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NotaPublicado: 31 Jul 2010 19:06 
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Crítica de Arturo Reverter publicada en Canarias 7:



TRAICIÓN CONSUMADA

En esta crónica, que analiza sumariamente las representaciones de Simon Boccanegra en el cierre de la temporada 2009-2010 del Real de Madrid, hemos de hablar in extenso, mal que nos pese, de Plácido Domingo, que, como siempre, se ha erigido en el gran protagonista. Pero antes, en relación con la ópera, hemos de decir que Verdi no quedó contento con su primera versión, estrenada en Venecia en 1857, y revisó la partitura sobre las correcciones al libreto original de Piave y Montanelli realizadas por Boito. Esa segunda versión se presentó en La Scala en 1881. El resultado es irregular y tiene un pulso narrativo cambiante, que discurre sobre el casi incomprensible libreto basado en un drama de García Gutiérrez; pero no lo es menos que posee brillantísimos momentos dramáticos, escenas de notable contundencia, como la del consejo, o números de gran poder descriptivo, así el hermoso prólogo “marino” que antecede a la acción propiamente dicha.

La figura del corsario genovés, elevado a la categoría de doge, es una de las más logradas de Verdi y necesita de un barítono con toda la barba, maduro y buen actor y cantante. La forma en la que Verdi va edificando el personaje es propia de un artista genial; vemos cómo se produce su evolución desde su rudeza inicial hasta su extinción víctima del veneno, pasando por el más sublime de los lirismos cuando encuentra a su hija perdida en la persona de Amelia Grimaldi y por la exaltación política del gran estadista en la escena nuclear del segundo cuadro del primer acto, en la que la voz del barítono ha de campanear sobre la crepitante multitud.

Decíamos voz de barítono, que es la que corresponde, en efecto, a esta rica y entrañable figura, cuidada por el compositor de forma muy especial, como haría con otras, asimismo dedicadas a voces graves, de similares dimensiones dramáticas –Rigoletto, Felipe II, Iago, Falstaff …- y que tuvo, por decisión del propio creador, dos intérpretes de excepción en Leone Giraldone y Victor Maurel, primeros Boccanegra en el estreno de La Fenice de 1857 y en el de la revisión de La Scala de 1881. Todo, absolutamente todo, en la bien estudiada línea vocal del doge, está pensado para un instrumento baritonal, un instrumento de carácter, de medio carácter si se quiere, contundente y flexible al tiempo para poder pasar sin problemas de la efusión paternal a la arenga, de la crispación a la ensoñación y a la triste despedida de este mundo.

Plácido Domingo es un tenor que ronda la setentena, en cuya voz el tiempo ha producido los lógicos estragos, quizá menores que los que han sufrido otros colegas a esa edad. Sorprendentemente, y más después de una operación, lo que revela la fortaleza del individuo, aún tiene resuello, pero los brillos de su rico timbre juvenil desaparecieron otrora y en este momento el sonido es oscuro, leñoso y muscular, engolado y/o nasal; pero se defiende en ciertos papeles de tesitura más o menos central, que, de todos modos, procura bajarse de tono. Y va tirandillo, porque, además, tiene su público, mucho público; y mucha prensa; y alguna crítica. Como siempre ha hecho lo que ha querido, ni corto ni perezoso, ha decidido, sin dejar de ser tenor –cosa que proclama paladinamente-, cantar papeles de barítono. Aquí paz y después gloria.

El tenor madrileño hizo ya algunos tanteos en cometidos menores –Oreste de Iphigénie en Tauride de Gluck, Vidal de Luisa Fernanda de Moreno Torroba-, pero ahora se ha lanzado a la piscina. ¿Qué aporta a Simon? Nada; es más, el personaje pierde casi todos sus enteros con él. En primer lugar por su habitual canto monocorde, sin planos, en un permanente mezzo forte-forte, con escasas y estratégicas frases en piano. Un canto exento de colorido. En segundo lugar, por falta de consistencia, de contundencia vocal, no tanto porque los graves no suenen, sino porque suenan, lógicamente, a los de un tenor, débiles y forzados en tesitura incómoda; y porque en el centro y primer agudo –re, mi fa 3- la voz carece del relieve preciso, aunque el cantante, al ser tenor, vaya relativamente cómodo y alcance a dar un fa timbrado sin muchos apuros. Pero, claro, toda la secuencia monumental, en la que esa voz cenital, expansiva, ha de dominar la situación –aunque haya partes en el concertato en las que no canta-, Domingo prácticamente desaparece y su prestación resulta ridícula. De este modo la gran frase E va gridando: pace! E va gridando: amor! pasa a mejor vida. La tensión, que en una voz más grave viene promovida por el esfuerzo del cantante, desaparece.

Evidentemente, no es el único momento en el que el tenor queda diluido. Anotamos, por ejemplo, los dos dúos con el bajo (Fiesco) o el importante terceto del segundo acto, en el que falla una de las tres patas y parece que cantan dos tenores y una soprano; o, volviendo a la escena del consejo, las imprecaciones a Paolo. El timbre del cantante no empasta adecuadamente con el del clarinete bajo; un momento medido y aquilatado por Verdi de manera exquisita que aparece así transformado. Las pocas frases salvables de Domingo –dúo con su hija, muerte- quedan en todo caso disueltas, sin la personalidad sonora requerida. Y eso por no mencionar las múltiples traiciones a la regia de Gian Carlo del Monaco, de acotaciones muy precisas: el tenor hace lo que le viene en gana y, por ejemplo, en contra de lo solicitado, durante la secuencia del senado, en vez de permanecer en el trono, se dedica a pasearse por el escenario. Intolerable.

Lo que resulta sorprendente –aunque no tanto si se mira la trayectoria triunfal y evidentemente bien orientada en lo mediático del tenor- es que, al menos en sus dos primeras funciones, su actuación fuera aclamada durante minutos y minutos por un público enfervorizado puesto en pie. Inenarrable e insólito en el Real. E incomprensible según lo expuesto. Claro que cada uno tiene su visión. La del firmante queda explicada. De lo que no cabe duda es de que el éxito colosal, el clamor, apreciable ya antes de empezar las funciones, favorece a los compañeros de reparto, que son asimismo vitoreados a todo pulmón. Lo que duele, porque es injusto, es que prácticamente ni se haya hablado de la labor de George Gagnidze, un joven barítono georgiano que dio una buena lección de cómo se debe hacer y matizar –de manera poco fina, es cierto- el personaje, cantado con una voz de buena pasta, más bien lírica, pero sonora, con algunos apurillos en el pasaje, aunque con prestancia y honradez. Después de escuchar a Domingo daba gloria oír, en el otro reparto, ese timbre lleno y joven, el requerido para servir al personaje.
Queda poco espacio para hablar, aunque sea de pasada, de los demás cantantes. Cumplieron suficientemente los dos tenores, Giordani y Sartori, ambos bien provistos de agudos, de más empaque el primero y mejor línea el segundo. Inva Mula fue –ante la defección de la caprichosa Georghiu- una Amelia exquisita, algo corta de cuerpo vocal, con una zona grave debilucha, pero con una sólida técnica que le permitió filar y trinar, regular espléndidamente. Muy femenina en un personaje que es, como el de Gabriele, más bien inane. Los dos bajos no tuvieron su noche. Furlanetto, siempre mate, ha perdido redondez y su canto es bastorro, aunque dice con propiedad. Prestia mantiene los graves, pero su voz, destimbrada, bascula en exceso. De los dos Paolos, mucho mejor Ángel Ódena, que compone el personaje y expresa bien su evolución, que Simone Pazziola. De todas formas, son dos barítonos y el torvo ayudante del doge está escrito para un bajo. Nos gustó ver, en Pietro, a Zapater, que parece haber recuperado parte del lustre de su en otro tiempo contundente timbre de bajo.

Hay que señalar que la dirección de Del Monaco, con las distintas acciones encuadradas en un gigantesco cubo de mármol y, en ocasiones, fondos de mares más o menos encrespados, fue ordenada y ajustada a las indicaciones verdianas, aunque nos resultara más bien fría y estatuaria, efecto acentuado por el tono blanco de la decoración y la permanente claridad de la iluminación. Muy bella y poética en todo caso la escena final. No por ser citada en último lugar es menos importante la labor de López Cobos al frente de una orquesta que dio una de sus mejores prestaciones de la temporada, tras la de La ciudad muerta de Korngold. El hasta ahora director musical del Real realizó un trabajo preciso –aunque con Domingo a veces eso es difícil- y matizó lo indecible. Bien en las peroraciones, contundente sin excesos en los energéticos concertati, rotundo en el primer finale, supo mantener siempre ese decisivo tempo-ritmo verdiano y fraseó con elegancia los pasajes líricos. Se despide en belleza. El recio coro Intermezzo, con algunas que otras vacilaciones, contribuyó al éxito.

Arturo Reverter


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NotaPublicado: 31 Jul 2010 20:24 
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Contundente y sin ambages Reverter.

Totalmente de acuerdo que en medio de esta marea dominguista nadie, o muy pocos, de los que hemos ido a ver el otro reparto, con Gagnidze como Boccanegra, nos hemos acordado de él, habiendo sido un doge cumplidor, solvente y con bellísimos momentos. Un barítono en toda regla que ha quedado sepultado por la candente lava de la crítica hacia Domingo.


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NotaPublicado: 31 Jul 2010 20:34 
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Le Gouverneur escribió:
Crítica de Arturo Reverter publicada en Canarias 7:



TRAICIÓN CONSUMADA

En esta crónica, que analiza sumariamente las representaciones de Simon Boccanegra en el cierre de la temporada 2009-2010 del Real de Madrid, hemos de hablar in extenso, mal que nos pese, de Plácido Domingo, que, como siempre, se ha erigido en el gran protagonista. Pero antes, en relación con la ópera, hemos de decir que Verdi no quedó contento con su primera versión, estrenada en Venecia en 1857, y revisó la partitura sobre las correcciones al libreto original de Piave y Montanelli realizadas por Boito. Esa segunda versión se presentó en La Scala en 1881. El resultado es irregular y tiene un pulso narrativo cambiante, que discurre sobre el casi incomprensible libreto basado en un drama de García Gutiérrez; pero no lo es menos que posee brillantísimos momentos dramáticos, escenas de notable contundencia, como la del consejo, o números de gran poder descriptivo, así el hermoso prólogo “marino” que antecede a la acción propiamente dicha.

La figura del corsario genovés, elevado a la categoría de doge, es una de las más logradas de Verdi y necesita de un barítono con toda la barba, maduro y buen actor y cantante. La forma en la que Verdi va edificando el personaje es propia de un artista genial; vemos cómo se produce su evolución desde su rudeza inicial hasta su extinción víctima del veneno, pasando por el más sublime de los lirismos cuando encuentra a su hija perdida en la persona de Amelia Grimaldi y por la exaltación política del gran estadista en la escena nuclear del segundo cuadro del primer acto, en la que la voz del barítono ha de campanear sobre la crepitante multitud.

Decíamos voz de barítono, que es la que corresponde, en efecto, a esta rica y entrañable figura, cuidada por el compositor de forma muy especial, como haría con otras, asimismo dedicadas a voces graves, de similares dimensiones dramáticas –Rigoletto, Felipe II, Iago, Falstaff …- y que tuvo, por decisión del propio creador, dos intérpretes de excepción en Leone Giraldone y Victor Maurel, primeros Boccanegra en el estreno de La Fenice de 1857 y en el de la revisión de La Scala de 1881. Todo, absolutamente todo, en la bien estudiada línea vocal del doge, está pensado para un instrumento baritonal, un instrumento de carácter, de medio carácter si se quiere, contundente y flexible al tiempo para poder pasar sin problemas de la efusión paternal a la arenga, de la crispación a la ensoñación y a la triste despedida de este mundo.

Plácido Domingo es un tenor que ronda la setentena, en cuya voz el tiempo ha producido los lógicos estragos, quizá menores que los que han sufrido otros colegas a esa edad. Sorprendentemente, y más después de una operación, lo que revela la fortaleza del individuo, aún tiene resuello, pero los brillos de su rico timbre juvenil desaparecieron otrora y en este momento el sonido es oscuro, leñoso y muscular, engolado y/o nasal; pero se defiende en ciertos papeles de tesitura más o menos central, que, de todos modos, procura bajarse de tono. Y va tirandillo, porque, además, tiene su público, mucho público; y mucha prensa; y alguna crítica. Como siempre ha hecho lo que ha querido, ni corto ni perezoso, ha decidido, sin dejar de ser tenor –cosa que proclama paladinamente-, cantar papeles de barítono. Aquí paz y después gloria.

El tenor madrileño hizo ya algunos tanteos en cometidos menores –Oreste de Iphigénie en Tauride de Gluck, Vidal de Luisa Fernanda de Moreno Torroba-, pero ahora se ha lanzado a la piscina. ¿Qué aporta a Simon? Nada; es más, el personaje pierde casi todos sus enteros con él. En primer lugar por su habitual canto monocorde, sin planos, en un permanente mezzo forte-forte, con escasas y estratégicas frases en piano. Un canto exento de colorido. En segundo lugar, por falta de consistencia, de contundencia vocal, no tanto porque los graves no suenen, sino porque suenan, lógicamente, a los de un tenor, débiles y forzados en tesitura incómoda; y porque en el centro y primer agudo –re, mi fa 3- la voz carece del relieve preciso, aunque el cantante, al ser tenor, vaya relativamente cómodo y alcance a dar un fa timbrado sin muchos apuros. Pero, claro, toda la secuencia monumental, en la que esa voz cenital, expansiva, ha de dominar la situación –aunque haya partes en el concertato en las que no canta-, Domingo prácticamente desaparece y su prestación resulta ridícula. De este modo la gran frase E va gridando: pace! E va gridando: amor! pasa a mejor vida. La tensión, que en una voz más grave viene promovida por el esfuerzo del cantante, desaparece.

Evidentemente, no es el único momento en el que el tenor queda diluido. Anotamos, por ejemplo, los dos dúos con el bajo (Fiesco) o el importante terceto del segundo acto, en el que falla una de las tres patas y parece que cantan dos tenores y una soprano; o, volviendo a la escena del consejo, las imprecaciones a Paolo. El timbre del cantante no empasta adecuadamente con el del clarinete bajo; un momento medido y aquilatado por Verdi de manera exquisita que aparece así transformado. Las pocas frases salvables de Domingo –dúo con su hija, muerte- quedan en todo caso disueltas, sin la personalidad sonora requerida. Y eso por no mencionar las múltiples traiciones a la regia de Gian Carlo del Monaco, de acotaciones muy precisas: el tenor hace lo que le viene en gana y, por ejemplo, en contra de lo solicitado, durante la secuencia del senado, en vez de permanecer en el trono, se dedica a pasearse por el escenario. Intolerable.

Lo que resulta sorprendente –aunque no tanto si se mira la trayectoria triunfal y evidentemente bien orientada en lo mediático del tenor- es que, al menos en sus dos primeras funciones, su actuación fuera aclamada durante minutos y minutos por un público enfervorizado puesto en pie. Inenarrable e insólito en el Real. E incomprensible según lo expuesto. Claro que cada uno tiene su visión. La del firmante queda explicada. De lo que no cabe duda es de que el éxito colosal, el clamor, apreciable ya antes de empezar las funciones, favorece a los compañeros de reparto, que son asimismo vitoreados a todo pulmón. Lo que duele, porque es injusto, es que prácticamente ni se haya hablado de la labor de George Gagnidze, un joven barítono georgiano que dio una buena lección de cómo se debe hacer y matizar –de manera poco fina, es cierto- el personaje, cantado con una voz de buena pasta, más bien lírica, pero sonora, con algunos apurillos en el pasaje, aunque con prestancia y honradez. Después de escuchar a Domingo daba gloria oír, en el otro reparto, ese timbre lleno y joven, el requerido para servir al personaje.
Queda poco espacio para hablar, aunque sea de pasada, de los demás cantantes. Cumplieron suficientemente los dos tenores, Giordani y Sartori, ambos bien provistos de agudos, de más empaque el primero y mejor línea el segundo. Inva Mula fue –ante la defección de la caprichosa Georghiu- una Amelia exquisita, algo corta de cuerpo vocal, con una zona grave debilucha, pero con una sólida técnica que le permitió filar y trinar, regular espléndidamente. Muy femenina en un personaje que es, como el de Gabriele, más bien inane. Los dos bajos no tuvieron su noche. Furlanetto, siempre mate, ha perdido redondez y su canto es bastorro, aunque dice con propiedad. Prestia mantiene los graves, pero su voz, destimbrada, bascula en exceso. De los dos Paolos, mucho mejor Ángel Ódena, que compone el personaje y expresa bien su evolución, que Simone Pazziola. De todas formas, son dos barítonos y el torvo ayudante del doge está escrito para un bajo. Nos gustó ver, en Pietro, a Zapater, que parece haber recuperado parte del lustre de su en otro tiempo contundente timbre de bajo.

Hay que señalar que la dirección de Del Monaco, con las distintas acciones encuadradas en un gigantesco cubo de mármol y, en ocasiones, fondos de mares más o menos encrespados, fue ordenada y ajustada a las indicaciones verdianas, aunque nos resultara más bien fría y estatuaria, efecto acentuado por el tono blanco de la decoración y la permanente claridad de la iluminación. Muy bella y poética en todo caso la escena final. No por ser citada en último lugar es menos importante la labor de López Cobos al frente de una orquesta que dio una de sus mejores prestaciones de la temporada, tras la de La ciudad muerta de Korngold. El hasta ahora director musical del Real realizó un trabajo preciso –aunque con Domingo a veces eso es difícil- y matizó lo indecible. Bien en las peroraciones, contundente sin excesos en los energéticos concertati, rotundo en el primer finale, supo mantener siempre ese decisivo tempo-ritmo verdiano y fraseó con elegancia los pasajes líricos. Se despide en belleza. El recio coro Intermezzo, con algunas que otras vacilaciones, contribuyó al éxito.

Arturo Reverter

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¿ Alguna vez Reverter tanto en el pasado como en el presente, ha escrito algún comentario elogioso de Domingo ? :)


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NotaPublicado: 31 Jul 2010 20:35 
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La pregunta es, ¿publicará esa crónica en la revista en que colabora, o sólo se vuelve crítico en los diarios de provincias?

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"El Verdiano tiene tranquilidad, aplomo. Todo a su alrededor, en cambio, son arenas con las que el mar juega, excepto el teutón innombrable aquel, que es una especie de risco inaccesible, en el que nunca crecerá la hierba ni hollará pié humano."


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Sólo se puede callar y aprender.

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Hombre, eso de que "[Gagnidze] da una buena lección de cómo se debe hacer y matizar - de manera poco fina" queda raro, pero, quitando minucias pejigueras, como explicación de por qué un tenor no debe cantar este papel, la de Reverter es clara y convincente (aunque tampoco hace falta entrar en mucha explicación). Su opinión tan agria sobre toda la carrera de Domingo no la comparto, y para mí ha sido un placer escuchar esa voz que hacía años que no escuchaba en vivo (deteriorada, claro) pero ésta es la crítica profesional (llamémoslo así) más seria que he leído sobre la representación.


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NotaPublicado: 01 Ago 2010 3:59 
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Le Gouverneur escribió:
Crítica de Arturo Reverter publicada en Canarias 7:



TRAICIÓN CONSUMADA

En esta crónica, que analiza sumariamente las representaciones de Simon Boccanegra en el cierre de la temporada 2009-2010 del Real de Madrid, hemos de hablar in extenso, mal que nos pese, de Plácido Domingo, que, como siempre, se ha erigido en el gran protagonista. Pero antes, en relación con la ópera, hemos de decir que Verdi no quedó contento con su primera versión, estrenada en Venecia en 1857, y revisó la partitura sobre las correcciones al libreto original de Piave y Montanelli realizadas por Boito. Esa segunda versión se presentó en La Scala en 1881. El resultado es irregular y tiene un pulso narrativo cambiante, que discurre sobre el casi incomprensible libreto basado en un drama de García Gutiérrez; pero no lo es menos que posee brillantísimos momentos dramáticos, escenas de notable contundencia, como la del consejo, o números de gran poder descriptivo, así el hermoso prólogo “marino” que antecede a la acción propiamente dicha.

La figura del corsario genovés, elevado a la categoría de doge, es una de las más logradas de Verdi y necesita de un barítono con toda la barba, maduro y buen actor y cantante. La forma en la que Verdi va edificando el personaje es propia de un artista genial; vemos cómo se produce su evolución desde su rudeza inicial hasta su extinción víctima del veneno, pasando por el más sublime de los lirismos cuando encuentra a su hija perdida en la persona de Amelia Grimaldi y por la exaltación política del gran estadista en la escena nuclear del segundo cuadro del primer acto, en la que la voz del barítono ha de campanear sobre la crepitante multitud.

Decíamos voz de barítono, que es la que corresponde, en efecto, a esta rica y entrañable figura, cuidada por el compositor de forma muy especial, como haría con otras, asimismo dedicadas a voces graves, de similares dimensiones dramáticas –Rigoletto, Felipe II, Iago, Falstaff …- y que tuvo, por decisión del propio creador, dos intérpretes de excepción en Leone Giraldone y Victor Maurel, primeros Boccanegra en el estreno de La Fenice de 1857 y en el de la revisión de La Scala de 1881. Todo, absolutamente todo, en la bien estudiada línea vocal del doge, está pensado para un instrumento baritonal, un instrumento de carácter, de medio carácter si se quiere, contundente y flexible al tiempo para poder pasar sin problemas de la efusión paternal a la arenga, de la crispación a la ensoñación y a la triste despedida de este mundo.

Plácido Domingo es un tenor que ronda la setentena, en cuya voz el tiempo ha producido los lógicos estragos, quizá menores que los que han sufrido otros colegas a esa edad. Sorprendentemente, y más después de una operación, lo que revela la fortaleza del individuo, aún tiene resuello, pero los brillos de su rico timbre juvenil desaparecieron otrora y en este momento el sonido es oscuro, leñoso y muscular, engolado y/o nasal; pero se defiende en ciertos papeles de tesitura más o menos central, que, de todos modos, procura bajarse de tono. Y va tirandillo, porque, además, tiene su público, mucho público; y mucha prensa; y alguna crítica. Como siempre ha hecho lo que ha querido, ni corto ni perezoso, ha decidido, sin dejar de ser tenor –cosa que proclama paladinamente-, cantar papeles de barítono. Aquí paz y después gloria.

El tenor madrileño hizo ya algunos tanteos en cometidos menores –Oreste de Iphigénie en Tauride de Gluck, Vidal de Luisa Fernanda de Moreno Torroba-, pero ahora se ha lanzado a la piscina. ¿Qué aporta a Simon? Nada; es más, el personaje pierde casi todos sus enteros con él. En primer lugar por su habitual canto monocorde, sin planos, en un permanente mezzo forte-forte, con escasas y estratégicas frases en piano. Un canto exento de colorido. En segundo lugar, por falta de consistencia, de contundencia vocal, no tanto porque los graves no suenen, sino porque suenan, lógicamente, a los de un tenor, débiles y forzados en tesitura incómoda; y porque en el centro y primer agudo –re, mi fa 3- la voz carece del relieve preciso, aunque el cantante, al ser tenor, vaya relativamente cómodo y alcance a dar un fa timbrado sin muchos apuros. Pero, claro, toda la secuencia monumental, en la que esa voz cenital, expansiva, ha de dominar la situación –aunque haya partes en el concertato en las que no canta-, Domingo prácticamente desaparece y su prestación resulta ridícula. De este modo la gran frase E va gridando: pace! E va gridando: amor! pasa a mejor vida. La tensión, que en una voz más grave viene promovida por el esfuerzo del cantante, desaparece.

Evidentemente, no es el único momento en el que el tenor queda diluido. Anotamos, por ejemplo, los dos dúos con el bajo (Fiesco) o el importante terceto del segundo acto, en el que falla una de las tres patas y parece que cantan dos tenores y una soprano; o, volviendo a la escena del consejo, las imprecaciones a Paolo. El timbre del cantante no empasta adecuadamente con el del clarinete bajo; un momento medido y aquilatado por Verdi de manera exquisita que aparece así transformado. Las pocas frases salvables de Domingo –dúo con su hija, muerte- quedan en todo caso disueltas, sin la personalidad sonora requerida. Y eso por no mencionar las múltiples traiciones a la regia de Gian Carlo del Monaco, de acotaciones muy precisas: el tenor hace lo que le viene en gana y, por ejemplo, en contra de lo solicitado, durante la secuencia del senado, en vez de permanecer en el trono, se dedica a pasearse por el escenario. Intolerable.

Lo que resulta sorprendente –aunque no tanto si se mira la trayectoria triunfal y evidentemente bien orientada en lo mediático del tenor- es que, al menos en sus dos primeras funciones, su actuación fuera aclamada durante minutos y minutos por un público enfervorizado puesto en pie. Inenarrable e insólito en el Real. E incomprensible según lo expuesto. Claro que cada uno tiene su visión. La del firmante queda explicada. De lo que no cabe duda es de que el éxito colosal, el clamor, apreciable ya antes de empezar las funciones, favorece a los compañeros de reparto, que son asimismo vitoreados a todo pulmón. Lo que duele, porque es injusto, es que prácticamente ni se haya hablado de la labor de George Gagnidze, un joven barítono georgiano que dio una buena lección de cómo se debe hacer y matizar –de manera poco fina, es cierto- el personaje, cantado con una voz de buena pasta, más bien lírica, pero sonora, con algunos apurillos en el pasaje, aunque con prestancia y honradez. Después de escuchar a Domingo daba gloria oír, en el otro reparto, ese timbre lleno y joven, el requerido para servir al personaje.
Queda poco espacio para hablar, aunque sea de pasada, de los demás cantantes. Cumplieron suficientemente los dos tenores, Giordani y Sartori, ambos bien provistos de agudos, de más empaque el primero y mejor línea el segundo. Inva Mula fue –ante la defección de la caprichosa Georghiu- una Amelia exquisita, algo corta de cuerpo vocal, con una zona grave debilucha, pero con una sólida técnica que le permitió filar y trinar, regular espléndidamente. Muy femenina en un personaje que es, como el de Gabriele, más bien inane. Los dos bajos no tuvieron su noche. Furlanetto, siempre mate, ha perdido redondez y su canto es bastorro, aunque dice con propiedad. Prestia mantiene los graves, pero su voz, destimbrada, bascula en exceso. De los dos Paolos, mucho mejor Ángel Ódena, que compone el personaje y expresa bien su evolución, que Simone Pazziola. De todas formas, son dos barítonos y el torvo ayudante del doge está escrito para un bajo. Nos gustó ver, en Pietro, a Zapater, que parece haber recuperado parte del lustre de su en otro tiempo contundente timbre de bajo.

Hay que señalar que la dirección de Del Monaco, con las distintas acciones encuadradas en un gigantesco cubo de mármol y, en ocasiones, fondos de mares más o menos encrespados, fue ordenada y ajustada a las indicaciones verdianas, aunque nos resultara más bien fría y estatuaria, efecto acentuado por el tono blanco de la decoración y la permanente claridad de la iluminación. Muy bella y poética en todo caso la escena final. No por ser citada en último lugar es menos importante la labor de López Cobos al frente de una orquesta que dio una de sus mejores prestaciones de la temporada, tras la de La ciudad muerta de Korngold. El hasta ahora director musical del Real realizó un trabajo preciso –aunque con Domingo a veces eso es difícil- y matizó lo indecible. Bien en las peroraciones, contundente sin excesos en los energéticos concertati, rotundo en el primer finale, supo mantener siempre ese decisivo tempo-ritmo verdiano y fraseó con elegancia los pasajes líricos. Se despide en belleza. El recio coro Intermezzo, con algunas que otras vacilaciones, contribuyó al éxito.

Arturo Reverter



Ésta crítica no me sorprende absolutamente, siendo de quien viene. Reconozco en él un buen crítico, pero jamás sobre Domingo. El es un gran aficionado/admirador de Kraus, que al ver el éxito de Domingo pues critica cosas que - si bien algunas pueden tener sustento - las presenta engrandeciendo el menos y minimizando el más. Igual que Eduardo Lucas, que es tan hincha de Kraus (que hizo un libro maravilloso a Kraus) pero que no puede aceptar el éxito de Domingo y que incluso envidia, pues considera que lo que se dice de uno, le quita al otro (leí, entre otors, una carta patética que hizo luego de un artículo pequeño pro placido que salió), cosa que es una tontería.

Una poco seria y mala crítica. Crítica al crítico entonces, pasiones de admirador.

Saludos,

Gonzalo


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Gino escribió:
Sólo se puede callar y aprender.


jajaja... dices leer, leer y citar?... Eso no es aprender.

Una pequeña bromita!... jajaja

Saludos,

Gonzalo


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mitchum escribió:
La pregunta es, ¿publicará esa crónica en la revista en que colabora, o sólo se vuelve crítico en los diarios de provincias?


Tu qué crees, Mitchum?...

La apaciguará, te lo aseguro.

G.


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gonzaloreategui escribió:
Una poco seria y mala crítica.

¿Y específicamente, qué tiene de mala la crítica? ¿Qué no es una apología a Domingo? Creo que el que se ciega con la pasión es otro.

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Arturo Reverter en cuanto habla de Placido Domingo no tiene ninguna credibilidad, porque no critica con la misma dureza la flojísima actuación de su admirado Juan Diego Florez en los Puritani, quizá porque ve en él la reencarnación de Alfredo Kraus.
Está equivocado, ese si que es un cantante mediático, que se diluirá en unos pocos años, se refugiará en unos pocos personajes y en muchos recitales.
La envidia le corroe como a otros que tratan de borrar la importancia que ha tenido en la historia de la lírica del siglo XX y XXI, creando una risoria lista hace un año en Avilés para contrarrestar la de Londres,
Hay quedan sus grandes triunfos en todos los teatros del mundo, donde de Alfredo Kraus ya casi nadie se acuerda de él. Es admirado en todas partes además por su labor de apoyo a las jovenes, con su concurso OPERALIA, sin ir más lejos Nina Stemme e Inva Mula quizás se hubieran diluido como tantos otros.
Placido Domingo es un triunfador , por eso es magnífico en el trato con todos , no tiene envidia sino que ayuda al que lo necesita, tener envidia es de perdedores Sr. Reverter.
El amigo Gourverneur que ha colgado la crítica tampoco es muy admirador de Placido Domingo, sólo hace falta ver a quien da las gracias , por supuesto a tenores que todavía están por contrastar y que en sus actuaciones en Madrid han galleado más que Joselito. Dios mío si lo llega a hacer Placido Domingo.


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NotaPublicado: 01 Ago 2010 10:12 
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Rinaldo escribió:
gonzaloreategui escribió:
Una poco seria y mala crítica.

¿Y específicamente, qué tiene de mala la crítica? ¿Qué no es una apología a Domingo? Creo que el que se ciega con la pasión es otro.


El título, malicioso, no creo se puede hablar de una traición a nadie.

Dice que el sonido de Domingo es oscuro (si), leñoso (no), muscular (digamos que si), engolado (no), nasal (no - Nasal era Kraus).

Dice que tiene su público, si, que tiene prensa, será. Pero lo dice con cierto tufillo malicioso, engaña-muchachos.

Dice que Domingo proclama ser tenor, que lo es, pero que quiere cantar papeles de barítono, si, correcto. Trayectoria orientada en lo mediático dice, y me parece agresiva frase... lo que no se puede negar es que el público está ahí para él y para otros no.

Canto monocorde, sin planos, permanentes mezzo forte-forte?... tiene que volver a oir. Escasas y estratégicas frases en piano?... Entonces, sí o no? además, el crítico elige el calificativo de estratégicas. Canto excento de colorido, a medias. Alcanza dar el fa timbrado sin muchos apuros?... y bueh... dice que con apuros. Prestación ridícula? Por dónde?

La tensión en barítonos por la frase "e va gridando..." desaparece porque al ser tenor sale fácil... Bueh...

Que queda diluido?... hasta el dúo con la hija, dice... y yo me rio.

La actuación, dice que DOmingo hace lo que le viene en gana, que es Intolerable, dice, que no se quede en el trono. Bueh...

Lo que duele, dice, (porque al crítico le duele y hasta arde) es que casi no se haya hablado de Gagnidze (yo en cambio he leído algunas críticas sobre el primer reparto) que dio una buena lección sobre como hacer y matizar (con lo que no puedo estar de acuerdo)... y que luego de escuchar a Domingo, dice, era una gloria oir a Gagnize.

Al final es una crítica, en mi opinión, absolutamente no objetiva y si subjetiva. Y que yo creo es así por un desbordante apasionamiento por su admirado ALfredo Kraus y por el cuasi rechazo visceral por Domingo, por su èxito y porque algunos tontos creen que si se admira a uno mucho, no se puede admirar a otro.

Como digo, hay gente, y por eso nombre al escritor de un libro dedicado a Kraus, que piensa - aunque en persona no lo piensan - que admirar a Kraus o a un cantante (en el caso de Gino será Pavarotti), es motivo para intentar liquidar a Domingo... y bueno, esa es una posición absurda absolutamente.

Yo he escuchado una función en Berlín, he visto en vivo la del MET y en la transmisión a los cines, he visto en video y escuchado la del Covent Garden y Proms, respectivamente, y vi la de la Scala en video... y si bien encuentro que hay secciones de la ópera en las que la sonoridad no es la requerida, encuentro una sonoridad cercana a ella (salvo algunos graves sin peso). Encuentro una voz conservada en buenísima forma, aunque con mayor oscilación, si, pero no una oscilación que muestre un instrumento desgastado. Brillo, en el registro central, veo, claro que si.

Se puede hacer una crítica al Boccanegra de Domingo, claro que si, pero no reconocer nada, creo que no.

Saludos y disculpen si no está entendible mi mensaje, vengo de otros festejos.

Saludos,

Gonzalo


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NotaPublicado: 01 Ago 2010 10:15 
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zacarias escribió:
Arturo Reverter en cuanto habla de Placido Domingo no tiene ninguna credibilidad, porque no critica con la misma dureza la flojísima actuación de su admirado Juan Diego Florez en los Puritani, quizá porque ve en él la reencarnación de Alfredo Kraus.
Está equivocado, ese si que es un cantante mediático, que se diluirá en unos pocos años, se refugiará en unos pocos personajes y en muchos recitales.
La envidia le corroe como a otros que tratan de borrar la importancia que ha tenido en la historia de la lírica del siglo XX y XXI, creando una risoria lista hace un año en Avilés para contrarrestar la de Londres,
Hay quedan sus grandes triunfos en todos los teatros del mundo, donde de Alfredo Kraus ya casi nadie se acuerda de él. Es admirado en todas partes además por su labor de apoyo a las jovenes, con su concurso OPERALIA, sin ir más lejos Nina Stemme e Inva Mula quizás se hubieran diluido como tantos otros.
Placido Domingo es un triunfador , por eso es magnífico en el trato con todos , no tiene envidia sino que ayuda al que lo necesita, tener envidia es de perdedores Sr. Reverter.
El amigo Gourverneur que ha colgado la crítica tampoco es muy admirador de Placido Domingo, sólo hace falta ver a quien da las gracias , por supuesto a tenores que todavía están por contrastar y que en sus actuaciones en Madrid han galleado más que Joselito. Dios mío si lo llega a hacer Placido Domingo.


Que si las críticas de reverter cuanto a Domingo no tiene credibilidad, estoy de acuerdo.

En lo que concierne a Juan Diego, claro que no. El viene a quedarse y felizmente, porque es de los pocos que cantan bien, que hacen las cosas bien con profesionalismo, con verdadero compromiso con el canto y además, con gran gran carisma. Un verdadero artista.

Lo mismo sobre Kraus, claro que se acuerdan de él, claro que nos acordamos de él, muchísimo, que hubo muy bueno, un grande en la historia de la ópera y nadie le quita eso, ni siquiera tener defensores que no le hacen bien como el señor Reverter, que levantan pasiones y generan antipatías cuando los artistas nada tienen que ver.

Sobre Le Gouve, cada quien tiene derecho de preferir a un cantante u otro, o no gustarle uno en particular. Yo debo decir aquí que Le Gouve, Rafa, a quien tengo el gusto de conocer y a quien guardo aprecio, me ha mostrado ser una excelente persona, muy atinado en todos sus comentarios y extremadamente juicioso y conocedor.

No mezclemos una cosa con otra... que así se validan las expresiones como las de Reverter. Admirar a uno, no quita que se pueda admirar a otro, en mayor o menor medida.


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NotaPublicado: 01 Ago 2010 10:34 
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Cada vez me fío menos de las críticas, por muy especialistas que sean. De un tiempo a esta parte he leido como se ensalzaban las virtudes de Marco Vratogna y Marcelo Álvarez y como se cebaban hablando de Nucci o Carosi. En este caso, es Domingo.

De todas maneras, tampoco es que me influya el hecho de que critiquen a Domingo. Yo soy el pago una entrada para verle, y el otro día disfruté mucho de él, que es lo importante.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com