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y aquí otra....
La gloria del bel canto
La Provincia, 20 May 2004
Auténtica expectación había entre los numerosos aficionados a
la ópera ante esta producción de I Puritani, título no muy prodigado
a lo largo de la andadura del Festival de Ópera de Las Palmas
de Gran Canaria. Esta relativa poca presencia en el cartelón
de la última obra de Bellini es debida, como ocurre en la mayor
parte de los teatros, a las escasas posibilidades de encontrar
un reparto adecuado a las nada fáciles exigencias que plantea
el compositor catanés, especialmente en lo que concierne al
tenor. Y puede incluso resultar paradójico, porque si bien el
rol de Lord Arturo posee una escritura vocal de tremendo compromiso,
con incursiones en el sobreagudo de gran riesgo, no es el personaje
que más canta en la ópera. Siendo la soprano la gran protagonista
- como por otra parte es habitual en toda la música belliniana-,
y con una gran participación de bajo y barítono y números corales,
lo cierto es que todos esperamos ansiosos las intervenciones
del tenor.
Los medios de comunicación recordaban estos días el peso que
en la memoria de los melómanos dejó la contribución de nuestro
Alfredo Kraus en este personaje, del que fue auténtico especialista.
En parte por ello, en parte por las razones anteriormente expuestas
y por la justa fama que precede al espléndido tenor peruano que
es Juan Diego Flórez, se comprende sobradamente la ansiedad con
que se esperaba su presentación mundial en este rol. Y, a juzgar
por los encendidos y apasionados aplausos del público, el resultado
no defraudó a nadie. Se podrá entrar en discusión acerca de si
el instrumento de Flórez es el idóneo o no para esta ópera, puesto
que sus características vocales se encuadran a la perfección
en el repertorio rossiniano, del que es rey absoluto; evidentemente,
la escritura de la línea vocal de Bellini pide una voz de una
mayor densidad o corporeidad, sobre todo en el centro y zona
del pasaje, que la que demanda el compositor de Pesaro, por lo
que las subidas al agudo y sobreagudo son ciertamente más comprometidas.
Pero, con todo y con eso, lo que nadie puede negar es que Juan
Diego Flórez dio una lección de inteligencia vocal y musical,
pues no sólo hizo demostraciones circenses de valentía y habilidad
en el extremo agudo de la tesitura, sino que cantó con un legato
y una elegancia en el fraseo realmente espectacular. Es comprensible
una leve rigidez al inicio cuando se trata de debutar en un rol
como éste, pero su éxito final hace disipar rápidamente cualquier
reparo.
Mariola Cantarero, que aparecía por vez primera en este festival,
alcanzó un éxito igualmente resonante en esta Elvira que impresiona
desde todos los puntos de vista. Nos encontramos ante una soprano
de timbre peculiar, de tesitura muy extensa y de una musicalidad
extraordinaria. Con una técnica asombrosa en los pasajes de coloratura
(especialmente brillantes fueron las escalas cromáticas descendentes,
impecables), con filados de gran calidad y una entrega absoluta
en lo interpretativo, la Cantarero nos ofreció una versión inolvidable
y altamente conmovedora por su sinceridad. Con cantantes como
ésta se comprende el verdadero espíritu que encierra la música
de Bellini, lleno de intensidad. Y, si no, recordemos el final
del acto primero, absolutamente estremecedor.
Pero no sólo por la pareja protagonista brillaron anoche Los
puritanos, porque todo el conjunto fue de un nivel que ya querrían
muchos de los grandes teatros internacionales. Los comprometidos
roles de barítono y bajo, escritos casi a la inversa, porque
con frecuencia al barítono se le pide más contundencia en los
graves que al segundo, y éste, por el contrario, ha de enfrentarse
a pasajes muy tirantes en lo agudo, fueron encarnados con brillantez
por Juan Jesús Rodríguez y Simón Orfila, espléndidos cada uno
en sus arias en solitario y emocionantes en el brillante dúo
Suoni la tromba, ampliamente ovacionado. En los tres papeles
menos protagónicos, tanto Marina Rodríguez Cusí como Todisco
y Jorge de León actuaron con gran profesionalidad y excelente
nivel.
La rotundidad y preparación del coro volvió a hacer acto de presencia
en esta ópera, en la que las intervenciones corales son de gran
importancia, pese a algún desencuentro con el foso al inicio.
Frizza supo acompañar convenientemente a los cantantes, a los
que convirtió en protagonistas absolutos, como suele hacerse
en este repertorio, aunque Bellini plantea en este título una
cierta mayor complejidad orquestal. Muy buenos los solos de trompa,
así como de arpa y de la madera en general.
Acertadísima la concepción escénica de Roberto Laganá-Manoli,
que creó el ambiente justo, así como cuadros plásticos de gran
fuerza dramática, sumamente apropiados para el romanticismo omnipresente
en esta ópera.
Éxito rotundo, pues, de esta producción, que nos hizo gozar de
las excelencias del bel canto de todas las épocas, con planteamientos
no por ello anticuados, sino con plena e ilusionante validez.
_________________ der hölle rache kocht in meinem herzen!!!
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