Fui ayer al Teatro Gayarre con una mezcla de ilusión por volver a ver a una mezzo que adoro y de precaución por las
recientes críticas negativas y su maravillosa pero vocalmente border line Condesa Geschwitz en el Real. El programa terminó de convencerme, un repaso a la deslumbrante trayectoria de una de las mejores mezzos de los 90, junto al quinteto de cuerda Opus Five.
La primera parte fue desoladora. Comenzó valiente con el aria donde, en mi opinión, era reina absoluta, la arrolladora
Where Shall I fly del hercúleo Händel. Voz semi-impostada, que jamás alcanzaba algo parecido a la colocación; color mate, velado por recurrentes guturalidades, y presencia pobre. Una afinación sorprendentemente dudosa, además. En ese estado, su legendaria coloratura era una imitación fabricada en la boca. Teatralmente insuperable, dominando el idioma y el estilo, pero la situación vocal estaba bajo cero. No mejoró en un perdidísimo
Erbarme dich, y tocó fondo en un muy triste
Dopo notte, sobre el que no me extenderé. En el descanso, rodeado de la petty bourgeoisie navarra, pensaba con amargura en lo duro que es mantener una carrera larga como mezzo, siempre luchando contra la tesitura y el instrumento. Si eres soprano ligera siempre te quedará medio registro agudo colocado, que bien conservado aguanta siglos. Pero para cantar
Dopo notte y volar en su coloratura juguetona y feliz hay que tener la voz
ahí. Para mí las piezas de tesitura de mezzo de Händel son una de las partes más endiabladamente difíciles del repertorio.
Si la cosa hubiera quedado aquí, no me habría apetecido escribir nada. Pero la segunda parte fue otra historia. Después de un irrelevante dueto de Hänsel y Gretel con el violín y a la luz de la vela (sort of), llegó una revelación, de esas cosas que se te quedan marcadas, un camerístico
Morgen, arrebatadoramente fraseado, delicado, soñador y esperanzado, verdaderamente emocionante. Y ya de mejor humor por haber oído algo
de verdad, los dos números finales me parecieron, por fin, a la altura de lo que Larmore fue (pero, definitivamente ya no es). Una
Chanson bohemienne, con teatrillo Opus five incluido, eléctrica, con la voz (por fin!) fuera y con punta. Así sí pudo hacer una agilidad decente y jugar con el color. La afinación seguía siendo dudosa, pero logró el punto de sabor. Una Carmen de curvas suaves, sin peligro ni fatalidad, pero al menos femenina y seductora. Finalmente, un rondó de Cenerentola que logró sonar a su maravillosa Angiolina pasada, suelta en la agilidad (aunque muy aspirada), cómoda en el fraseo, aunque totalmente fuera de tesitura por arriba, con un agudo descontrolado (un giOOco...). Es duro ser ""mezzo"" Händeliana, pero a lo mejor contralto rossiniana no tanto
Y por si este final no había borrado los pecados de la primera parte, el bis,
I want to be a primadonna, me hizo ADORARLA. Una propina poco apropiada para un público en las antípodas de lo
queer, la verdad. Ya totalmente cómoda en una pieza desenfadada y semi-impostada, Larmore sonaba, brillaba y se gustaba. Olvidé con esto la tremenda tristeza que me invadió en la primera parte: Una gran cantante condenada a hacer bolos semi-operísticos en Atlantic City con un quinteto de cuerda (honesto pero mediocre), empeñada en recordar con brevísimos destellos su antiguo repertorio. Desde luego no está para cantar un papel protagonista en ningún gran teatro (para Pamplona bien, que la gente busca una banda sonora que acompañe sus discusiones inmobiliarias en el entreacto). Pero sí está para reconvertirse (chanson, lied, papeles de carácter...), porque hay algo de voz y, sobre todo, el mismo extraordinario talento.
Al final, un recital digno de ella pero no sincero con ella. Me lo pasé bien, a pesar del sabor amargo de la decadencia.