Me hacen muy poca gracia los prejuicios, y no me hace ninguna el hablar de algo que no se ha visto, sacando fuera de contexto algunas frases de la crónica del señor Naaman. Por eso me permito recomendar la lectura de la crítica de
Les Huguenots que, bajo el título de "Meyerbeer triunfa en La Monnaie", publica hoy "Le Soir", el diario más leído en la Bélgica francófona, a la espera de que alguien hable en este foro del asunto, con conocimiento de causa, sin orejeras ni ánimo de barrer para esa dichosa casa del enfrentamiento entre la música y la puesta en escena. ¡Qué aburrimiento de tema, por dios! ¡Qué inútil pérdida de tiempo! ¡Qué antigualla de argumento!
Esto es lo que dicen sin ánimo de molestar a nadie sino todo lo contrario, y desde una mirada ciertamente abierta y contemporánea, no desde las telarañas de aquellos tiempos del cuplé:
http://www.lesoir.be/culture/musiques/2 ... 845517.phpEn ese artículo pueden leerse, entre otros, los siguientes elogios, traducidos a bote pronto:
Orquesta y cantantes arrolladores...
Puesta en escena impresionante...
Un gran espectáculo...
Un espectáculo memorable que pasará a la historia de la ópera romántica...
Desde la emoción directa y el virtuosismo belcantista, las arias fascinan, entre el vigor de Raoul (un asombroso Eric Cutler), las emociones de Urbain (la deliciosa Yulia Lezhneva), las pulsiones eróticas de Marguerite de Valois (una estremecedora Marlis Petersen)...
Todo funciona desde la acumulación sabiamente dosificada de la multiplicidad de climas que se suceden a lo largo de la extensa duración de la obra...
Potente y ardiente, su espectáculo (el de Py) se desarrolla a un ritmo desenfrenado, facilitado por el desplazamiento de los decorados móviles de Weitz, una maquinaria de Meccano moderno que evoca, muy poéticamente, los marchitos esplendores del Renacimiento...
La indomable energía con la que dirige Minkowski: feroces torbellinos en las escenas de luchas, majestuosidad imponente en los grandes cuadros, intimismo en las confrontaciones humanas, sinceridad en los impulsos amorosos: orquesta y coros lo dicen todo, lo muestran todo...
Además el espectáculo se beneficia del ferviente compromiso dramático de Mireille Delunsch como Valentine y de la solidez de Jérôme Vanier como Marcel, así como de una muy hábil distribución de los numerosos pequeños papeles...
Cutler se lleva la palma por su deslumbrante y conmovedor Raoul de Nangis, papel asesino donde los haya, que domina tanto en sus arrogantes fuegos como en sus delicadas mediastintas. También hay que celebrar la pronunciación de los protagonistas, una cualidad no siempre evidente en la
grand opéra francesa...
Pues eso.