A time there was - as one may guess And as, indeed, earth's testimonies tell - Before the birth of consciousness, When all went well.
None suffered sickness, love, or loss, None knew regret, starved hope, or heart-burnings; None cared whatever crash or cross Brought wrack to things.
If something ceased, no tongue bewailed, If something winced and waned, no heart was wrung; If brightness dimmed, and dark prevailed, No sense was stung.
But the disease of feeling germed, And primal rightness took the tinct of wrong; Ere nescience shall be reaffirmed How long, how long? | Hubo un tiempo -es posible imaginarlo y lo cuenta la memoria de la tierra- antes del nacimiento de la conciencia, en el que todo iba bien.
Nadie sufría enfermedad, amor o pérdida, nadie conocía la nostalgia, la hambrienta esperanza, o el rencor; nadie se preocupaba si algún golpe o frustración arruinaban las cosas.
Si algo cesaba, ninguna lengua lo lamentaba, si algo declinaba y decaía, ningún corazón se retorcía; si la luz palidecía y la oscuridad reinaba, ningún sentido se dolía.
Pero apareció el germen del deseo, y la verdad original se tiñó de falsedad; Antes que la inconsciencia se restablezca ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo? |
Con una primera lectura de los inspiradísimos versos de
Thomas Hardy es fácil adivinar por qué Britten los eligió para cerrar su personal viaje invernal (
Winter Words, 1953). Estos cuatro cuartetos, perdidos en el heterogéneo
Time's Laughingstocks, plantean varios de los temas más queridos por Britten(si por amor entendemos también la nostálgica pérdida y el mudo dolor). Hardy inicia con un particular
once upon a time una narrativa (
time, testimonies, tell, before, when) de aspiración universal, metafísica, pero que en los últimos versos reconoce, al aspirar a la muerte, su limitación humana. El poema se plantea como un arco que parte del acto más humano, contar, narrar, para despegarse de él soñando con una naturaleza inconsciente y terminar volviendo a la esencia más humana, la pregunta por el tiempo, la espera de la muerte. Las dos estrofas centrales se recrean en ese estado de primitivismo y comunión natural utilizando estructuras sencillas y paralelas, con las repeticiones de
none e
if. Pero el poeta las diferencia muy bien sonoramente, con el ruido astillado de
crash, cross y wrack, frente a los placenteros
bewailed, winced, waned, wrung. Efectivamente,
no sense was stung. En la última estrofa la ensoñación se rompe y da un giro al cuento, que lo lanza hacia el futuro. Se recuerdan con sinónimos los males del quinto verso,
desease (
sickness) y
feeling (
love) y el poeta ansía, como lo haría un profeta (
shall be), la vuelta a un estado de no-conocimiento, a un retorno a lo verdadero, a lo natural, a través de la muerte humana. La historia universal se convierte en historia personal, el estado primitivo de la tierra es paralelo al estado inconsciente (inocente...) de la infancia (que, como todo lo relativo a ella, se construye por negación...in-). Y el sentido de la pregunta final es tan perturbador como intenso: ¿es un
cuánto tiempo esperanzado y ansioso, o la propia naturaleza de la pregunta deja un hueco al terror? Después de la pregunta, claro, el silencio de la página que termina, el vacío.

Britten sabía elegir muy bien los textos sobre los que trabajar. Pero no es menos cierto que nunca se conformó con recrearlos, con ilustrar musicalmente su esencia, sino que los desmonta y los vuelve a construir pieza a pieza. Pero ya no son los mismos, ahora hablan de él, ahora respiran el aire de su universo, el de su noche de verano, el de la mansión de Bly, el de la cubierta del Indomitable, el del castillo de Paramore, el de la laguna de Venecia. Y si Britten comprendió con una intimidad sobrecogedora el sentido, los ritmos internos y las sonoridades del poema de Hardy, también supo convertirlo en un frasco sutil de su esencia creativa. Esta canción no es una más. No en vano, Britten llamó
A time there was a su última obra orquestal, compuesta dos años antes de morir, en 1974, que espero que escuchemos y comentemos un día de esta semana.
Escuchamos de nuevo la grabación de Peter Pears, para quien fue compuesto el ciclo, con el propio Benjamin Britten al piano.
La música de la canción es tal vez una de las más fascinantes de todos sus ciclos. La mano izquierda del pianista dibuja desde el comienzo un ostinato de tríadas que extiende un lecho musical obsesivo pero suave e introduce enseguida el tono narrativo del poema. La mano derecha pinta pequeñas frases luminosas de dos y de cuatro notas, que parecen imitar los rayos del sol que destellan de pronto entre las hojas de los árboles, conforme nos vamos adentrando en ese bosque prehistórico de Hardy. La primera frase del tenor empieza deliberadamente aguda para que el color del falsete de Pears (Britten conocía su voz tanto como la adoraba) le dé ese aire místico y feliz de la narración. El ritmo es regular e impasible hasta la ruptura al final del tercer verso: un silencio, primero de la voz y luego del piano, en rallentando, que paran el tiempo al enunciar la frase central del poema,
when all went well. Una frase tan sencilla que puede expresar tantas cosas y que Britten subraya con un ligero arrebato musical, multiplicado por la mente y los recuerdos del oyente, para volver al ritmo anterior incluso antes de que termine.
La segunda estrofa continúa el ritmo de la primera pero intenta romper la plácida monotonía con alguna variación tonal, como en el desmayado
starved hope o el mezquino
heart-burnings. Y de nuevo el mismo recurso de la sencillez y la economía de medios en el último verso de la estrofa, otra frase de significados infinitos. Otro momento de subrayado invisible que esta vez el piano resuelve volviendo aún con más energía. La estrofa continúa igual hasta el final de su segundo verso, cuando el piano prefigura por sorpresa el tema de la ruptura de la última estrofa. Britten no puede evitar introducir la inquietud del desenlace cuando Hardy aún está ensimismado con la descripción arcádica. La señal muere enseguida mientras el ritmo se vuelve a parar poco a poco, esta vez casi somnoliento, para volver a cerrar la estrofa casi en silencio.
Pero tras esta tercera ruptura no volvemos a la obstinada narración, sino que el sueño se rompe con la variación de la frase antes apuntada. Y aquí comienza un crescendo imparable, de intensidad insoportable (esa escala casi bíblica en
reaffirmed), que va creciendo en tensión hasta que el tenor explota en los
How long? El primero expansivo, verdadero grito, los dos siguientes ansiosos, el cuarto resignado y el quinto muerto, enigmático, hundiéndose en la oscuridad para dejar al piano repetir la célula musical del poema, un último brillo que conjura el miedo y amansa la ansiedad.
El tratamiento vocal es uno de los más austeros de sus canciones. No hay agilidades ni cambios de ritmo bruscos, la expansión de las frases permite a Pears abrir y cerrar con comodidad arcos de sonido, cuidando el color. El tenor es un narrador que no juega con el texto como en otras canciones del ciclo, que expone el secreto y el abismo de las palabras con elocuencia pero sin quiebra y que sólo al final se convierte en voz lírica que no sólo hace sino que padece lo que está diciendo. Con su música Britten da un giro al poema de Hardy. La violencia de las palabras finales es en la canción, mucho más que en el poema, una constatación de que soñar con lo anterior a lo humano es un espejismo. De que el estado de inconsciencia primitivo no se puede narrar porque no hay tiempo. La conciencia del tiempo que golpea el final del poema paradójicamente rompe esa narrativa imposible. El poeta, que en Hardy estaba solo, se desdobla aquí en dos, compositor y cantante, que se asoman de la mano a un abismo insondable, tal vez liberador, para en un último momento retroceder, tirarse al suelo, gritar, y llorar murmurando...hasta cuándo...