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La Ópera de Praga nos ha traido a Donostia Der fliegende Holländer, lo que no deja de ser una novedad aplaudible teniendo en cuenta el solar que es esta ciudad en matería lírica, con la excepción del agosto y su Quincena.
En estas funciones hay que saber a lo que se va. Despues de terminar la misma el tema está claro: si hubiera ido al Teatro Victoria Eugenia en plan soyguayporquevoyalRealyaLondres saco la motosierra y me quedo solo; pero como he ido en plan aprovechemoslaoportunidaddeescucharWagnersinhacermecientosdekilometros pues he salido poco mosqueado.
Digámoslo sin complejos: la función tiene más fallas que aciertos en todos y cada uno de los ámbitos: la orquesta suena pálida y los metales pifiaron en exceso; la puesta en escena es la enésima repetición de la Senta desequilibrada; el coro necesita ur-gen-te-men-te unas clases prácticas de entrar todos al mismo tiempo; y los cantantes hacen lo que pueden con una técnica paupérrima y unas voces limitadas.
Sin embargo, creo que se ha acertado trayendo a esta compañía y quiero agradecer ele fuerzo a quien coresponda.
El protagonista era Richard Haan, un barítono corto de fuelle que fue de más a menos de forma alarmante. Creo que si el holandés tiene que cantar una sola frase más el señor Haan se desmaya. Su monólogo inicial lo dijo con intención pero su voz es mate, se queda en el cantante, no corre y además tiene poca intención y poca disposición a matizar.
En esto no iguala la voz de Monna Somn, la Senta desquiciada que cuando fue a la escuela solo le enseñaron una letra: la f. Si hablamos de vlumen de voz, ganó el concuerso de calle; otra cosa es que confundamos cantar con gritar o con gritar desaforadamente.
Erik era José Montero, un tenor cortísimo que en las pocas zonas agudas delpapel enseñó demasiado claramente sus limitaciones. La voz no es fea, lo que ocurre es que entre el ataque en forte y elresto de matices solo hay un agujero negro.
Vera Pachová fue una Mary insignificante e inaudible en cuanto había más de una voz; pero en mi opinión la peor voz -pensé que podría estar enfermo- fue la del Daland de Ivaylo Guberov, un bajo que no es bajo, un actor que no es actor y, si me apuran, un cantante que no es cantante. Su arioso del acto II me pareció lo peor de la noche.
Curiosamente, y no salvo de errores, la voz más interesante me pareció la de Robert Remeselnik, un timonel de cierta entidad y que exihibió la voz más fresca de todo el reparto.
El Coro, paupérrimo, especialmente la sección masculina. En esta tierra, donde sabemos algo de coros, estoy seguro que entre el público había veinte personas que lo hubieran hecho mejor. Y la Orquesta, muy limitada por el foso, sono plana, sin vida. La dirigía Norbert Baxa, que no aportó nada nuevo.
La puesta en escena es de Martin Otava y su planteamiento es muy socorrido: Senta está como las maracas de machín, internada en un psiquiatrico. Vive toda su experiencia con el Holandés y acaba muriendo, entregando su vida, en la cama del manicomio. Mary es en realidad la enfermera jefe del manicomio. Nada nuevo.
El público estuvo gélido al acabar el acto I. ¿Se aplaudió veinte segundos? Al final hubo bravos para Senta y el Holandés -limitados pero bravos- y cortesía para el resto.
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