Aunque parece ser que esto se ha desvíado un tanto, lo cual no me parece mal, si se empieza hablando del truño Handeliano y se termina haciéndolo de Verdi jejee

, sólo un par de pinceladas sobre el Tamerlano del Liceo que presencié el día 9.
Al igual que han comentado otros foreros y con todos los respetos para los amantes del barroco, a mí se me hace tan insufrible como siempre. El régimen de Aria-recitativo-aria-recitativo-aria-recitativo-aria..., así durante más de 3 horas es una losa asfixiante. Que pueda gustar, me parece perfecto, que se niegue que eso es repetitivo, no lo entiendo. Lo es objetivamente. Un acto cada día a lo mejor sería más llevadero. Yo ya no sé si la octava aria es la misma que la cuarta o que la decimosexta o si la novena es de Ariodante, de Orlando o de Faramondo. No sé si habrá algún amante del barroco, quizás la sabia Carestini, que sea capaz de diferenciarlas todas y atribuirlas a la ópera correcta, como yo soy capaz de hacer con cualquier fragmento de ópera de Verdi que me presenten.
Dicho esto, sobre el escenario pudimos escuchar un cantante de ópera (mítico, veterano y setentón), Plácido Domingo, que colocó su voz en el centro del teatro desde el primer momento. Fuera de estilo, sí, con momentos en los recitativos (además de con una dicción impecable -el único al que se le entendía todo-, siempre vibrantes e imperiosos,-todo lo contrario de cualquier cantante barroco al uso y de los que le acompañaban en el escenario con una sola excepción) en que uno comprueba, divertido, como el ya legendario tenor extrovertido, encendido y ardoroso, parece transmutarse en Cavaradossi, Johnson o Loris Ipanoff, hasta que parece darse cuenta (ah, que estoy en Händel!) y vuelve a controlarse. Eso sí, el timbre resulta aún increíblemente bello y en buen estado, (el centro sigue siendo una autopista mórbida y aterciopelada), su personalidad y carisma las de toda la vida y su musicalidad, intachable.
Lo demás, espantoso, empezando por un Cencic aburridísimo, blandorro, con la voz estancada en el cuello la camisa y vestido como para una fiesta de fumaos. Una soprano llamada Fox, sin centro, sin carne, sin voz, pero con un registro agudo pasadísimo de metal, muy desabrido, que hería los oídos de manera inmisericorde. De tomadura de pelo cabe calificar la intervención de la camelo-estrella Von Otter, a la que acabo de despedir del Teatro de Manolita Chen, porque no hay voz ni para eso, y gracia, aún menos. Una voz fantasma, sin centro, ni graves ni agudos, que no sonaba por ningún lado y apenas se la escuchaba ¡¡¡acompañada por una orquestina compuesta por chitarrone y 7 gatos!!!. Los acentos gazmoños y ridículos. Una joyita, la señora. ¿Para cuándo la Ulrika o Santuzza?
Una mención para el contratenor Bejun Mehta. Como todos saben, no soporto este tipo de voz, pero he de decir que me parece el mejor que he escuchado nunca y superior claramente al aclamado Baby Face Jaroussky. Una voz bien apoyada, sul fiato, que corría que se las pelaba por el amplísimo Liceo. Agilidad portentosa y dominio absoluto sobre el instrumento. Además, los acentos nada evirados como los de su colega Cencic.