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Citar:
<center>Las lágrimas de
Gerard Souzay
ALVARO MARÍAS
Lo recuerdo como si lo hubiera escuchado ayer o, mejor dicho, con mucha más nitidez que el concierto que escuché ayer. El 22 de febrero de 1969 era quien firma estas líneas un estudiante de música quinceañero, que se arrellanaba con fruición en su butaca de una de las últimas filas del gallinero delTeatro Real, la correspondiente al ansiado abono que acababa de estrenar. De ahí a la felicidad, no faltaba mucho: apenas unos segundos.
El concierto de la Orquesta de RTVE que me aguardaba tenía como protagonistas dos nombres para mí desconocidos. Pecados de juventud. Cuando apareció en escena el director de orquesta, la ovación fue mucho más larga y encendida de lo habitual, al menos por parte de un sector minoritario del público. Ese elegante personaje, de copiosa, ensortijada y cana cabellera, los puños inmaculados de la camisa sobresaliendo generosamente de las mangas del frac, el gesto sereno y nítido, la batuta clara y precisa, se llamaba, nada más y menos, que Sergio Celibidache. […] Pero la gran lección, la que me iba a hacer aprender en una noche más música que diez años de conservatorio, apenas había comenzado. Tras aquella ineffable fiesta, el señor de la cabellera apareció acompañado de un hombre de aspecto sobrio y moderado, cuyo señorial comedimiento sugerían antes al médico o al abogado, al profesor o al científico, que al cantante. Cuando aquel señor, para mí desconocido, comenzó a desgranar los Kindertotenlieder de Mahler —tras la música más alegre de la historia, la más triste, la más terrible y desolada, la que expresa el mayor de los dolores que un ser humano puede conocer, el de la pérdida de los hijos—, un abismo desconocido, para el que mis escasos años no estaban preparados, se abrió pavorosamente bajo mis pies.
Y allí estaba aquel hombre comedido, tan comedido que no parecía un cantante, que cantaba de una manera tan natural y tan profunda que no parecía cantar — porque las confidencias no se hacen cantando, sino hablando—; allí estaba aquel hombre ya entrado en años entregándonos su alma, y con ella la de Rückert, el poeta, y la de Mahler, el músico. Y aquel hombre tan comedido que no parecía cantar, sino susurrarnos al oído un dolor antiguo como el mundo, un dolor profundo e inabarcable, acumulado generación tras generación desde que el mundo es mundo y desde que el hombre es hombre, aquel hombre, lloraba. Sí, lo prometo; les prometo que lloraba. Las lágrimas rodaban lenta, serenamente,—“salid, sin duelo, lágrimas corriendo”— mientras aquella voz culta, refinada y humana, flexible hasta el infinito, atenazaba nuestras gargantas, las de todos los oyentes que comulgábamos, tras el frenesí rossiniano, con todo aquel sufrimiento que se cernía, tenebroso como un nubarrón invernal, sobre nosotros. Yo no sabía entonces que ésa había de ser la única vez, en toda mi vida, que iba a escuchar a un músico hacer música mientras lloraba. Tampoco sabía que aquel caballero tan comedido que era capaz de llorar y de cantar al mismo tiempo, de llorar como si no tuviera a su lado a aquel implacable juez de bucles entrecanos que hacía temblar a los músicos de cualquier esquina del orbe, que hacía palidecer con su sola y arrogante mirada a los músicos de la orquesta que tenía ante él, era un mito viviente.
Yo no sabía entonces —ni falta que me hacía, porque yo estaba allí para aprender, para beber apresuradamente, apurando hasta la última gota, aquel cáliz que se me ofrecía por primera y única vez— que aquel hombre tan comedido que lloraba en silencio, sin tan siquiera dejar de cantar mientras lloraba, era Gérard Souzay, el músico, el escritor, el pintor, el cantante más culto de su tiempo, quién sabe si de todos los tiempos, el hombre sensible y exquisito, sensual y refinado como sólo lo puede ser un músico francés, el discípulo de Pierre Bernac y de Lotte Lehmann, el amigo de Poulenc, de Milhaud, de los seis, el músico capaz de hacerlo todo, de abarcarlo todo con idéntico talento, de Monteverdi a la mélodie francesa, de la ópera al Lied, de Fauré a Stravinsky. Y aquel hombre, ya entonces mítico, modelo de todos los cantantes del mundo, que había escrito un capítulo singular en la historia del canto y en la historia de la música de su tiempo, estaba allí, desvalido como un niño, llorando en silencio y haciéndonos llorar, en estrecho abrazo con Celibidache, con Mahler, con Rückert, en comunión con todo el sufrimiento de la humanidad —lachrymarum valle, la bella metáfora de la Salve era, nada menos que para Ortega, la más exacta definición del mundo—.
Y mientras cantaba y lloraba estaba, sin saberlo, enseñando a un muchacho de quince años, sediento de vivencias musicales, algunos de los más insondables secretos de la música y de la vida.
El comedido caballero, que lloraba en silencio mientras cantaba, murió el pasado 17 de agosto de 2004
Gabriel Fauré. Tristesse
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Avril est de retour,
La première des roses,
De ses lèvres mi-closes,
Rit au premier beau jour,
La terre bien heureuse
S'ouvre et s'épanouit ;
Tout aime, tout jouit.
Hélas! j'ai dans le coeur une tristesse affreuse.
Les buveurs en gaîté,
Dans leurs chansons vermeilles,
Célèbrent sous les treilles
Le vin et la beauté ;
La musique joyeuse,
Avec leur rire clair
S'éparpille dans l'air.
Hélas! j'ai dans le coeur une tristesse affreuse.
En [déshabillés blancs]1
Les jeunes demoiselles
S'en vont sous les tonnelles
Au bras de leur [galants]2 ;
La lune langoureuse
Argente leurs baisers
Longuement appuyés,
Hélas! j'ai dans le coeur une tristesse affreuse.
Moi, je n'aime plus rien,
Ni l'homme, ni la femme,
Ni mon corps, ni mon âme,
Pas même mon vieux chien.
Allez dire qu'on creuse,
Sous le pâle gazon
Une fosse sans nom.
Hélas! j'ai dans le coeur une tristesse affreuse.