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...y Otello fue Boccanegra
Es habitual en mí emocionarme con la ópera. Cuando se trata de Plácido Domingo, la emoción se multiplica hasta el infinito. Esta ha sido la noche que gana a todas las noches, y además no he estado sola. El Teatro Real al completo ha compartido mi emoción, mi entusiasmo, y esa sensación de que el corazón tiembla y sube garganta arriba hasta salir por los ojos en forma de lágrimas. Quince, veinte, treinta minutos de ovación en pie también para Verdi, sí, y para un reparto excelente y una orquesta y coro brillantes… pero sobre todo para un hombre que, con setenta años y recién salido de un cáncer de colon es capaz de dar el doscientos por cien de sí mismo, de su talento, de su fuerza escénica, de su voz milagrosa, como siempre ha hecho, como nunca debería dejar de hacer. Como amante de la ópera, no concibo un mundo sin Plácido. Y no sé cómo dar las gracias por poder seguir disfrutándolo y que aún sea él.
Hace ya tres horas que salí del Real, pero aún tiemblo al recordar. Aún así, voy a intentar contaros lo vivido con un mínimo de coherencia, a ver si logro hacerme entender y desgranar los motivos que han hecho de esta una noche inolvidable. Simon Boccanegra es una ópera que me fascina. A mi juicio obra maestra del gran Verdi, contiene todo lo mejor de Rigoletto y anticipa gran parte de los logros de Otello, pero por sí misma es una joya, cargada de belleza, dramatismo y de una audacia asombrosa. Tiene maravillosas partes reservadas al coro y números de conjunto espectaculares, algunos, como la escena del consejo, obra de un genio absoluto. Pero además Simon tiene una vida sinfónica propia y poderosa, fascinante como pocas, y en este punto tengo que hacer una mención -sirva de homenaje- al maestro López Cobos, que en este su título de despedida de nuestro teatro estuvo a la altura de la partitura y supo expresarla en toda su grandeza y genialidad. No es la primera vez que lo digo, y creo que no será la última: lo vamos a echar de menos. Quizá la orquesta sonó algo pasada de decibelios en algún momento, pero seguramente más que desmesura objetiva fuera ligero defecto agravado por la modesta entidad de alguna de las voces protagonistas, concretamente la de la bella Gheorghiu.
Era la primera vez que escuchaba en vivo a la soprano rumana, y lo cierto es que me ha dejado fría. La sensación (hablo de los actos segundo y tercero porque prefiero pasar de puntillas por su aria de entrada, en la que me resultó casi imposible escucharla: sin duda los que aplaudieron en este momento tenían un oído más fino o mayor habilidad para leer los labios), la sensación, digo, que me ha dado Angela Gheorghiu, más que de una voz pequeña, que lo es, es de una soprano pequeña, al menos para este Verdi. Canta con gusto, desde luego, el timbre es hermoso para quien no tenga problemas con los vibratos rápidos, y el envoltorio, es decir ella, es también muy bello. Pero la interpretación escénica brilla por su ausencia: ella es la diva, ella es estupenda, sexy e inmensa soprano. Y es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Ni por asomo hace siquiera el intento de meterse en la piel del personaje o transmitir algún sentimiento con su voz, y esto destaca aún más al lado de un cantante como Plácido Domingo, que si por algo se caracteriza es por sentir cada palabra que canta. Por lo demás, en el caso concreto de esta Amelia Grimaldi , hace aguas en la zona grave, pero esto es algo que no le podemos tener muy en cuenta sabedores de las exigencias sobrehumanas que Verdi impone a los cantantes.
Y hablando de graves, Ferruccio Furlanetto hizo ostentación de los suyos -voz de Señor Bajo- aún más lucidos teniendo al lado un Boccanegra tenor, y demostró que quien tuvo retuvo y que le sobran clase y carisma para poner en escena un Fiesco imponente. En la conmovedora escena final trazó junto a Plácido un bellísimo dúo, y tanto por el volumen de su voz como por sus tablas resultó un aliado perfecto para este Dux tan especial. Me gustó mucho también Ángel Ódena en el papel de Paolo.
¿Y el tenor? Es decir, el tenor que cantaba el papel de tenor. Pues probablemente el ideal para completar este reparto (donde tengo que decir, ya que se habla de poderío vocal, que creo que Inva Mula, la Amelia del otro cast, habría encajado mucho mejor). Marcello Giordani cantó el papel de Gabriele Adorno, y si bien en ocasiones le puede faltar algo de la elegancia que las bellas frases verdianas piden, es la suya una voz de las que escasean, grande, bonita y con unos agudos espectaculares y brillantes de los que tiran abajo los teatros. Me gusta Giordani, me gusta mucho. Creo que da lo mejor de sí mismo en Puccini, pero sin duda estuvo bravísimo y para mí, con mi consabida debilidad por la cuerda tenoril, es un lujo contar con él para este Adorno, un personaje que puede muy bien pasar sin pena ni gloria en una Génova que es reino de barítonos y bajos. No lo hizo Giordani, que fue uno de los grandes triunfadores de la noche y con razón.
Una de las mejores puestas en escena que recuerdo fue una Bohème de Giancarlo del Monaco. Otras veces me ha decepcionado, pero siempre presto atención a sus ideas porque suele tenerlas muy buenas, y en esta ocasión creo que su propuesta es perfecta. Una amplia escalinata de mármol donde predomina el blanco resulta un acierto pleno, porque la oscuridad de Simon Boccanegra ya la pone la música. Esta claridad visual permite apreciar los matices de una partitura llena de recodos tenebrosos (especialmente en el prólogo), de tensiones sobrecogedoras, de resignada melancolía. Y sobre ella, pinceladas de carmín Tiziano aquí y allá, -en las túnicas del pueblo, el trono y sobre todo el atuendo de Simón- creando un efecto plástico bellísimo. La amplitud del escenario, además, da juego para que los protagonistas, y el coro (si no lo he mencionado, es momento de hacerlo: brillante anoche, como acostumbra) se muevan con libertad, que también en los movimientos está el drama.
Por esta escalinata de mármol se movió Plácido, enérgico, incansable, llenando cada rincón del escenario, sorprendiendo hasta en ese final en el que se desplomó contra el suelo como un cuerpo sin vida produciendo un murmullo de sobresalto entre el público. Tenía este Boccanegra una dosis extra de emoción y melancolía. Porque tras cada gesto de este Dux genovés era imposible no adivinar a aquel otro Dux veneciano; porque en la grandeza de este corsario está aquel moro; porque sólo había que mirarlo una vez, con su capa de terciopelo carmín y su cabeza tan blanca como el mármol del escenario, para adivinar que era el viejo Otello quien blandía una vez más su espada, quien agonizaba en escena como sólo puede hacerlo aquel que ha grabado la muerte más hermosa con letras de oro en la historia de la ópera.
Plácido Domingo. Dux de Venecia o de Génova, Otello, Boccanegra. Idéntica entrega, misma pasión, emoción, intacta voz. El gran Plácido. Cincuenta años sobre los escenarios. Cincuenta vidas se quedan cortas para dar cabida a tanta grandeza.
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Gracias, Maestro.