Spinozianos estamos.
Maazel repitió, un escalón más abajo, la historia del último Karajan: alcanzó la genialidad, pero se enamoró de sí mismo y de sus sonidos y se estancó como músico espectacular (y lo es, y mucho; yo pude participar en un concierto con él de la Segunda de Mahler y aquello sonaba tremendo) pero no como un artista genuinamente
revelador. Por otro lado, para bien y para mal, Levine es el músico de América. Creativo, excéntrico, esmeradísimo (no hace falta insistir en la verdadera revolución de calidad protagonizada por la orquesta del Met bajo su égida) y siempre consciente de que está dirigiendo teatro, lo que para él significa 1) espectáculo y 2) para americanos. Levine, no tan buen músico como Maazel, no se enamoró de sí mismo, pero sí del efectismo. Y así, como si se tratara de fuegos artificiales, el fulgor de su música comenzó a durar poco y a resultar previsible. Queda, sin duda, una vida dedicada a poner en pie el reprtorio operístico con los medios fastuosos y los cantantes fastuosos que ha dirigido en el Met, y el gran respeto que esa trayectoria impone. Pero no queda, por tristeza, una herencia de verdad capital en la historia del teatro en música.
Y en contraste con ellos, Mehta, que quizá no fue lo que esperábamos, que tiene unas grabaciones operísticas un tanto contradictorias y que tampoco hará historia en la grabación del género (salvo por la increíble
Turandot), es un hombre que no adoró becerros de oro, o lo hizo mucho menos, que no se autocomplació, o lo hizo mucho menos, y que no creyó saber más que el compositor sobre lo que tocaba, o lo hizo mucho menos.
Y si ya sabe todo esto, por qué me lo pregunta.
