La ópera, la de verdad, la de las mayúsculas, siempre se ha caracterizado por la pasión impetuosa. Desde luego si la ópera no fuera capaz deprovocar en mí esa pasión tifosística, no significaría lo que significa en mi vida.
Está claro, que en una ópera como la actual con minúsculas, sin cantantes, salvo contadísimas excepciones, que puedan provocar ninguna reacción apasionada, en que la escena es la protagonista (salvo al Sr. Siddharta, no me imagino a nadie haciendose tifoso de un regista

) está claro que en el terreno fáctico el tifoso o apasionado de la lírica está llamado a desaparecer. Primero, porque nos extinguiremos nosotros mismos cuando ya no nos interese nada de lo que se ofrece en los teatros (no tardando mucho). Yo conozco a muchos que ya se han autoextinguido y no van. Segundo, porque los que dominan el cotarro tienen como fin, en todos sus modos de actuación, la desaparición de este tipo de aficionado porque no interesa de cara al modelo soporífero de ópera que quieren imponer.
Les costará, porque los tifosi somos duros de roer y ya el gran Tunner ha designado un sucesor para el futuro: jovencísimo y con gran proyección, que suele beber en los manantiales de la verdad: El Sr. Gruberoviano.
¡Larga vida al tifosismo!
