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He dejado para el final, lo mejor de este año, y una de las mejores producciones de los últimos tiempos del Festival, el “Sigismondo”. Para empezar, se trata de una espléndida partitura, que merece desde ya un puesto importante en la producción rossiniana y que espero que tenga recorrido y que acabe por afianzarse en los escenarios. A ello se ha unido, una más que aceptable interpretación musical, y, sobre todo, una extraordinaria puesta en escena, que ha sacado oro de un libreto del montón.
Vayamos por partes. La dirección musical fue de Michele Mariotti que es un tipo muy a tener en cuenta, pero que aún necesita terminar de hacerse. La Orquesta del Comunale de Bolonia, que en manos de Yves Abel en “La Cenerentola” había sonado más que potable, en manos de Mariotti parecía otra orquesta, más pachanguera y de menor clase. Desde el principio, se vio claro que lo que a Mariotti más le interesaba era la parte intimista de la obra, y ahí dio lo mejor de sí mismo. Por ejemplo, la entrada de Aldimira (la soprano protagonista), cuya aria inicial tiene una introducción hermosísima, fue dicha por Mariotti con una exquisitez y una delicadeza admirable. En cambio, no supo sacar todo el partido de los momentos de enfrentamiento entre los personajes, donde la orquesta tiene una gran importancia, y que quedaron un pelín blandos. Y alguna carencia estilística que extraña en alguien tan habitual con este repertorio, y que es elemental: cuando una frase melódica se repite seguida varias veces, es de cajón que hay que jugar con la dinámica para darle variedad al canto. Los cantantes no lo hicieron de “motu proprio”, pero para eso está el director, para sugerirlo. En los saludos finales, Mariotti se llevó enormes ovaciones, pero conviene aclarar que jugaba en casa, porque es de Pésaro.
Los tres protagonistas (Aldimira, Sigismondo y Ladislao) fueron interpretados, respectivamente por Olga Peretyatko, Daniela Barcellona y Antonino Siragusa. La Peretyatko, salida de la Academia Rossiniana, estuvo bastante mejor el segundo día que la vi que el primero. La chica, que por cierto es bastante mona y tiene un tipito muy sicalíptico, apunta maneras, pero todavía le falta algún hervor. La voz no es gran cosa, un tanto desabrida y con poca chicha, y en el agudo se va al garete por completo, además de que tiene un vibratillo en ocasiones molesto (supuestamente porque la voz no está en su sitio), pero la chica es valiente y resuelta y canta con gusto.
Daniela Barcellona ha hecho con su papel un magnífico trabajo, sobre todo escénicamente, y cantando ha sido la vez que más me ha convencido de todas las veces que la he visto. Sus defectos siguen estando ahí: agudos destemplados, coloratura un poco “a la buena de Dios”, y esa sensación constante de cierto descontrol, de que la voz (que de natura es una joya) la domina a ella, y no ella a la voz. Pero, aún así, ha tenido momentos estupendos, y ha sabido crear un auténtico personaje, profundamente conmovedor (mucho mérito en ello tiene el director de escena, es cierto, pero ella también ha puesto lo suyo).
El “malo de la película” fue Antonino Siragusa. Le he notado con una voz más voluminosa y corpulenta, sin perder su facilidad para las agilidades, aunque sí parece que ahora le cuestan más los sobreagudos, que empuja de una manera feísima y antimusical. Debería de corregir ese detalle porque es verdaderamente feo, tanto la impresión que da, como el “sonido” que produce. De resto, Siragusa sabe lo que canta, es variado (espléndido en su segunda aria, cantada a media voz), y ha recreado otra magnífica caracterización del personaje, pero debería corregir cierta propensión al desafine. De los secundarios, nada bueno. Concetti (éste con un aria a su cargo, que cantó miserablemente, pero que llama la atención porque comienza y termina con un dibujo melódico por parte del contrabajo, que es “marca de la casa”, de un compositor, Rossini, que nunca deja de sorprender). Los otros dos comprimarios, para olvidar.
Y un comentario final para una de las mejores puestas en escena del Festival, y de las mejores cosas que yo he visto en los últimos tiempos. El artífice fue Damiano Michieletto, quien ya había llamado la atención con sus trabajos anteriores, pero que ahora firma su mejor función. La acción es hiperrealista, localizada en un manicomio, y con un profundo trabajo sobre las obsesiones que perturban a los personajes y sobre las relaciones que mantienen entre ellos, y es de tal tensión y de tal fuerza dramática que en el teatro, durante las dos funciones a las que he asistido, no se escuchaba ni una mosca. Resulta admirable, y al mismo tiempo sorprendente, cómo de un libreto vulgar y corriente que parece una mera excusa para dar gorgoritos, se pueden extraer tres personajes tan humanos, tan complejos y tan conmovedores, sobre todo el protagonista. Y lo que es más raro aún, cómo la música de Rossini, que ciertamente en su “abstracción pura” se amolda como un guante a tantas posibilidades, también se acopla a la perfección a una propuesta, en principio, tan alejada de su mundo como el “naturalismo”. Al contrario de lo que pudiera parecer, prácticamente nada chirría (aunque es cierto que ha habido algunos cortes en los recitativos), porque Michieletto se lo ha currado de verdad, y ha partido, como debe hacerse, del libreto y, sobre todo, de la música. No ha venido “a hablar de su libro” y se cuadra bien y si no, también. Aquí no, aqúi todo fluye “desde” y no “contra”. Espero que esta producción circule por muchos otros escenarios y que la podamos ver en España, porque la obra lo merece, y esta propuesta realza sus muchos méritos.
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