- ¡Gustav!
- Sí, cariño. ¿Me puedes traer aquí…?
- ¡Ni de broma, que está jarreando! ¡Entra a tomarte el desayuno!
El compositor se subió las gafas, que debido a la intensa lluvia le habían resbalado por la nariz hasta casi la punta, y dócilmente abandonó la terraza arrebujado en su manta. Su mujer le esperaba en la cocina.
- ¿Qué? ¿Cómo va eso? ¿Habemus papa?
Gustav se sentó a la mesa y miró el desayuno de Isobel: salchichas, lomo ahumado, bacon, garbanzos y patatas fritas se disputaban el espacio del plato como los tokiotas el del metro. Después contempló la lechuga, el puerro y los huevos pasados por agua que constituían el suyo, y se le vinieron encima varias toneladas de abatimiento.
- No. Todavía no –contestó, apenas con un susurro.- Empiezo a pensar que he perdido práctica en esto de las canciones. De las últimas que compuse hace ya doce años. Y de las anteriores, los Himnos del Rig Veda, diez más.
- ¿Y entonces por qué te has puesto?
- Porque me gustaron mucho esos poemas de Wolfe que leí hace un par de años. Hasta le escribí para decírselo. Y nos entendimos enseguida, ¿sabes? A él también le encanta Londres de noche, como a mí.
Isobel hacía preguntas cortas y obtenía respuestas largas. Así, pese a la desigualdad de los desayunos, ella ya había despachado la mitad del suyo. Gustav, en cambio, estaba casi como al principio y miraba sus vegetales con creciente desazón.
- Ese Wolfe… Humbert, ¿verdad? ¿No es funcionario?
- Sí. Pero también poeta en sus ratos libres. Cada vez más reconocido. “The Unknown Goddess” es una colección muy buena.
- Y son los textos de tus canciones.
- De la mayoría. De diez. Las otras dos se basan en “This Blind Rose”
- Vale. Enséñame el poema de la estrella, a ver si puedo ayudarte –ofreció la mujer, una vez convertida en recuerdo la montaña de carne.
El músico le tendió un papel y ella leyó:
On Betelgeuse the gold leaves hang in golden aisles for twice a hundred million miles, and twice a hundred million years they golden hang and nothing stirs, on Betelgeuse.
Space is a wind that does not blow on Betelgeuse, and time - oh time - is a bird, whose wings have never stirred the golden avenues of leaves on Betelgeuse.
On Betelgeuse there is nothing that joys or grieves the unstirred multitude of leaves, nor ghost of evil or good haunts the gold multitude on Betelgeuse.
And birth they do not use nor death on Betelgeuse, and the God, of whom we are infinite dust, is there a single leaf of those gold leaves on Betelgeuse. | En Betelgeuse las hojas doradas cuelgan por naves doradas durante durante doscientos millones de millas y doscientos millones de años Cuelgan doradas y nada se mueve en Betelgeuse.
El espacio es un viento que no sopla en Betelgeuse, y el tiempo –oh, el tiempo- es un pájaro cuyas alas nunca han agitado las doradas hileras de hojas de Betelgeuse.
En Betelgeuse no hay nada que alegre o cause dolor, a la inmóvil multitud de hojas. Ningún fantasma, bueno ni malo, se aparece a la dorada multitud de Betelgeuse.
Y nacer no se estila, ni morir tampoco, en Betelgeuse. Y Dios, del cual somos infinito polvo, es aquí una simple hoja de todas las doradas hojas de Betelgeuse. |
Isobel exclamó:
- ¡Esto es escalofriante! ¡Es un espanto! Como, como… la negación de la vida.
- Claro, cariño. La nada. Betelgeuse es la nada. ¿Qué esperabas de un sitio que está a más de tres mil grados?
- No lo sé… Lo que sé es que, antes, los poetas decían cosas bonitas de las estrellas.
Gustav casi se echó a reir.
- Sí, cuando pensaban que eran farolillos de Dios en el cielo. Pero ahora que saben que no son sino gases en combustión, las miran de otra manera. Culpa a la ciencia, que nos abre los ojos. ¿Te he dicho que Hubble acaba de publicar un análisis en el que demuestra que el universo se está expandiendo?
- No. Y no me interesa si las consecuencias son poemas como éste –contestó la mujer con un mohín.
- Pues a mí me parece muy bien escrito –repuso él-. En la primera estrofa habla de su inmenso tamaño y antigüedad. Pero en la segunda, el espacio y el tiempo dejan de existir: no hay norte ni sur, no hay ayer ni mañana, principio ni fin. ¿Y las dos últimas? –Conforme avanzaba en su explicación, el músico se iba animando- Fíjate en la sensación de inmovilidad, de estatismo. Hojas de árboles suspendidas de la nada. Hileras, ejércitos enteros de hojas que no se mueven porque no hay viento, no hay aire. No hay nada. Ni aun la sombra de nada. Porque los fantasmas, no siendo nada, al menos serían la sombra de algo. Pero ni fantasmas hay que agiten las hojas, siempre quietas, siempre doradas –Gustav ya estaba al borde de la exaltación- ¿Y qué me dices de la repetición del estribillo al final de cada estrofa? A mí me produce un efecto mesmérico, me hipnotiza…
- Y a mí me estás hipnotizando tú –replicó ella-. Ya veo. Estás intentando trasladar ese efecto a la música.
- Ciertamente. De eso se trata.
- Pues no sé por qué te cuesta tanto. Ya creaste un ambiente así en el comienzo de uno de tus planetas.
- ¿Ah, sí? ¿De cuál?
- De tu preferido: Saturno.
Gustav Holst: Comienzo de “Saturno, el portador de la vejez”Gustav se quedó mirando fijamente las baldosas de encima del fregadero.
- Mmm… No había caido pero, ¿sabes? Quizá tengas razón. Podría ser un punto de partida. Aprovecharé mi hora de meditación para pensar en ello.
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