, de un lirismo conmovedor aunque algo simplista como la personalidad del tintorero.
Pero son las tres mujeres las que llevan el peso de la trama de esta compleja ópera; y las tres funcionaron con eficacia sobrada. Michaela Schuster, como Die Amme, cantante por la que siento una simpatía especial por su gestualidad tan personalísima y sus dotes escénicas tan extraordinarias como intérprete, aunque algo tosca como cantante. Sus graves son de perilla con canas. El personaje de Die Amme es una figura ambigua, inquietante, mefistofélica, dotada de un lenguaje cromático nervioso y agresivo y Schuster da sobrada muestra de su cometido. Emily Magee es Die Kaiserin, cantante dotada de una voz opulenta y llamativa, con agudo penetrante y bien emitido. Y llego a la gran revelación de la noche: Elena Pankratova como Die Färberin; en el año 2010 fue Die Fäuberin en el Maggio Musicale de Firenze causando un gran revuelo y logrando que la crítica fuera unánime en catalogarla como una firme promesa. Posee una voz joven, carnosa, amplia, de agudo fácil que inundaba el teatro. La escritura orquestal que acompaña a Die Fäuberin es disonante, marcando el carácter histérico y caprichoso de la mujer del tintorero, quien esta siempre amenazando con abandonar el hogar e insatisfecha de la vida que lleva; musicalmente me resulta un papel demoledor para una cantante por su tesitura tan aguda y tirante pero Pankratova se lució maravillosamente aunque sobre el escenario aun le falte pulir movimiento, gestualidad e instropección artística. No obstante estuvo esplendida y aunque las larguísimas ovaciones con las que el publico de La Scala obsequió durante mas de veinte minutos a todos los cantantes las dedicadas al director y a ella me resultaron las mas cerradas y elogiosas.
En cuanto al desarrollo escénico que firmaba Claus Guth y que en el dia del estreno (el pasado domingo día 11) fue lo que cosechó algún abucheo, no me terminó de convencer. Esta complicadísima fábula esotérica que se desarrolla en dos planos queda desdibujada con el trabajo de Guth quien la ambienta en una clínica psiquiátrica vienesa de comienzo de siglo XX. En el escenario aparecen figuras silentes caracterizadas como una gacela herida y un ciervo añoso o la prole de cervatillos que se adueñan del escenario en la última escena como los hijos que bendicen las uniones de las dos parejas. La iluminación proyectada sobre los concavos paneles móviles que ayudan a cambiar la trama de lugar y tiempo resulta muy positiva, así como los audiovisuales del vientre gestante o del banco de peces en la escena en la que Die Amme conjura la cena del tintorero. El vestuario adapta la moda de comienzo de siglo XX, es decir la época en la que se escribió esta magistral obra y que debió esperar hasta que finalizara la Gran Guerra Mundial para poderse estrenar. No es nada fácil inspirarse para plantear de forma eficaz esta ópera con la innumerable aparición de detalles simbólicos complejísisimos y creo que Guth se ha quedado a medio camino en esta difícil tarea.
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