El pasado 30 de septiembre me encontraba en Milán para asistir a la sexta y última función de
Il ritorno d'Ulisse in patria esta temporada. No defraudó en absoluto mis expectativas.
Continuando con la trilogía monteverdiana en coproducción con la Ópera de París (se había ofrecido
L'Orfeo en 2009), La Scala recurre de nuevo a Robert Wilson, en una producción que me parece más conseguida que el título anterior. Belleza plástica que realza las muchas bellezas de la partitura.
–La dirección musical de
Rinaldo Alessandrini es una garantía para este repertorio. Con unos 20 músicos en el foso –la ópera veneciana prima los cantantes sobre la orquesta–, realzó en todo momento los afectos y la expresividad de la música. Sólo cabría reprocharle algunos
tempi demasiado precipitados, aunque sin desmerecer una impresionante labor al frente de los instrumentistas.
22 personajes son muchos, y por ello se recurre a que un mismo cantante haga dos papeles, tanto en grabaciones como en teatro.
–Los grandes triunfadores de la noche fueron los dos protagonistas.
Sara Mingardo hizo una impresionante Penélope, ya desde el bellísimo lamento inicial, expresivo y profundamente conmovedor en el verso con que concluye, "Torna, torna, Ulisse". Como Ulisse le dio la réplica
Furio Zanasi, de hermosa y flexible voz, apropiada para los múltiples registros del personaje, en el que sólo eché de menos un mayor arrebato y rabia en la escena del arco y la matanza de los pretendientes. Pero igualmente fantástico.
–Magnífico el tenor
Leonardo Cortellazzi en Telémaco, quizás menos joven de lo que asociamos con el personaje, y muy bien secundado por
Anna Maria Panzarella como Minerva; la misma cantante hacía también Amore en el prólogo. Gran éxito y aplausos abundantes para
Gianpaolo Fagotto, un Iro divertido, bien cantado y actuado, y llevado al terreno de la
Commedia dell'Arte, también en la caracterización y vestuario.
–El punto más flaco fue, sin duda
Monica Bacelli, en una Melanto desdibujada y por momentos inaudible. Un rol precioso y nada bien servido por una cantante que, por momentos, parecía cedida al coliseo milanés por la compañía del Chen. Su voz desapareció literalmente en varias ocasiones: yo me encontraba en la segunda fila del patio de butacas, y hubo momentos en que no se la oía en absoluto, era como un extraño
playback sin sonido. Ya la había oído (y lo digo con toda la idea, porque en la Scala no logré oírla…

) en el
Tamerlano del Real desde un palco de entresuelo, y se la escuchaba sin dificultades. Pues en este
Ulisse, Sara Mingardo parecía a su lado la Guleghina en volumen y proyección, que no representaron un problema para la cantante veneciana. Lo de Bacelli fue verdaderamente llamativo.
–Me gustó
Luigi de Donato, habitual con Alessandrini, como Neptuno, aunque algunos graves se oyeron con dificultad. También hacía El Tiempo en el prólogo. Muy destacable el Eumete de
Luca Dordolo, así como
Marianna Pizzolato (Ericlea). Preciosa voz la de
Raffaella Milanesi (Giunone), con una línea de canto cuidada y atenta a los detalles.
–El resto del reparto integraba cantantes habituales en los programas de Rinaldo Alessandrini, y todos ellos derrocharon un buen hacer que acabó de redondear el espectáculo.
La dirección de escena de
Robert Wilson fue de verdad maravillosa y llena de magníficos detalle , comenzando por el prólogo, con un telón que representa un jardín en el que hay una enorme copa de cristal que simboliza la fragilidad humana, y como símbolo del paso del tiempo se recrea la fábula de la liebre y la tortuga, mientras que la Fortuna es una peligrosa figura femenina con los ojos vendados que dispara a ciegas un revólver. El palacio de Ulises está simbolizado por una acumulación agobiante de bloques de piedra, que irán aligerándose hasta desaparecer en una franja de luz coincidiendo con el duo final de la ópera, con el reconocimiento de Ulises por Penélope. El barco petrificado de los feacios es un esqueleto de barco al que ocultará un panel corredizo pintado con escollos de piedra. Estilizadísima la escena del arco, la matanza de los tres pretendientes. Y todo subrayado con los maravillosos, mágicos juegos de luces de Wilson, que hacen muy difícil saber de qué color real es un traje, como a mí me ocurrió con el increíble vestido de Penélope.
Sólo hubo algo que no me gustó: que fuese una versión con cortes. Inexplicable a estas alturas ¿no?