Lo prometido es deuda, aunque tarde
Yo fui a las dos últimas funciones del primer reparto (por llamarlo de alguna forma, porque en Les Arts oficialmente todos los repartos son iguales), es decir, las del jueves y domingo (gracias al vaquero). El jueves yo estaba muy cansado, y debo decir que llegó algún momento en que deseaba que se acabase. Me pareció una Aida, en conjunto, regular e irregular. Aun así, disfruté mucho del Acto I, y me gustó muchísimo Barcellona. El domingo, sin embargo, tras haber dormido un número indeterminado de horas, haber meditado sobre las rarezas de Maazel y reconciliado con la muerte y con la vida, estaba ya en la disposición para disfrutar de esta Aida. No solo eso, sino que los cantantes, al ser el último día de Aida, Radamés, Amonasro y Ramfis, estuvieron especialmente esforzados. Todo se conjuró para que yo disfrutase. Y vaya si disfruté.
-Indra Thomas como Aida. Esta soprano trata de emular en todo a la gran Leontyne Price, y las zonas más agradables de su registro (el centro-agudo) recuerda por timbre al de la diva; tiene además un grave bello, aunque un poco artificial. Lástima que haya cogido muy poco de lo bueno y mucho de lo malo de su compatriota... Es una voz corta de agudos, raquítica de potencia, una técnica defectuosa con una posición que cambia a cada nota y por tanto el timbre (especialmente alarmante el
O patria mia del jueves, donde la posición de la voz parecía el rebote de una pelota de pimpón). Además, una afinación que funciona por aproximación y una dicción donde las consonantes y vocales se vuelven una masa que podría ser italiano, egipcio antiguo o danés. Un cuadro. No puede decirse sin embargo que esta señora carezca de virtudes: el timbre es muy bonito mientras que la orquesta, sus compañeros o la partitura no la ahoguen. En el lado positivo, me pareció una cantante con una gran sensibilidad: el domingo cantó un
O patria mia matizado, buscando las dinámicas, sincero y melancólico; dando todo lo mejor de sí misma para gustar al público. Y el público la premió con un aplauso (creo que fue el único día en que se la aplaudió el aria) e incluso algún bravo (de la madre, seguro

). El problema es que aunque tenga una sensibilidad que ya querrían para sí muchas sopranos, con una voz y técnica tan defectuosas, sirve de poco y hay que estar muy voluntarioso para percibirlo (y yo el domingo lo estaba

). Es más, su forma de cantar puede tornar la sensibilidad innata en cursilería y afectación. Al final de las funciones fue aplaudida, aunque sin excesiva convicción, y el domingo hubo unos silbidos desde el 4º piso, en mi opinión inmerecidos por excesivos.
-Daniela Barcellona como Amneris. Sin duda, la gran triunfadora, y todo a pesar de que, como han señalado muchos, no es una mezzo verdiana. Faltaba metal en la voz, penetrancia, capacidad para llenar el teatro. Esto es especialmente patente en el dúo con Aida del Acto II, donde entre la vocecita de la esclava (Barcellona se la tragaba completamente) y la falta de metal de Amneris, daba una cierta sensación de escenario desangelado; los
tutti orquestales la sepultaban sin piedad. También sería deseable una mayor seguridad en el agudo, sobre todo en el Acto I y II. Una lástima que no pueda atacar sin
portamento el traicionero sol agudo de
Ah vieni, vieni amor mio en el Acto II. Estas críticas corresponden sobre todo al jueves, cuando entró con la voz un tanto destemplada, y esta situación se prolongó hasta el III Acto. El domingo, por otro lado, el extremo agudo estaba mucho más asegurado desde el principio, aun con sus pequeños problemas. Nombradas todas las limitaciones, toca ahora hablar de por qué Barcellona hace una fantástica Amneris. La razón de esto es una línea de canto elegantísima, con un
legato intachable que unía desde los graves profundos hasta el agudo (el jueves pude percibir alguna ruptura del
legato al bajar al pecho, no así el domingo), unos graves de pecho imponentes y bien timbrados, un timbre bello. Pero sobre todo, un gran sentido de cómo se debe frasear: daba a cada palabra el énfasis necesario, ora electrizante y autoritario, ora suave y amoroso, ora desesperado. Hizo un Acto IV imponente: comenzando con un
L'abborrita rivale a me sfuggia de quitar la respiración, en un
crescendo continuo hasta el clímax en
Empia razza!, culminado con un la natural potente y emocionante, aunque ligeramente calado, para morir sepultada por la orquesta en fortísimo. La braveé todo lo que pude y más, y ella nos devolvió el regalo en forma de unos bellísimos
Pace, alargados hasta el infinito. Sin duda, un auténtico lujo de Amneris, mi reconciliación completa con este papel (hasta el domingo la gran escena de Amneris me parecía de o peor de la obra), una de las actuaciones vocales que difícilmente se me olvidarán. Recomiendo a los escépticos que vengan a verla: cantará cuatro funciones a lo largo del mes de diciembre. Yo volveré a verla, con el segundo reparto, el día 19.
-Jorge de León como Radamés. Un verdadero tenor
spinto en el papel del joven guerrero. La voz es muy bella, con un agudo timbrado, viril y penetrante. El fraseo es aceptable y no se detiene en alardes de mal gusto. No encontré los problemas de afinación que indicó Carestini, excepto por algún agudo ligeramente subido; nada fuera de lo normal. Hizo un Radamés muy correcto y aseado, algo que no es poco, y sería injusto pedirle la capacidad de matización de un Bergonzi cuando tan pocos tenores en el mundo tienen una voz tan adecuada para el rol. No es un cantante, claro, exento de problemas: los intentos de matizar encuentran el gran obstáculo de unos
piani insostenibles y llenos de aire, una línea de canto no lo suficientemente pulida y unos agudos que tienden a abrirse y descontrolarse, acercándose peligrosamente al gallo. Tiene mucho terreno para mejorar, pero material de sobra para hacerlo. Respecto a su actuación, la verdad es que no puedo destacar demasiados momentos, porque ni yo soy demasiado aficionado a los tenores ni él hizo nada excepcional a lo largo de la obra (ni excepcionalmente malo ni excepcionalmente bueno), sino que se movió siempre entre lo correcto y lo notable. Mejor siempre lo heroico que lo amatorio, aunque en el dúo final estuvo muy, muy bien, aunque sin alardes. El si bemol agudo de la romanza, fortísimo, bello, timbrado y mantenido durante bastante tiempo, hasta que éste amenazó con descontrolarse: mereció y recibió los aplausos del público tras el aria. Lo mejor, la segunda escena del Acto I.
-Gevorg Hakobyan como Amonasro. Este cantante es ya un habitual de Les Arts, donde ha cantado Sharpless y el Alfio de la COINFO. Se trata de un barítono muy correcto, con una voz bella y sin problemas en el agudo. Sin embargo, el papel del padre etíope le quedó bastante grande aunque porque la voz se movió siempre dentro de lo aceptable, algo que, teniendo en cuenta el panorama baritonal actual, es más que suficiente. El problema es que el fraseo es insulso y genérico. Entra como soldado derrotado en el Acto II y ahí acaba toda matización: canta el dúo del Acto III como si recitase el listín telefónico, no hay ni ternura, ni amenaza, ni malicia ni nada. Solo un barítono tocho junto a una cantante inexplicable. Digno de mencionarse que cantó el tantas veces gritado
dei faraoni tu sei la schiava. En resumen, una actuación mediocre. Pero me temo que echaremos de menos esa actuación mediocre cuando tengamos el Amonasro de Marco Vratogna.
-Giacomo Prestia como Ramfis. Un pedazo de bajo, que cumplió con todo lo que debe ser un Ramfis: voz potente, muy buenos graves y mucha autoridad vocal. Tuvo algún problema de afinación puntual, pero por lo demás estuvo muy bien.
-Marco Spotti como el Rey. Voz de bajo
buffo (o como mucho, bajo cantante), graves mucho menos rotundos que lo de Ramfis, pero suficiente presencia vocal para el papel. Contrastó para bien con el Sumo Sacerdote, y no desmereció del primero en absoluto.
-Javier Agulló como el Mensajero. Javier Agulló es un tenor valenciano, habitual de Les Arts. Mostró una notable mejoría desde su Altum de hace tres años, con un timbre bello, y el agudo (el sol agudo de
invasore) muy bien resuelto.
-Sandra Ferrández como la Gran Sacerdotisa. Pasable ante una partitura demasiado exigente para un papel tan pequeño.
-La dirección de Lorin Maazel. Como cabía esperar, una dirección muy alejada de lo convencional, con
tempi muy dilatados, abundantes calderones y ritardandos. Personalísimo, egocéntrico, Maazel se arroga la autoría de la obra y la moldea a imagen y semejanza, en una versión poco fiel a Verdi y mucho a sí mismo. Consigue así momentos de belleza. Recuerdo especialmente, en la escena segunda del Acto II, al final de las tres intervenciones de la Gran Sacerdotisa donde Verdi señala un
morendo, Maazel dilata el sonido hasta volverlo irreal, envolviéndolo todo en el cromatismo del coro femenino. Silencio, y aparece, como en un susurro el coro masculino que hace pararse el tiempo. Tuvo otros detalles que gustaron menos: una marcha triunfal que no fue nada triunfal por lo mortecino del
tempo y la fanfarria final del Acto II que fue una de mis experiencias más extrañas en teatro. Una música populista (creo que nadie me negará que ese final de Acto lo es) interpretada a la mitad de velocidad a la que uno está acostumbrado, como exponiendo el chimpún final de forma casi deshonesta. A mí la primera vez que lo vi, me pareció que Maazel se había pasado de amaneramiento (de rosca), por querer ser original le había salido una caricatura de final de acto. Entendí por qué hubo quien encontró aburrida esta Aida. Álvaro, sin embargo, me dio una opinión mucho más interesante: Maazel priva a esta música de su carácter heroico, para volverlo algo más oscuro en consonancia con la tenebrosa producción. En mi segunda función, pude apreciar esto que dijo él, y valorarlo mejor. Maazel apeló a mis más bajos instintos y hasta se me escapó un bravo al final del Acto II.

Otros momentos que me parecieron reseñables en su dirección fueron los caprichosamente bellos calderones que introdujo en la Danza del Acto I, el preciosista inicio de Acto III, la tensa dilatación de la primera corchea con puntillo justo antes de la aparición de Radamés (
Pur ti riveggo), con el acortamiento de la negra (quien oiga la grabación con la partitura delante verá a qué me refiero), y el impresionante uso del timbal en el Acto IV con la frase de Radamés
Né le mie forte braccia. En resumen, una dirección personalísima y llena de detalles, pero por eso mismo, controvertida y discutible.
-Coro y Orquesta. Fantásticos, como ya hemos dicho y diremos hasta la saciedad. Nada de lo que hizo Maazel tendría sentido sin unos cuerpos estabels como los que tenemos. Y que sea por mucho tiempo.
-La producción de David McVicar. Como todos han dicho antes, se trata de una producción que huye de pirámides, arena, sol y egipcios con faldas. Oscura tanto en temática como en iluminación, está situada en un Egipto imaginario, con samuráis y tocados extravagantes. Esto en principio no tiene nada de malo, sobre todo porque el texto da pie a ello: mezcla al dios romano Vulcano con el dios egipcio Ptah (llamado Fthà en la ópera), y eso que el texto en el que se basa el libreto es de uno de los padres de la egiptología, Auguste Mariette. El vestuario es precisamente lo mejor con diferencia de la producción: variado, extravagante, brillante y siempre de gran calidad. El más remarcable es el de Amneris, que lleva un tocado bastante horroroso estilo Reina Amidala; muy curioso. El vestuario de Aida, curiosamente
* parece de peor calidad que el del resto de solistas, figurantes y coro. Muy llamativos y bonitos también el tocado del Faraón, y el vestuario de sus acompañantes: el niño pirámide y el hombre perro dorado. La escenografía, por el contrario, fue bastante genérica: una especie de pared de color grisáceo que se mueve a placer. La iluminación, demasiado oscura. Los movimientos de masas y coreografías, interesantes. La marcha triunfal fue una demostración de fuerza de los samuráis, al principio del Acto III Amneris navega en un barco formado por los escudos de los soldados, que gira sobre sí mismo sobre la plataforma, dando sensación de moverse por el río; y la escena de Radamés bendecido en el templo se transformó en una impresionante y estremecedora escena de sacrificio humano. Sin duda, lo mejor escénicamente de la producción. Por el contrario, la dirección de actores me pareció pueril y con un trabajo nulo detrás. Los solistas se movían de forma aleatoria, todo dependía de su talento escénico (o falta del mismo). Yo podría haber sido el director de escena, y hubiese quedado igual de mal. Además, la escasa escenografía se aprovechó insuficientemente: la única interacción entre escenografía y solistas fue Amneris pegada a la pared en su gran escena del Acto IV, y ella cantando en el nivel superior de la escenografía en el
finale. Poco más. En resumen: bastante bien los Actos I y II y bastante mal los Actos III y IV.
Mis conclusiones de las dos representaciones fueron variadas. Tras la del jueves acabé con una impresión poco efusiva y bastante negativa, me exasperaron los
tempi de Maazel, me irritó la ñoñería de Thomas, la producción me pareció fea, y Barcellona destemplada, que no fue realmente ella hasta el Acto III, un acto que se me hizo tan aburrido que yo lo habría resumido en
Sì, io preghero che Radamés etc. y
Traditor!, saltándose todo lo de enmedio. El domingo, con un ánimo distinto pude apreciar cosas mucho mejor, acabé la función emocionado y entusiasmado.
No sabría qué nota darle por tanto. Pero creo que han sido cinco funciones muy ambiciosas y nada convencionales: un intento de hacer musicalmente algo distinto. El resultado no ha sido todo lo bueno que podría, en gran parte por la pobre actuación de Indra Thomas como Aida. Pero esto al fin y al cabo ha puesto el relieve sobre el inmenso personaje que es Amneris y la buenísima cantante que es Daniela Barcellona. Recuerdo haber leído hace tiempo que alguien se quejaba del escaso relieve de este personaje en la ópera. Esa persona debería haber venido a Valencia.
* Cotilleo: tuve la oportunidad de observar los trajes de cerca y me fijé en que era el único que no llevaba etiqueta de la Royal Opera House. Una joven y amable señorita me confirmó lo que ya sospechábamos los asistentes: el traje de Aida no es el original de la producción. Visto en escena tenía aspecto de ser de un tejido distinto, de ser demasiado mate, de tener poca calidad. Parece ser que el traje de Aida se ha hecho en Valencia, pero se llevó para tintar a la ROH. Las razones de esto, no tengo ni idea. Pero no hay más que comparar las fotos de la producción
londinense con las nuestras para ver que no es exactamente igual. La razón nos es desconocida, pero en mi grupillo había especulaciones bastante perversas...