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Noche de Fiesta en el Villamarta.
Estuve el sábado, en parte por deseos de reiniciar una actividad como oyente bastante interrumpida últimamente (y por almorzar en Casa Juanito, que todo hay que decirlo) y en parte por escuchar a los dos protagonistas de la velada, un recital variado que podría definirse como un viaje de 'Estrellas española de la ópera' a 'Se llama copla' pasando por 'La Zarzuela'.
Decir ante todo que el mantenimiento de la actividad en el Villamarta ya es una excelente noticia en sí: sería una pena que un teatro que siempre ha luchado con un presupuesto exiguo se viera cerrado por la coyuntura actual. No puede dejarse de señalar de todos modos la pobreza de medios con que cuenta ahora el coliseo jerezano, que no facilitó programa del recital y con casi total ausencia de acomodadores (sólo conseguí ver a una). Se mantuvo el subtitulado de las obras, detalle a tener en cuenta. Pero lo importante es continuar.
La velada fue entretenida, razonablemente variada (con exceso de Donizetti en la primera parte, hubiera quedado mejor un Verdi para cambiar de registro), contando con dos cantantes bien compenetrados que exhibieron sus mejores recursos y sus limitaciones habituales. Pese a algún momento de vibrato incontrolado y un agudo algo chillón a veces, Mariola Cantarero ofreció un surtido de medias voces, pianissimos y adornos en ocasiones algo excesivo, con una tendencia al histrionismo escénico en la zarzuela, donde comenzó como Marola con poses más apropiadas para la Menegilda. Pelín verde para Lucrecia Borgia, su aria resultó bien expuesta pero falta de auténtica emoción, resultando el dúo posterior algo monótono. Su propina en solitario, 'Tatuaje', es una irrelevante curiosidad en la que curiosamente estuvo más controlada que en piezas como la Polonesa de Giménez o la Soledad de Penella.
A su lado, Ismael Jordi evidenció una notable mejora en el registro agudo, que ya no suena trasero ni apretado, y exhibió un timbre esmaltado y una buena dicción, pese a numerosas lagunas en los textos cantados (¿falta de estudio?). A mi juicio fue su Leandro junto a la soprano, cuando ésta reparó en que una triste tabernera no puede ser una tanguista, el mejor momento de ambos de la noche, con una preciosa messa di voce en la nota final. En el resto del recital, Jordi resultó el cantante aplicado pero escaso de transmisión, de verdadero empuje, que rebaja con su monotonía una técnica bien expuesta. Sosísimo como Javier, claramente aburrido como Gennaro, al menos en El Gato Montés le echó algo más de garra. Siguiendo con Concha Piquer, cantó un 'Ojos verdes' de embarullada letra (lástima que no cantara la original nunca grabada, con la historia de amour fou entre dos señores) y poca carga emocional.
Acompañaba el simpático Rubén Fernández Aguirre, con una introducción al aria de Edgardo más propia de la banda sonora de las películas de terror de la Hammer y una pulsación que podría definirse como 'rotunda'.
Terminó el recital, ya en tono abiertamente festivo, con un 'Adios, Granada' a dos voces (gracias a los Tres tenores por convertir cualquier buena canción en hortera dúo, terceto, cuarteto, etc...) y otra copla, 'Las cosas del querer', con anécdota divertida por el olvido de Cantarero de seguir la letra y el cambio de texto de Jordi en alusión a su compañera.
En suma, una noche de fiesta en el más puro estilo José Luis Moreno, por seguir el simil televisivo. Disfrutable, y sobre todo, importante porque marca el inicio de una nueva temporada en el Teatro Villamarta. Enhorabuena.
_________________ ¿Conoces tú al cantante de agudo giratorio y volador?
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