“Esa estrella… Esa estrella…”
- ¡Gustav!
El compositor abrió los ojos, sobresaltado. El grito femenino, como todo ruido un poco más fuerte de lo normal, le había producido una punzada de dolor en los oídos. Además, le había sacado abruptamente de su ensoñación, a la que intentó regresar de inmediato con ayuda de la quietud y el silencio del final de la noche. Pero...
- ¡Gustav! ¡Entra, que se te enfrían los huevos!
Después de esto, no había ensoñación posible. El músico respondió a la llamada.
- Cariño: ¿te importaría subírmelos aquí? Y también el periódico, que ya lo habrán traído.
- Of course.
Un minuto después, la esposa del célebre autor aparecía en la terraza sosteniendo una bandeja, por uno de cuyos lados sobresalían las hojas del The Thimes en formato broadsheet (casi un metro cuadrado de página), y por el otro las de la lechuga que, junto con algo de puerro, acompañaba a un par de huevos pasados por agua. Estos eran la única concesión a la gula por parte del compositor, que desde su juventud seguía una dieta vegetariana. (Heroicidad quijotesca en un país donde el breakfast consiste en hacer estallar el plato de colesterol)
- ¿Pero aún sigues obsesionado con la estrella ésa? –preguntó la mujer con un dejo de preocupación en la voz.
- Cómo no, Isobel. Los otros once poemas ya tienen la música. Pero en éste no encuentro la forma de expresión que busco.
- ¿Y qué es eso tan difícil que quieres expresar?
El meditó un momento antes de contestar:
- Soledad, desolación, aislamiento, horror…
Isobel se quedó de una pieza.
- Vaya, qué bien –contestó- ¿Y no podrías ponerle música alegre?
Ahora el sorprendido fue el compositor. Levantó la cabeza del puerro, que había estado examinando con minuciosidad de entomólogo, y miró a su mujer.
- Ya lo he hecho con otros poemas.
- No me digas.
- Que sí, que sí. Escucha esto. Se titula “Rhyme”.
Y, tras meterse en la boca la última hoja de lechuga, se sentó al piano que había hecho instalar en la terraza. Deslizando los dedos sobre las teclas, cantó con voz suave:
Gustav Holst: Rhyme (Peter Pears y Benjamin Britten)Al terminar la ejecución, dijo:
- ¿Lo ves? Qué juguetona me ha salido. Pero “Betelgeuse” no puede ser alegre.
- De acuerdo. Pero si esperas que la inspiración te la envíe la propia estrella, hoy ya no va a ser. Con la cháchara se ha hecho de día. Anda, toma el periódico. Igual ahí encuentras ese horror que buscas.
Gustav cogió el diario y parpadeó al leer el titular de la primera página:
Continúan los suicidios en Nueva York a causa del crack bursátil“Pues tal vez sí”, pensó. Pasó rápidamente las páginas y no paró hasta llegar a las de actualidad musical.
- Bueno –suspiró- Ayer acabó el Delius Festival en el Queen’s Hall. Todo un éxito para él y para Beecham, por lo que parece.
- Tengo entendido que vino expresamente desde París. Y que estaba feliz como un niño, aunque casi es septuagenario y tiene un pie en la tumba.
- También lo estaría yo con semejante homenaje. ¿Qué habrá hecho el abuelo Delius para merecer seis conciertos?
Se le notaba irritado. Pero dulcificó la expresión al leer la siguiente noticia.
- ¡Ah, mira! Parece que a Giordano empiezan a irle mejor las cosas. En enero estrenó “Il Re”. ¿Recuerdas que fuimos a verla? Y aquí dice que han vuelto a grabar su “Chénier” en Milán, con Luigi Marini y Lina Bruna.
- Guardo gratos recuerdos de esas vacaciones en Italia –dijo la mujer-. Uno de ellos, lo amable que fue Umberto. Más que tú –apostilló, mirando severamente a su marido-, que no me pareció que alabases mucho sus obras.
- Es buen tipo, y me alegra que se esté recuperando profesionalmente. Pero con su estilo... No conecto, no. Es muy pasional, exagerado, muy… ¿cómo diría? Abyecto. Je, je. Abyecto, eso es.
- Pero bueno... –se escandalizó la esposa- ¿Qué te ha hecho el pobre para que digas eso?
- Yo ya me entiendo –contestó Gustav riendo entre dientes. Después consultó su reloj de bolsillo- Entremos a casa. Es la hora de mi meditación.
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