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No sé si este artículo cae bien aquí, porque me da que la actuación que presencié ayer no cumple los requisitos mínimos para ser calificada de “función”. En todo caso, si la Moderación lo estima oportuno, puede llevarlo a Off Topic, al hilo de “Grite”.
Desde el día 9, sábado, en Zaragoza estamos oficialmente en Fiestas del Pilar. Ayer por la tarde, mi mujer mira el programa de fiestas y me dice: “Mira, a las siete hay lírica en las murallas romanas. ¿Quieres que vayamos?”. ¡Uf! Lírica al aire libre; eso nunca sale bien. Estoy por contestarle que no, pero habida cuenta de lo que me cuesta conseguir que ella vaya a algún concierto o representación, o incluso que las vea en casa, sospecho que una negativa en este momento no me ayudaría para futuras ocasiones. Así que, venga, vamos para allá.
Previamente realizamos el avituallamiento habitual de Pastel Biarritz, miel, polen y cecina en la Plaza de los Sitios, que eso sí que es una tradición anual que no hay que perder. Y de allí nos fuimos a las murallas, que para quien no sea de Zaragoza, explico que es poco más que un rincón en un lado de la Plaza del Pilar.
Primera cosa que puede salir mal: el tiempo. La víspera, a los que se animaron a salir para ver el Pregón de fiestas les cayó encima el diluvio universal, y ayer todavía quedaban nubarrones, muchos y muy oscuros, sobre Zaragoza.
Segunda objeción: el lugar. Pequeño, pero además con el inconveniente de que, por primera vez en la historia, también habían puesto tenderetes ahí, de modo que la “función” se celebró al estilo medieval, con un montón de público de pie, apretujado, y con casetas de artesanos del cuero, el vidrio, la cera y las gominolas por enmedio. Alguno de esos tenderetes sufrió grave riesgo de aplastamiento.
Y como el sitio es una zona de acceso a la Plaza del Pilar, no tardaron en formarse dos grupos de gente, respectivamente cabreados los unos con los otros: los melómanos, a quienes nos molestaban los empujones que daban quienes querían pasar hacia la plaza; y los transeúntes, a quienes les molestábamos nosotros con nuestra mera y asfixiante presencia.
Tercer punto: el recital en sí. El programa de fiestas no daba la más mínima pista sobre qué intérpretes o repertorio nos íbamos a encontrar. Pero no sé por qué, no me sorprendió en absoluto ver, conforme íbamos llegando, una docena de joteros en la escalinata de la iglesia de San Juan de los Panetes, que hace ángulo con los restos de muralla. Por un instante sospeché que nuestros ilustres dirigentes habían calificado como “lírica” una actuación de jota, pero todo quedó aclarado cuando, al fondo, divisé a un grupo de hombres vestidos de uniforme militar azul claro y con sombreros de paja, como los soldados que combatieron en Cuba en 1898. Ya no cabía duda: el Ayuntamiento, haciendo gala de una insospechada originalidad, había decidido obsequiarnos por enésima vez con “Gigantes y Cabezudos”, zarzuela muy bonita y muy sentida en Aragón, la verdad, pero que ya cansa porque parece que en esta ciudad no se pueda interpretar otra. Por si necesitaba alguna confirmación, se paseaba arriba y abajo un tipo ataviado como el Don José de Carmen, que no podía ser otro que el malvado sargento de la zarzuela.
Bueno. Ya que estábamos allí, tratamos de encontrar un buen sitio para verlo. Ya lo habíamos conseguido, y estaba a punto de empezar el evento (con un retraso, indispensable, de un cuarto de hora, que se les fue en pruebas de sonido), cuando sucedió lo impepinable. Una profesora que tuve decía que las cosas se dividen en dos categorías: pepinables e impepinables. Y si hay algo impepinable cuando vas a ver cualquier concierto o actuación, es que en el último momento se te plante delante el individuo más alto del distrito centro. Ayer no fue una excepción: empezaban a tomar aire las integrantes del coro inicial cuando llegó una familia compuesta por padre, madre y niño, siendo el padre uno de ésos que empiezas a mirarlos desde los pies y no acabas nunca. Y claro, aun con la falta de espacio que ya hacía rato que sufríamos, no halló mejor baldosa para plantar sus reales que la que estaba justo delante de mí. Maldiciendo a la ley de Murphy, maniobré como pude para ubicarme detrás del niño (mi mujer estaba bastante bien detrás de la señora, que media como la mitad que el marido). Ya lo había conseguido y empezaba a disfrutar (más o menos) de lo que veía en el “escenario” cuando, de pronto, vi elevarse lenta e inexorablemente, un globo de Bob Esponja que llevaba el niño. ¿Alguna vez habéis asistido a un concierto o función para pasaros media hora ante una cara cuadrada, amarilla, y con un solo diente? Si tenéis la ocasión, no la dejéis pasar: es una experiencia única.
A todo esto, la zarzuela había comenzado. Al menos, la música no era grabada: trajeron un pianista que cómo se desmelenaría al principio, que tapaba por completo las voces de un coro de mujeres que tenían que chillar a voz en cuello porque se supone que estaban representando una pelea en el mercado. Bueno, y también porque además de tener que imponerse al pianista tenían que hacerse oir por encima del bum-bum-bum proveniente de algún coche, o de algún bar cuyo dueño, a todas luces molesto por la barahúnda de la zarzuela, se ve que decidió boicotearla metiendo música cañera a toda pastilla. El viento, que hacía crujir los micrófonos situados en el frente del escenario, tampoco era un rival menor.
La supuesta zarzuela fue en realidad un resumen: el sargento iba contando la historia y a continuación se cantaban los números corales. De esta forma, en media hora, durante la cual estábamos todos con un ojo en los cantantes (excepto yo, que lo tenía en Bob Esponja) y con otro en los nubarrones (suerte que al final no llovió) quedó liquidado el acto. La compañía era de aficionados, y la pobre que cantaba el rol de Pilar no llegaba a un solo agudo, cantando en falsete la mitad de su papel. Pero oye, al final, con mucha más voluntad que arte, lograron salvar la papeleta. Entre tanto desastre, lo mejor para mí fueron las ganas que le echaron los cantantes. Aficionados en la técnica, profesionales en la actitud.
Y bueno… Eso es lo que tenemos en las fiestas mayores de una ciudad como Zaragoza, con 700.000 habitantes y que aspira a ser capital cultural de Europa. Lo malo no es que programen esto; lo malo es que apenas si hay otra cosa. Por lo que se ve, no cabe disponer ni de una sala de conciertos (para qué vamos a hablar de un teatro), ni de una compañía de profesionales, ni nada de nada. Sí que están programadas tres actuaciones en el Auditorio para el viernes, sábado y domingo próximos con romanzas y coros de zarzuela, pero lo que les hicieron a los pobres que ayer salieron a dar la cara no tiene nombre. Me parece una falta total de respeto por parte de quien haya organizado estas fiestas; falta de respeto hacia ellos en primer lugar, y hacia el público zaragozano en segundo. Por las condiciones en que se desarrolló y porque parecen creer que aquí sólo vivimos de zarzuela y de jota. Ambos géneros muy respetables, pero por favor…
Así que: ¿Zaragoza capital cultural europea? ¡¡Pa qué!! (Como decía Antón Castro en un acto que algunos del foro recordamos) Aún no sé cómo hemos podido superar el primer corte, pero ya está hecho. Yo, ahora, para no hacer más el ridículo, pediría, rogaría, suplicaría de rodillas que le den la capitalidad a cualquiera de las otras ciudades que quedan en liza.
¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAGGGGGGGHHHHHHHH!!!!!!!
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