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¿Y si realmente estuviera muerta? ¿Y si esto fuese como la peli del Sexto Sentido y algunos todavía no nos hayamos dado cuenta? ¿Y si toda creación operística contemporánea estuviera condenada al fracaso? ¿Y si la ópera del siglo XXI fuese un sinsentido? Todas estas preguntas circulaban por mi cabeza ayer tarde-noche mientras asistía a la representación de
Ask-I Memnu, desconocida ópera del desconocido compositor turco
Selman Ada.
Estrenada en el año 2003 se presentó en España por primera vez ayer en el Teatro Jovellanos de Gijón, por los solistas, orquesta y coros de la Ópera de Esmirna. La ópera se ambienta en el Estambul de finales del siglo XIX, y cuenta una historia de romance, desengaño y, finalmente, locura y suicidio en el contexto de un matrimonio entre un viudo (que tiene una hija de su primera mujer) y una chica 30 años más joven. El deseo de la madre de ésta por su nuevo yerno, la pasión que arrastra a la muchacha a liarse con el primo de su marido, y la tensión sexual entre los miembros de la servidumbre, además de algún que otro guiño a la libertad, son los mimbres que componen las 2 horas y media de ópera. Se trata de una sucesión de números musicales (arias, dúos y números de conjunto, y algún coro) escritos en un estilo cercano a la música popular turca, con características vocalizaciones y un color de fondo pucciniano, e hilvanados por transiciones musicales propias del lenguaje cinematográfico. En definitiva, un caramelito de fácil digestión, al que no se le puede acusar ni de ser transgresor, ni de olvidarse del público, ni de querer hacer otra cosa salvo transformar en música el texto que sustenta el drama. Y aquí es donde llega el pero: la cosa no funciona. En ningún momento funciona como espectáculo operístico. ¿Por qué? ¿Es tan malo el libreto? Probablemente. ¿Es tan mala la música? Quizás. Pero nada funciona, probablemente, porque falla lo fundamental: el público. Escasísima entrada que no pasaría de los doscientos espectadores. Sí, había un concierto lírico a la misma hora en la misma ciudad de escasos 300 mil habitantes, y éste se decantó por ver un espectáculo de calidad tan discutible como el que ofrecen, hoy en día, el duó Caballé-hija. En el teatro no había apenas aficionados a la ópera: ni los de Gijón que presumen de tener abono añejo en el Campoamor, ni los de Oviedo que aspiran a ser capital musical europea. Allí sólo nos dimos cita unos cuantos ilusos que pensamos que, hoy en día, todavía hay un hueco para la creación operística. ¿Y si nos equivocamos?
Hace 100 años la ópera todavía seguía viviendo de la creación continua, del empuje de los compositores, y de su conexión con el público. A día de hoy eso ha desaparecido. Y hemos
aprendido a creer que la razón se debe a que la música de hoy en día no conecta con el público, que no se escribe para él, sino de espaldas a él. Pero ayer,
Ask-I Memnu apareció para mostrarnos que una ópera escrita con un lenguaje accesible, entendible por todo el mundo, tampoco interesa. Y no hablo del público en general, sino de los aficionados líricos, de los que gustamos de escucharnos hablando de voces, canto y ópera. A nosotros, lo de ayer, tampoco nos interesaba: no había grabaciones, apenas un par de videos en youtube y, sobre todo, no era Puccini, Verdi o estaba interpretada por el cantante estrella del momento. Hubo un tiempo en que los compositores se veían obligados a componer, una tras otra, una sucesión de óperas para satisfacer la demanda del público. Hoy está claro que los aficionados damos por cerrado el catálogo de obras y sólo aspiramos a ver a los divos de turno cantando las mismas cosas de siempre. U otras del mismo estilo, rescatadas del baúl de los recuerdos en un ejercicio de musicología de salón. ¿Requiem por la ópera?