pastoso escribió:
Es que en el E lucevan es muy complicado aplaudir porque la música nunca para y enseguida se enlaza con un giro importante en la acción. Yo también estuve ayer y después del "E lucevan" se mascó un silencio de esos que se nota que el público quiere aplaudir pero no se atreve.
carl tunner escribió:
Porque el tifosismo y sus reglas se han perdido. La gente no se lanza, no sabe cuándo hacerlo... Todo va parejo con el criterio como aficionados.
Y porque se ha puesto de moda, estimados amigos, la fea costumbre de que una parte del público --ignoro por qué motivo, aunque tengo mis ideas-- crea que tiene derecho a decirle a los demás lo que deben o no deben hacer, y no duden en chistar a quienes desean aplaudir para premiar una interpretación que les ha gustado. Eso es, al menos, lo que yo he presenciado muchas veces en el Real y lo que ocurrió, sin ir más lejos, el pasado día 14, que fue cuando servidor vio al segundo reparto: concluyó Jorge de León su
addio alla vita --nada del otro mundo, pero que no estuvo mal-- y la gente arrancó a aplaudir. Pero antes de que aquello se convirtiera en una ovación, los exquisitos de turno empezaron a chistar fuertemente, como si estuviéramos en un hospital, y todo quedó abortado.
Yo pienso que tanto el aplauso, como el silbido y el abucheo (o pataleo) --manifestaciones estas últimas de las que no soy demasiado partidario--, además de servir como vía de desahogo para el público, cumplen una función ritual y comunicadora claramente definida. Desde luego, el aplauso (o su ausencia) me parece algo muy necesario (siempre que tenga razón de ser, claro), pues le indica al intérprete cómo está yendo la cosa y le estimula, en todo caso, a superarse. Pero, no entiendo por qué razón --¿creyendo, quizá, que es un comportamiento más culto o más fino el dejar que continúe la función sin una sola interrupción?-- a determinados sectores del público les molesta esas interrupciones que tienen un efecto catártico innegable. ¿Habría que haberles preguntado a cualquiera de los grandes compositores --incluido Wagner, que ya saben ustedes lo rarito que era para eso del modo en que se debía representar su música-- si les gustaba, o no, que interrumpieran la ejecución de sus obras para aplaudirlas...
Luego también está, por supuesto, lo que dice Carl Tunner: que mucha gente cree que hará el ridículo por aplaudir algo que no lo merezca (cuando lo que debería importarle es si le ha gustado a él personalmente).