Sobre la lectura de Rattle, mitchum escribió:
¿no es LA versión?
EMarty escribió:
No la conozco pero LA versión, ¿no es la de Maazel?

Bueno, es un debate que yo he tenido conmigo mismo durante bastante tiempo
(casi desde crío, e influido un poco -me da vergüenza decirlo- por la forma forofa en que, de niño, yo era de DECCA y antiEMI como quien era del Barça o del Rey Gaspar).
La cara y la cruz de la lectura de Lorin Maazel es, precisamente, Lorin Maazel. Su lectura es seria, dramática, auténtica, concienzuda, humilde y muy trabajada. Además, su reparto no tiene nada que envidiar a ninguna otra versión: Willard White y Leona Mitchell están radiantes en los papeles principales. Maazel ha investigado de una forma muy rigurosa la obra para montarla en sonido, pero precisamente, la crítica que se le ha hecho ha sido que
Porgy and Bess, como expresión intensa de las ganas de vivir de un pueblo oprimido, no puede ser sólo el producto de una investigación académica. Yo no estoy de acuerdo: me parece que la lectura de Maazel no resta sino que suma a la obra con su enfoque comedido y totalmente ausente de populismo.
Pero es cierto que Simon Rattle, peor músico que Maazel (aunque muy bueno), y de alguna forma viandante de un camino ya abierto por su predecesor, consigue con un cast casi igual de bueno (no conozco ningún trabajo mejor de Cynthia Haymon ni de Gregg Baker) y que, además, había rodado la obra previamente en escena, una teatralidad más intensa e inmediata que la de Maazel (aunque no por ello superior). Además, como ocurre tantas veces, Willard está peor de voz que en su registro anterior, pero se ha "hecho" con el personaje en mayor medida.
¿Cuál entonces? Pues según cómo se entienda
Porgy and Bess y en qué momento te pille. En mi opinión, a los 20, la de Rattle; a los 30 las dos, y a los 40, la de Maazel. Cualquiera de las dos es capaz de recrear toda la esperanza trágica y emocional de sus personajes de una forma totalmente reivindicativa de la calidad de la partitura y de lanzar una fortísima acusación contra los clichés prejuiciosos y absurdos con los que, a veces, encasillamos el género lírico.