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Pues como yo sí estuve, vamos a contar algunas cosillas. Ante todo, matizar: fui al segundo reparto en su primera función. Y aquí, como de costumbre, pongo algunas reflexiones así rápidas.
Empecemos por la producción del ROH, muy novedosa, como todos sabrán, después de cumplir 38 añazos. De las de buhardilla mugrienta, harapos, estufa de carbón, café y calle abarrotada en segundo acto, nieve en el tercero y todo eso. Lo clásico en una Boheme, vamos. Cumplidora, sin entorpecer aunque creo que le falta quizás un puntito para llegar al grado legendario de la de Zefirelli para el Met.
A mi me gustó la orquesta sinfónica y Halfter. No suele hacerlo. Pero el tipo dirige Puccini con entrega, sacando el mejor sonido de los músicos, perfilando las melodías puccinianas y, en esta ocasión, bajando ligeramente el pistón para no ahogar a los cantantes. Igual ha sido un efecto del primer cast.
Y llegamos a los cantantes. Carmela Remigio es lo que es, una soprano lírica agradable, de canto elegante, a veces con un tímido vibrato, pero que cumple y aporta el patetismo necesario a su Mimì. Quizás eché de menos un punto de presencia vocal, pero fue de lo mejor de este reparto alternativo.
Insoportable el Rodolfo de Fernando Portari. La voz no es fea, pero no encaja en el rol ni con calzador. Sobrepasado por arriba, incapaz de la media voz (afalsetada!), sin fuerza... Acortaba las frases cuando, sencillamente, no podía con ellas. No estuvo a la altura.
A Claudio Sgura lo recordarán mis queridos coruñeses por su Iago de este pasado septiembre, donde no acababa de encajar. Su Marcello se acerca algo más a sus posibilidades. Se pudo echar en falta algún matiz, pero correcto, sin problemas.
Tatiana Lisnic hizo una Musetta algo gritona, pero con la voz más firme de toda la noche. Se la escuchaba hasta con la orquesta rugiendo, algo que del tenor no puede afirmarse. Cumplidora.
En resumen, una función muy disfrutable pero con el negrísimo lunar del tenor.
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