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El poema - An Elegy Wrote in a Country Church Yard
Thomas Gray
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Lo primero de todo, tengo que agradecer a mi amigo Pylade sus comentarios y ayuda con la traducción.
El texto de la canción está tomado de las dos primeras estrofas de una
bellísima elegía de 128 versos compuesta por el poeta londinense
Thomas Gray (1716-1771).
Ocho versos de una crepuscular belleza, una delicada sensibilidad y un infinito poder de evocación, que juegan con todos los sentidos para sumergir al lector (al oyente, en este caso) en ese momento del día en el que la noche avanza implacable y los hombres se rinden temerosos a su poder.
El primer verso nos sugiere el primer sonido que acompasa toda la canción, hasta el último (donde aparecen las campanillas). La campana del toque de queda, seca, solemne, anunciando la muerte del día. Un sonido cercano, además (el poeta está junto a ella...en el cementerio). Ante ella todo se retira, el ganado perezoso, y el labrador, que con paso cansado y lento (
plod) regresa a casa, por el arado camino de todos los días, sin prisa ni impaciencia. Como el sol en su camino al ocaso. No hay nadie ya ante el poeta, solo con la oscuridad. Ese último
me que cierra la estrofa, con una rima seca, algo arrítimica, agresiva, como un golpe de soledad. El día muere, como
yo moriré algún día, y lo miro, lo oigo, lo siento desfallecer.
La segunda estrofa profundiza en la descripción, y sigue llenando los sentidos con imágenes. El paisaje que va desapareciendo ante sus ojos (
glimmer, que aparece y desaparece, como cuando miras fijamente una estrella en el cielo y no la ves, pero cuando apartas la mirada la vuelves a ver; una traducción más libre del verso podría ser
el paisaje se desvanece ante mí, parpadeando). El verso 6 es especialmente bello. He aprovechado la posibilidad y lo he traducido invirtiendo sujeto y objeto.
Todo el ambiente tiene una calma solemne, o
la solemne calma contiene el aliento (jugando con
hold the breath-air). La palabra solemne refuerza la idea de silencio y calma, pero introduce la inquietud fatal. Precioso pero ambiguo contrapunto en el siguiente verso: el vuelo ruidoso de un escarabajo (pensé que los escarabajos no tenían alas, al menos no los que he visto...

). Pero no es un vuelo anecdótico, es
droning, el sonido que hacen los zánganos (
drone, como el labrador del verso 3...) en su monótono trabajo. El zumbido inevitable, el de todos los días. Un pequeño sonido que lleva a otro en el último verso, el de las campanillas de las ovejas, que vuelven al redil en la distancia (un sonido tan característico del campo, las campanillas o los cencerros a lo lejos). Tres palabras seguidas que de pronto enternecen el ambiente:
soñolientos tintineos arrullan. No hay imagen más infantil, más dulce, que un cordero al que se le cierran los ojos, arrullado (un verbo, en español, tan materno...) por las campanillas de sus congéneres.
Todo dibuja con mano magistral un
locus amoenus, un momento de calma y quietud. Pero los aguijones de la elegía pinchan con sutileza aquí y allí, invadiendo poco a poco al oyente, como la brisa fría que se levanta con el ocaso, en una tarde de principios de marzo, cuando nuestro intérprete nos dejó.
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Thomas Gainsborough - Pastoral Landscape
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