Pude ver este título en la función del pasado 28 de enero, no en Toulouse sino en París, en la presente temporada de la Opéra Comique. Y disfruté una barbaridad. Me encanta la música de Prokofiev, y no dejé pasar la ocasión de ver un título que no se programa frecuentemente.
En el foso, Tugan Sokhiev al frente de la Capitole de Toulouse. Orquesta y coros dieron la medida perfecta de la frescura, comicidad y dinamismo de la obra, basada en una comedia de construcción tan perfecta como
La Duenna de Sheridan, que también sirvió de inspiración para el compositor catalán Robert Gerhard.
Sur la scène, un poco de todo. Vamos por partes:
–Estupendo escénicamente el tenor
Brian Galliford como Don Jerónimo. Vocalmente ya fue otra cosa, pero fue capaz de componer un personaje 200% convincente. Lástima que no cante más y mejor.
–Coincido con MarttiT en alabar a
Mijail Kolelishvili, que encarnaba al otro carcamal de la historia, el comerciante Mendoza al que Don Jerónimo ha prometido la mano de su hija Luisa. Magnífica actuación y estupenda prestación vocal
–En las voces femeninas,
Larissa Diadkova fue la gran triunfadora de la noche, en lo vocal y en lo escénico: una dueña perfecta, intrigante, divertida y manipuladora. Me gustó, aunque sin entusiasmar, la mezzo
Anna Kiknadze como Clara de Almansa. Por debajo estuvo la soprano
Anastasia Kalagina como Luisa, con evidentes problemas en el agudo y en el paso en un papel que encima no es nada fácil.
–
Garry Magee hizo un Fernando demasiado contenido, es cierto, pero rompo una lanza en favor de
Daniil Shtoda,
que parece el hermano pequeño de René Pape, se dan un aire. La voz es de escaso volumen, pero de un timbre realmente bonito.
–Estupendo, en efecto, el Don Carlos del bajo
Yuri Vorobiev, que canta bien y es un muy buen actor. Cosecharon grandes ovaciones los frailes borrachos del convento, a los que encarnaban
Eduard Tsanga, Vasily Efimov, Marek Kalbus y Mischa Schelomianski.
La puesta en escena de
Martin Duncan sí me gustó, dentro de que tampoco fuese el colmo de la creatividad, pero resultó colorista y eficaz. Sólo cuento en el
debe la mala sujeción de los truses, que se tambalearon un poco al subirse por ellos algunos bailarines

La coreografía de
Ben Wright subrayó los aspectos más cómicos de la historia, dándoles un toque fantasioso en la serenata nocturna de los enamorados. Muy bonitos los figurines de
Alison Chitty, que traslada la acción desde la Sevilla del XVIII a la década de 1920, aunque viste a los dos vejestorios, Don Jerónimo y Mendoza, de dignos caballeros decimonónicos, sin duda para acentuar las diferencias con los personajes jóvenes que urden todos los engaños.
Además, todo irradiaba un toque vodevilesco, muy Feydeau; nada nos hacía pensar en una historia que comparte muchas características con el
Barbero de Sevilla.
Pude ver un título nada frecuente en los escenarios, volví a disfrutar con la música de Prokofiev, que siempre me sorprende, estuve en París, que es una de mis ciudades favoritas… Mejor, imposible
