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En mi opinión, aquí se cruzan dos temas que conviene deslindar: uno es el de la belleza intrínseca de una voz (que podríamos llamar fonogenia en sentido estético) y otro es el de la divergencia significativa (es decir, más significativa de lo usual) ente la escucha de una voz en vivo y la escucha de su reproducción tras ser grabada, por la pérdida, en el trasvase, de elementos esenciales de las propiedades de esa voz. En rigor, ello ocurre con todas las voces (aunque en ambas direcciones: en el estudio de grabación también es posible el reforzamiento de volumen o armónicos que alteran, "para bien", las propiedades de un instrumento), pero hay voces con las que ocurre de una forma decisiva, y en ese sentido, podemos hablar de fonogenia en sentido, si se permite la licencia, técnico.
Las voces sin fonogenia estética han necesitado virtudes artísticas más allá de lo ordinario para sobresalir en el panorama lírico, y así, la superación voluntariosa de las dificultades de tener una voz no bella ha disparado, en ocasiones, la imaginación creativa de sus poseedores. Han sido artistas gigantescos, pese a su notoria falta de fonogenia estética, la eterna Maria Callas o el sensacional Carlo Bergonzi.
El problema de las voces sin fonogenia técnica es más árido, pues sólo se puede hablar de la misma bien cuando se ha escuchado en vivo al propio artista que padece la ingratitud del micrófono, bien cuando se tiene una fe total en las crónicas en ese sentido, lo que no deja de ser un terreno resbaladizo. Además, a menudo la fonogenia técnica se refiere a la incapacidad del sonido grabado de recrear la amplitud que adquiere el instrumento en vivo, algo que ocurre particularmente con las voces eslavas. Tras oírlas en vivo, puedo decir que, efectivamente, en mi opinión las voces de Elena Obraztsova, Eva Marton y Edita Gruberova no graban bien. Son (o han sido) tres instrumentos torrenciales de los cuales el disco sólo capta un contorno vocal, generalmente muy metálico, pero no la miga de una vocal ampliamente emitida. Al no haberlo oído en vivo, no soy capaz de decir qué ocurre, por ejemplo, con el (suntuoso, y en ese sentido, estéticamente bastante fonogénico, pero aparentemete engolado y en ese sentido, técnicamente nada fonogénico) instrumento de Jonas Kaufmann, que todas las referencias en vivo que me llegan van en el sentido de que sus agudos están timbrados, no acusan ninguna emisión muscular ni tirante y "pasan" ampliamente la orquesta. Quizá sea un nuevo caso de voz que no graba bien.
En todo caso, frente al debate de tintes tunneriano-rinaldistas de si existe "verdad operística" fuera de la experiencia del teatro, digo lo de siempre: el baremo del recuerdo de un artista es el del mérito que la posteridad le reconozca a su legado sonoro. Por eso, los músicos que padecen falta de fonogenia técnica se enfrentan a un dilema irresoluble, salvo por las crónicas que sus oyentes en directo dejen de sus voces (condicionadas, a su vez, por la credibilidad que merezcan, y ahí es donde más esencial se vuelve no ser un talifán). Pero nadie dijo que dedicarse a la música fuese facil...
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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