Bicharraca_decomputada escribió:
Sigo esperando con ansia
En realidad, Bicha de mis entretelas, la
Tetralogía entera de Essen fue toda más bien un espanto, salvando
La Valquiria, que tenía una propuesta escénica aceptable de un tal Dietrich W. Hilsdorf, alemán de Frankfurt que resolvió la papeleta con dignidad, en decorado único del interior de un Walhalla palaciego y ya medio desvencijado. Todo un poco de baratillo, pero se podría comentar tranquilamente en "Crónicas de funciones" y no en este hilo. Hilsdorf tenía estilo y buenas ideas, de vez en cuando. Salvaba el primer acto con el clásico fresno/columna y su Notung, y la consabida cocina (llamémosla hogar) encendida, en un lateral, que seguía allí toda la función, pero que había que hacer como que no la veías aunque ya estuviese apagada en los otros actos. Pero me gustaron sus elegantes imágenes de las valquirias en granate y de largo con sus guerreros muertos (en Essen tienen un cuerpo de figuración que es todo un cuerpo, algo es algo), la presencia constante de Hunding (Marcel Rosca, que repetía Fafner y Dragón en plan de bajo de chiste), descaradamente aliado con la bruja de Fricka (Ildiko Szönyi, que repetía en
Rheingold y de Norna, con pasable solvencia), el dúo final entre Wotan y Brunilda solucionado sin exceso de aspavientos fogosos de feria, siempre alrededor de una larga mesa alrededor de la cual se desarrollaba prácticamente toda la función. Y un bonito detalle: al final, Wotan le quitaba el sombrero al cadáver de Hunding (sentado desde su muerte en el lateral opuesto a la cocina) y se convertía ya en el Wanderer, dejando a la pobre Brunilda sentada sola a la mesa, dormida entre los candelabros que la decoraban. Sencillo y eficaz. Musicalmente, todo tremendo, casi Chen. Siegmund era el muy mediocre Jeffrey Dowd, al que recuerdo en un segundo reparto de
La Valquiria de Kupfer en el Liceo, y que en Essen también cantaba, es un decir, el Siegfried del
Ocaso. Wotan (el lituano Almas Svilpa, que repetía papel en
Rheingold) tenía un pase corto, pero un pase, como Sieglinde (Danielle Halbwachs) y Brunilda (Catherine Foster): ninguna de las dos volvió a cantar en toda la
Tetralogía, lo que fue una pena: dentro de la flojera general no eran las peores. Añado que a mí
La Valquiria me gusta a rabiar, así que suelo disfrutarla igual, así me salga Brunilda disfrazada de marciana. No fue el caso y lo agradecí.
Cada entrega era de padres y madres distintos, con el denominador común de Stefan Soltesz a la batuta, que es el director musical del teatro y que se las arregló sin pena ni gloria y a toda pastilla, efectista grosero en los pasajes de estruendo y sin gracia ni nervio en las delicadezas. Mecánico, sin chispa personal, aunque con muy buena orquesta en general, que se reían como niños en el pasaje de
Siegfried en el que el prota toca mal el improvisado caramillo: como si fuese su primera
Tetralogía. Me cayeron simpáticos. Profesionales. Lo que tienen en Essen es un teatro de Alvar Aalto que merece la pena ver. Una sala asimétrica, arquitectónicamente muy interesante: lo mejor de toda la
Tetralogía. La sala. Conque hazte una idea. Y una señora del guardarropa muy amable. Sólo hablaba alemán pero me leía la cara al final de cada función: del
Rheingold salí escopetada y deprimida, de
La Valquiria algo más animada: la señora se rió (de mí) y, con gestos, se las apañó para decirme que me preparara para el horror que me esparaba en la siguiente, y que la última entrega era la mejor. Acertó con
Siegfried pero el
Ocaso también fue penosa. Nos hicimos muy amigas gestuales. En el
Ocaso le llevé unas flores.
Rheingold fue un espanto, pero me lo tomé como lo que era o parecía: la clásica función del regista alemán anclado en los ochenta. Tilman Knabe, se llamaba, y ya lo tenía fichado: hace dos años me montó en Colonia un
Samson et Dalila, en el que Dalila, al final del dúo maravilloso (ése que a mí también me pone, especialmente en el momento en el que Samson canta lo de
Dalila, Dalila... je t'aime), va y le corta al pobre no los pelos sino el pene, esgrimiéndolo erecto y en alto hacia el público: abucheo atronador. Merecido. No me extiendo mucho en su
Rheingold, no merece la pena, sólo con contar el principio basta. Después de un torpe bing bang de Stefan Soltesz, se levanta el telón y aparecen ya todos en una especie de escombrera incomprensible, con compartimentos. Lo nunca visto todo: un tripudo y desastrado Alberico se masturba malamente a la vista de las tres sirenas, disfrazadas de putas baratas de Hamburgo y contorneándose mal. El Peep Show del Walhalla. Fricka y Wotan malviven en un gótico ático ruinoso, con lo que no extraña que Wotan ande pensando en hipotecarse y mudarse. Por supuesto, recién levantado de la cama, en calzoncillos y camiseta de tirantes blancos, mientras Fricka, en su clásico atuendo de maruja walhalla (embutida en traje chaqueta corto rosa, volantes en los bajos), intenta espabilarle la resaca. La cosa se parecía bastante al
Rheingold montado en 2004 por Phyllida Lloyd para la ENO en el Coliseum. Mucho peor todavía. En un lateral, Froh y Donner, disfrazados de gays de Hamburgo, se montan un número sadomaso, very hard, entre orgasmos, todo cadenas y cueros en Fassbinder de saldo. Muy complicado y aparatoso, de mucha risa. Fafner y Fasolt tenían menos gracia: peligrosos matones de barrio, de Hamburgo también. Freia tenía lo suyo: igual de maruja que su hermana, cuida de un pequeño jardincillo con manzano milagroso. Cuando Fafner y Fasolt la devuelven, Fasolt porta una bolsa del LIDL, con manzanas. Erda viene como del Camerún. Mime y los nibelungos, nada: obreros currantes, sin más. A decir verdad, el más original de todos era Loge, que se apartaba de su repetida imagen de mago con pluma para convertirse en una especie de administrador de la propiedad, con cartera y gabardina. Al final se niega a subir al Walhalla y deja enmedio del escenario una especie de bomba parpadeante que no pretendía parecer de juguete pero que lo parecía, y se va con el detonador a distancia. No me quiero imaginar el
Ocaso de Knabe. Ya digo: todo muy Phyllida Lloyd. No sigo.
El
Ocaso lo montaba Barrie Kosky, con el que hay que tener cuidado. A veces sí, a veces no. Esta vez no: mi amiga del guardarropa no tenía razón. Era un
Ocaso sin pies ni cabeza, muy original también, eso sí, todo resuelto a base de cajas de cartón. Los personajes se pasaban la función entrando y saliendo de las dichosas cajas de cartón, a mí que me lo expliquen. En la más grande (de madera ya) cabía todo el coro de los guibichungos más la figuración (algo es algo). Se ve que pretendía ser cómico: las sirenas venían del Folies Bergere y las Nornas parecían mendigas o algo así. La roca de Brunilda tenía lavabo Warlikowsky y televisor. Alberico salía disfrazado de rabino a lo Louis de Funes. Waltraute, embadurnada en sangre. Los guibichungos, skinheads neonazis, algunos con casco de cuernos de valquiria a lo Flagstad, adictos todos a las latas de cerveza. Gutrune, de señorona que va a la ópera muy puesta y arreglada, antes de vestirse con el mismo traje de novia de Brunilda. Hagen era Attila Jun y Brunilda Caroline Whisnant: hicieron lo que pudieron, dentro de las cajas y de sus limitaciones. No fue lo peor. El no va más del frenesí jocoso fue el acto de la muerte de Siegfried, disfrazados de carnaval disparatado, incluído Supermán niño. Se conoce que las intenciones eran paródicas. Siegfried iba de ridículo guerrero medieval, sin antifaz. Ya muerto, lo metían en su correspondiente caja, como es natural. De vez en cuando, se paseaba por el escenario una anciana completamente desnuda, con larga peluca canosa. Era la clave del peliagudo asunto: en el apocalipsis final, desnudo también el escenario y todos de cara a la pared en plan Marthaler, va Brunilda y le pone el anillo a la anciana antes de reunirse con los castigados de cara a la pared. La anciana se queda mirando al público al lado de la concha, muy seria, todo el precioso fragmento final. Escapé corriendo: no sé si la pobre anciana salió a saludar en pelotas o con bata.
Dejo para el final
Siegfried porque fue la más divertida, donde más me reí. Conste que el primer acto de Mime, y el siguiente, el del bosque y el dragón, no estuvieron mal. Mime lo cantó un tal Albrecht Kludszuweit, de Dresde, y estuvo más que correcto, aunque el problema es que a mí ese acto me aburre mortalmente, es el que peor digiero de toda la
Tetralogía. Y el tinglado escénico del dragón incluso estuvo resuelto con brillantez. Y el pajarito (regalo del Wanderer a Siegfried en una jaula), cantado por la norteamericana Christina Clark desde un lateral del proscenio, a mí me gustó. No así a los españoles que asistían a la función, catalanes la mayoría, que se pasaron el entreacto despotricando contra el pobre animal, acusándola sin piedad de trinar con acentos de Minnesota. Bah, no era para tanto, como diría Ghiaurov. El montaje era del muniqués Anselm Weber y en el tercer acto consiguió alcanzar las más altas cumbres del sarcasmo. Es verdad que tenía en su contra dos problemas de peso: un Siegfried (el holandés Johnny van Hal) que no cantaba nada, y una Brunilda (la finlandesa Kirsi Tiihonen) que cantaba mucho, a grito pelado, con unos chillidos atronadores. Enorme, gorda como una lavadora, con una cola como de ocho metros y una peluca rubia rizada puesta enmedio de la cabeza que la hacía parecer la cantante calva. A lo que iba: llega Siegfried a la roca desierta, con mosquitera en proscenio, humo por el suelo y un decorado al foro de paisaje como lunar.
2001, otra vez. Entonces desciende del techo el monolito: un gigantesco pedrusco incandescente, envuelto en llamas, con Brunilda postrada a la parrilla en su correspondiente armadura. Todo era de mucha risa pero lo mejor vino en esa frase en la que Ángel-Fernando Mayo dice que no nos tenemos que reir, la de
Das ist kein Mann! (¡Pero no es un hombre!), primero por el exageradísimo susto del cantante, que no se cayó al foso de milagro, y segundo porque no la cantó al quitarle el casco sino la coraza, dejando asomar el par de generosas bubis (que diría de nuevo Ghiaurov) de Kirsi, sobresaliendo del pedrusco de manera cómica. Kirsi empezó a bramar desde el principio, desde el precioso
Heil dir, Sonne! Heil dir, Licht!, mientras Johnny se iba quedando poco a poco sin voz hasta que, efectivamente, se quedó sin voz. No tuvo problemas: dejó que Kirsi se desgañitara a gusto, a sus anchas y nunca mejor dicho. Que a nadie le extrañe que los vecinos terminaran mirándome mal (a mí, que no tenía la culpa de nada) y tuviese que volver a salir precipitadamente, sin esperar a los aplausos.