Con su permiso, volvemos al MET

. Como, de momento, parece que el personal no se anima demasiado, les dejo algunas de mis impresiones sobre la notable función del sábado.
El teatro neoyorkino no es lugar para demasiadas sorpresas: asegura un nivel elevadísimo dentro del panorama actual, responde siempre a los gustos de su público y es poco amigo de experimentos. El aficionado raramente acaba con la sensación de fiasco, aunque son pocos los momentos de verdadera magia. Así ocurre con este
Don Giovanni, que de todas formas es muy superior desde el punto de vista musical que por su dramaturgia.
Fabio Luisi conduce con sabiduría y pulso la orquesta, sin descuidar a los intérpretes pero consciente de su coprotagonismo en pasajes como
Protegga il giusto cielo,
Mi tradì,
Non mi dir y tantos otros. Las voces son de muchos quilates, como ya se ha dicho. Discrepo, en cambio, del entusiasmo de Radamés por Mariusz Kwiecen que, aparte de alguna irregularidad, quizás debida al grave percance sufrido, no acabó de convencerme a pesar de su innegable musicalidad y su buen hacer en los pasajes más líricos: serán las ganas que tenía de escuchar a un barítono en el papel –mis referencias son otras, como las de casi todo el mundo-, pero al final me decepcionó por falta de anchura y volumen –la retransmisión puede engañar, pero su voz quedaba tapada en más de un momento por orquesta y cantantes-. En lo demás, firmaría lo escrito sobre las tablas –escénicas y musicales- de Pisaroni y Frittoli –esta última con algún problema en las agilidades- y sobre el excelente nivel de Vargas y Rebeka. Don Ramón estuvo inmenso en
Dalla sua pace y, con más apuros, cumplió en
Il mio tesoro, haciendo las volatas en un solo aliento, como piden los
tiffosi. Marina Rebeka fue para mí el gran descubrimiento de la función: una voz brillante, limpísima y lírica, con notable dominio de la coloratura y seguridad en toda la escala; le falta, eso sí, intención en el fraseo para ser una soprano de primerísimo nivel, pero no me extrañaría que acabara siéndolo. El resto del elenco cumple y deja un buen sabor de boca. Sin embargo, resulta llamativo, con estos mimbres, la falta de empaste en momentos como el trío de las máscaras o el discreto rendimiento del conjunto en los concertantes.
Avancé que la labor de Michael Grandage no me ha convencido en absoluto. El problema va más allá de la monotonía de los espectaculares cambios de decorado o del poco afortunado final de Don Giovanni; creo que la clave está más bien en una puesta en escena que se toma demasiado en serio la obra maestra de Mozart sin atender a su profunda carga irónica. Se trata, me temo, de ofrecer la lectura del Reader’s Digest tan grata al público neoyorkino, en la que naturalmente la estatua del Comendador
tiene que moverse y Don Juan debe ser tragado por los infiernos entre llamaradas que quemen
de verdad. ¿Tan difícil es encontrar un virtuoso medio entre el convencionalismo y el delirio disparatado? Pues tendrá que ser así...
