Sobre el andante del Grand Duo, tal como lo cantaron dos de sus intérpretes históricos (Stagno y Masini), escribía un crítico de principios de siglo XX:
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Dice Stagno el Stringe il preiglio de modo conmovedor, dulcísimo y apasionado; y pone Massini en esta frase la primera de sus filaturas milagrosas del cuarto acto. Despés del fraseo emocionante y del movimiento y lucha, que siguen creciendo, con alter egos como la Cepeda, la Theodorini, etc., viene el célebre tu m’ami, tu m’ami! Come un valen qui nel mio cor… hasta el final de este periodo, como un actor inspirado, lleno de calor, sentimiento y brillantez, Stagno; poniendo aquí algo de aquello de sus gallardías y fermatas únicas (si escribiese en música pondría las notas); y Massini empieza ya por singularizarse por el hondo suspiro extático que pone antes del tercer tu m’ami, que fila y celestializa, no hay que decirlo; y al llegar a la frase detto sono che mi consola, rompe con Meyerber y todos los tratados de canto, y pone entre el con y el sola un momentáneo y extático suspiro, y al llegar a galope a la morte al tuo piede attendero, la repite con una de aquellas sus cascadas de notas, de perlas, de gotas diamantinas, a flor de labro, en que lo familiar y pueril expresan aún con más acento y fuerza lo dramático, y tiene ya todo el público en un puño como se dice; luchando con él, interrumpiéndole con sus bravos y ovaciones rápidas y delirantes. Y prepara con esto el andante, o sea la página de la filigrana y del éxtasis dramático y lírico mayores que se han oído en los modernos tiempos. Y he aquí un precioso ejemplo de cómo con una voz relativamente pequeña se puede ser un dechado insuperable de lo dramático y de lo lírico a la vez.
Pero antes hablábamos del andante de Stagno.
Stagno lo decía arrodillado, poniendo las dos primeras veces su dulcísima y celestial media voz en el célebre dillo ancor che tu m’ami, y al repetirlo la última vez, lo emitía con aquella voz de pecho, de energía incomparable, que como la voz de Rafael Calvo, parecía agrandarse y penetrar cada vez más por el acento en los corazones, levantando, como suele decirse, el teatro, con la esplendidez y fuerza de su voz y de su ternura arrebatada y patética.
Pero Massini, el desigual Massini, el de la voz pequeña al lado de Stagno, Tamagno, Aramburo, Gayarre, etc., decía el dillo ancor, filando, desde la voz franca de pecho –en cuanto un si agudo o un do bemol pueda ser de pecho– el do bemol de este tu m’ami con una degradación tan diáfana, perfecta, expresiva, arrobadora, extasiante y grandiosa, llegando a la más sorprendente ductilidad, que repercutía también en la sala cada vez en un oleaje inmenso de admiración. Y lo repetía las tres veces igual. Y por fin, en los últimos ah, vieni, atacaba el agudo de modo purísimo y celeste, descendiendo luego lentamente, extáticamente, en arpegio, hasta prosternarse ante Valentina, en el último vieni, que decía con fuego y gran fuerza de voz grave.
Se creía que después del andante de Los Hugonotes de Stagno no había más allá. Y vino Massini, y en Barcelona, donde con la Cepeda y Uetam –terceto incomparable– cantaba Stagno, se atrevió con Hugonotes, superando, según muchos, aun a Stagno en el andante y en otras páginas relevantes de dicha obra.
Pero venía el allegro y todo lo demás, y aquí de las habilidades, sofismas y hasta gatuperios de Massini; destacando entre otras cosas de modo poderoso en estas páginas la propiedad clásica y los acentos grandiosos del Ah, terribil momento!... y de la última frase Dio misericorde! de Stagno.
En conjunto: como Raúl propio y completo, conmovedor, Stagno; como Raúl genial, asombroso, angelical, irregular o desproporcionado o desequilibrado estéticamente, a veces, especialmente en la segunda parte del dúo, Massini.
Suerte que pasamos página de esta época infame para la historia del canto.