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A mí las escenas de la muerte del héroe o la heroína no suelen conmoverme demasiado. Me tocan más la fibra los momentos en que algún personaje demuestra inocencia, ingenuidad, fidelidad, capacidad para afrontar un fracaso o una humillación...
Por ejemplo, en Turandot no me hace especial mella la muerte de Liu, pero en cambio no puedo evitar las lágrimas cuando en el primer acto dice "Ahimè, ahimè, quanto cammino col tuo nome nell'anima, col nome tuo sulle labbra!"
Igual me pasa con Madama Butterfly: la veo suicidarse bien tranquilo (cabreado con Pinkerton, pero sin que el harakiri me haga llorar), y sin embargo, me hace temblar todo el comienzo del Acto II, con la firme convicción de que el marino volverá, con la muestra de amor que supone el "Benvenuto in casa americana" con que recibe a Sharpless y, sobre todo, la culminación que para mí supone la pregunta de si los petirrojos ponen los nidos antes o después que en el Japón. Semejante ingenuidad traicionada me rompe.
Wagner me afecta de otra manera, aunque según en qué estado de ánimo me pilla, la despedida de Wotan al final de la walkyria también me hace llorar a veces. Pero no porque se despidan, sino por la difícil situación psicológica en que se encuentra Wotan: tiene que castigar, contra su voluntad, a su hija preferida, precisamente porque ella ha cumplido su verdadera voluntad en contra de sus órdenes expresas. Es una situación tan dura, pero que al mismo tiempo me parece que, en un contexto real, puede darse tan a menudo, que también me emociona.
Por último, debo citar el final de Tannhauser, con unos peregrinos cantando una de las melodías más nobles que se han escrito para la ópera y otros lanzando esos "Aleluya, aleluya" que son como rayos de esperanza.
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