El estado actual de Gruberova, todavía en espectacular forma vocal pero acomodada en un estilo erradísimo, con vicios profundizados con cada ovación (ey, es lo normal, no estoy criticando), no debe empañar el juicio a toda su carrera.
Un arrollador instrumento que le ha permitido hacer muy buenas encarnaciones incluso fuera de su repertorio natural, el de soprano ligera, unido a una técnica todoterreno, aunque con sus defectos: magnífico sobreagudo, aunque de colocación heterodoxa (a veces fijo, a veces cercano al flautato, pero casi siempre timbradísimo), muy buena coloratura (cuando quiere), espectacular -casi circense- regulación del aire, aunque también suele perder vibración. Si en Mozart y en Strauss ha encontrado un estilo intachable, en el lenguaje belcantista chirrían más algunos de sus amaneramientos. El más famoso, su abuso del portamento, resta severidad y dramatismo y pierde el efecto cuando sí tenía que ser utilizado. El acento siempre ha tenido muchísimas personalidad, pero es normalmente caprichoso, demasiado enfático más que sugerente, dando como resultado un fraseo capaz de momentos de intensidad sobrecogedora alternados con otros directamente mal fraseados. El paso del tiempo ha acentuado los vicios pero milagrosamente ha respetado las cualidades naturales. Hoy, tal vez sea la Elisabetta de Roberto el papel donde todavía está a la altura de lo que fue.
Por eso, no podría darle menos de
notable, pero tampoco me apetece darle más.
Hoy precisamente estaba escuchando el disco que hace un año o así me hizo abrir los ojos con ella:

Casi insuperable Elvira, encendidísima Bolena (tiene un momento, a partir de
ch'io non lo vegga, al final del recitativo, con el crescendo orquestal, que es de absoluto infarto, con un timbre y un decir hiper-juvenil, qué diferente a lo oído en la radio el otro día...), y muy buena Imogene y Ophelie (El Rimsky de este CD nunca lo escucho

).