De haber tenido acceso a Internet este fin de semana me hubiera sido útil por dos motivos:
1- informarme a primera hora de la tarde a través de un email que L’Opera Nacional de Paris me había enviado al correo electrónico de la huelga que se había convocado esa misma tarde
2- que Tucker no se me hubiera adelantado al escribir la crónica de este Otello.
El grado de desconcierto que me supuso acceder al teatro Bastille y ver como distribuían comunicados a todos los asistentes me hizo temer lo peor (que Fleming hubiera cancelado por cualquier indisposición); lo lei por encima y no me hizo mucha gracia tener que conformarme con una representación sin escenografía, aunque me temía algo peor y supuse que seria en versión concierto.
Antes de acceder a mi localidad coincidí con Tucker quien me presento a su encantadora esposa y la casualidad hizo que estuviéramos en la misma fila y a solo dos butacas de distancia. Mis apreciaciones de esta representación coinciden con las de él y ambos compartíamos casi los mismos criterios, por lo que no quisiera extenderme en exceso en mi crónica.
Ver a Renée Fleming en un rol que yo considero tan representativo en ella, y no precisamente por que lo haya paseado por medio mundo ni lo haya grabado exageradamente (que yo recuerde en este momento el DVD de 1996 con J.Levine a la batuta desde el Met) era el motivo que me impulso hace unos meses a adquirir una entrada para esta representación. Tenia gana de ver a Fleming, y tenia gana de verla como Desdemona. Fue la estrella fulgurante de la noche, que duda cabe, sin desmerecer el trabajo de sus compañeros, ni de la orquesta ni menos aun de Armiliato como director, todos ellos, en su justo punto triunfadores de una función casi perfecta si no llega a haber sido por la huelga y otros pequeños detalles. Renée Fleming sigue poseyendo un timbre de una belleza suntuosa, un centro esmaltado, plateado, ambarino y elegante, un agudo bien proyectado, una voz homogénea, aunque concuerdo con Tucker que el registro grave le pueda quedar algo débil. Pero además de poseer belleza timbrica sabe cantar y no emplea truculentas estrategias para adecuar su técnica. El legato es fino y elegantísimo, tan exigible en el rol de Desdemona durante todo el cuarto acto, y el fraseo que exhibió en todo momento fue espectacular. En el dúo de amor del primer acto peco de gazmoñería, pero se adecua tan convenientemente al momento que no es que se pase por alto si no que se acopla a su interpretación como una llave a una cerradura. En el tercero resulto maravillosa en la escena con Otello (Dio ti giocondi sposo), rebelándose contra la ira enfurecida del conyuge, y sobre todo en Esterrefatta fisso en que resulto prodigiosa transmitiendo el desconcierto ante la agresión de su marido. Pero si hubo un momento en que me agrado sobremanera (aparte de durante todo el acto cuarto en que sabia que nos iba a regalar todo su gran arte) fue en el concertante que inicia ella precisamente con el A terra si, nel livido fango. Atenta a las dinámicas en todo momento y con unos agudos que campeaban cómodamente por todo el teatro. Me hubiera gustado escuchar el arreglo orquestal que Verdi compuso para el estreno parisino de 1894 y que afecta principalmente a las intervenciones de Iago y de Desdemona, pero por el detalle anecdótico únicamente por que este arreglo recorta la intervención de Desdemona y por tanto nos hubiéramos evitado a Fleming unos minutos y había que aprovecharla al máximo. Fue en el acto cuarto donde brillo de forma especial; si vocalmente ya poco le quedaba por regalarnos, nos ofreció una interpretación magistral (contando con que no había escenografia, ni iluminación ni mas nada que no fuera ella y Emilia durante la primera escena), conmovedora, envuelta de un halo de tristeza y una transparente nostalgia que conmovía. Pero vocalmente estuvo intachable, atenta a la partitura en todo momento y a las innumerables indicaciones con las que Verdi tachono su partitura: el portamento entre las palabras testa y salce, los diminuendos en la voz en cada uno de las palabras salce, la voce lontana que Verdi reclama, los pianisimos, solo por citar unos cuantos. La canzone del salce fue, a mi modo de ver, el gran momento de la velada, y no únicamente por ella que como digo bordo sin prácticamente macula su interpretación, si no por que el director estuvo atento, minucioso, detallista y los instrumentos de viento crearon una atmósfera idílica, nostálgica y apesadumbrada.
Habiéndome extendido hasta el tedio con Fleming opto por recortar la crónica de las intervenciones de Antonenko diciendo que las veces que lo he escuchado en grabaciones piratas o en la toma que existe en DVD de Salzburg de 2008 no termina de convencerme y aunque me ha satisfecho bastante mas de lo que de el esperaba diré que es el Otello de la actualidad, pero por que no hay otro. Tiene medios y la voz es squillante y ancha, y exhibe su arsenal en los momentos de mas heroicidad y, sobre todo, en las frases mas dramáticas de toda la partitura (abasso le spade, il ciel non ha piu fulmine, a terra e piangi, etc), es un Otello para eso, para los momentos heroicos, como Ora e per sempre addio, Si pel ciel marmoreo giuro pero queda deslavazado en los mas líricos como el dúo de amor, o insustancial en Nium mi tema. Me resulto curioso el detalle que comenzara las cuatro primeras frases de Dio mi potevi con la voce soffocata que exige el compositor, pero solo las cuatro primeras frases, y cuando ataca de nuevo las siguientes otras cuatro (far de’miei baldi) pasa ampliamente de voce soffocata y se vuelve al cantabile. Si ademas le habia quedado estupendamente y habia coloreado la voz estupendamente¡ La falta de escenografia consiguió de el que apareciera y desapareciera por el escenario con unos andares marciales muy lechuguinos, algo así como un dictadorzuelo de republica bananera.
En cuanto a Gallo me ciño a lo expresado con Tucker por que concuerdo plenamente con el. Ofrecio un Iago cínico pero elegante, señoritingo y algo refinado, que declamaba mas que cantaba en algún que otro momento (error frecuente en muchos Iagos), con un trino espantoso en la palabra alfiere, de agudos brillantes en el couplet Inaffia l’ugula , con un falsete blanquecino pero convenientemente apianado en il duce del nostro duce en el recitativo con Cassio previo al Credo, un Credo histriónico a pesar de la falta de escenografia, iluminación o algo donde agarrarse, ladino y atentísimo a las indicaciones y dinamicas del Sogno di Cassio y en general hilando un personaje de una forma, si no brillante, si muy convincente.
Los comprimarios correctos, con la excepcion de un gran Fabiano como Cassio, con una voz bien emitida y que corria por un teatro tan amplio como la Bastille sin problema.
Correcta la dirección de Armiliato, sobre todo en los dos ultimos actos y estupenda la orquesta.
