delaforce escribió:
Pero en este caso, me deja estupefacto la facilidad con la que prescinde usted de hechos tan innegables y evidentes como los que he enumerado, por enésima vez: los cds, las funciones concierto y las localidades ciegas.
En un juicio, si tengo que hacer de abogado defensor, consigo que el Jurado declare inocente a mi cliente, en menos de 5 minutos de deliberación.
Otra cosa es que el lugar idóneo para ver una ópera, es el teatro (con visibilidad). La escena, la dramaturgia, tiene algo que aportar (y más en unas óperas, que en otras), pero la "esencia", sólo puede ser la música y el texto.
Seguramente convencería a ese jurado, porque su lógica es muy buena, pero la lógica sólo es una de las sendas (bastante auxiliar) hacia el conocimiento
También la Tragedia griega ha sobrevivido en forma de textos hasta nuestros días y sigue teniendo muchísimo interés, incluso se ha adaptado a la forma teatral contemporánea. Pero eso no significa que su esencia fuera sólo el texto, capaz de sobrevivir al tiempo. Por eso murió como género.
La ópera es música con dramaturgia. Puede ser disfrutada de muchas maneras (ya me conocen, escucho discos y disfruto, a veces mucho, con ellos), pero
se realiza en un teatro. Y resulta que lo dramático es siempre un hecho colectivo, basado en la relación entre la obra y los espectadores y por lo tanto variable. Así que la mitad de la definición de ópera es volátil. La ópera sólo cobra su sentido completo en el aquí y ahora. Y la revolución escénica de los últimos 30 años, que sigue teniendo plena vigencia hoy y muchos horizontes de desarrollo futuro, incide en ese hecho y trata de actualizar esa relación entre la obra y el público. Para mí lo logra cuando todos los ingredientes (que no partes, se puede desmontar un Lego pero no se puede separar los tomates del gazpacho) funcionan y cumplen su poder de comunicación, de
volver a decir algo al público, de generar de nuevo miles de significados, que se alimentan entre sí. Si no, simplemente hacemos una exposición museística de una partitura, que se puede hacer mejor o peor, pero que no
crea ni
recrea.
Dicho de otro modo. Verdi escribió la música de Traviata no para alimentar un ideal de música ni de canto. Escribió así Traviata porque quería comunicar algo a un público, a ése público (un aquí y ahora), quería decir algo. Música, texto y dramaturgia se relacionan entre sí. Y utilizó un lenguaje fundamentalmente musical para decir aquello, porque era el lenguaje que comprendía el público. Hoy, reponer Traviata sólo tiene sentido si ese lenguaje sigue diciendo algo y sigue sirviendo como elemento de comunicación (recíproca, que cambia al espectador y a la obra). Verdi nunca pensó que se repondría, que su obra seguiría diciendo cosas a sociedades tan distintas a la suya. Y la dirección de escena contemporánea ayuda a que Traviata siga diciendo cosas, ayuda a seguir descubriendo la obra, a seguir realizándola. Por eso (y porque se siguen componiendo óperas que comunican nuevas cosas) la ópera sigue viva en un mundo que ya no canta cuando va a lavar la ropa al río, que no recuerda las viejas historias cantando, que ya no se comunica cantando, en definitiva, y que hace mucho tiempo que desechó la ópera como forma central de ocio.
Le respondo a su pregunta lógica:
¿Si sólo hubiera representaciones en versión concierto y discos seguiría yendo tanta gente a la ópera? Usted dice que la revolución escénica no ha aportado nuevos públicos a la ópera. Sin embargo, estadísticamente, hoy va más gente a la ópera que hace 50 años, hay más teatros de ópera en más ciudades. ¿Habría seguido creciendo, dentro de su marginalidad, la ópera de no ser por la renovación escénica?