Registrado: 30 Dic 2005 13:54 Mensajes: 13802 Ubicación: Madrid
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Le Gouverneur escribió: delaforce escribió: He estado reflexionando sobre el asunto y escuchando algo de música de Turina, y no le encuentro el queso a la tostada. La tostada es simplemente que hay autores que reconocen que continúan por caminos que han encontrado otros, aunque busquen sus propias aportaciones. He buscado a Sciarrino para que vea más lógico que otros sigan caminos que haya explorado este compositor, ya que tanto le gusta. 
Pues se da la circunstancia que he escuchado dos óperas de Turina, y no les encuentro una gran similitud con las de Sciarrino (no hablo de la calidad, sino del enfoque y la estructura). De hecho, el propio Turina se tiene a sí mismo como un "innovador" (algo, como le comentaba, bastante común en las composiciones líricas de nuestro tiempo), o, al menos, siente que una de las responsabilidades básicas del compositor de nuestra época es buscar esa "innovación". Cito sus propias palabras: (las negritas son mías):
Los últimos tiempos han supuesto para la ópera una auténtica revolución que ha situado en idéntica primera línea de importancia a los tres frentes eminentemente creativos que la integran: así, la música —considerado tradicionalmente el más importante— ha pasado a compartir el puesto predominante que, naturalmente, le corresponde, con el libreto —al que hoy se exige, a diferencia de épocas pasadas, una gran calidad literaria— y con la puesta en escena, en la que últimamente reside gran parte del atractivo de toda producción de cualquier título del repertorio. Todos cuantos de una forma u otra amamos la ópera nos congratulamos de que se haya llegado a esa situación de equivalencias, porque estamos convencidos de que en la exacta conjunción de esos tres factores está la clave para iniciar la tan deseable como indispensable renovación de un repertorio que, anquilosado desde hace décadas en unos cuantos títulos básicos, se resiste con fuerza a toda propuesta de renovación. Del mismo modo, todos cuantos de una u otra forma creemos en la validez de la ópera como género en el que todavía hay mucho que decir, estamos convencidos de que más allá de esas equivalencias, ni se puede, ni se debe llegar, por el bien de dicha validez. Porque no hay peor enemigo de un concepto global del espectáculo que el divismo de uno de sus integrantes. Lo hemos comprobado hasta la saciedad con las exigencias y caprichos de tantos divos y divas del canto, que han puesto en peligro y hecho fracasar más de una vez la pureza de una representación; y lo mismo ocurriría si compositores, libretistas o directores de escena pasaran a ejercer ese papel absolutista y despótico.
En ese sentido (y perdóneseme la inmodestia), este espectáculo, tal como va a ser visto y oído en su estreno en el Liceo, es ejemplar: pertenece por igual en el aspecto creativo a La Fura dels Baus, a Justo Navarro y a quien suscribe estas líneas, sin que el orden de la relación implique prioridad ninguna. Y me interesa especialmente destacar todo lo anterior, porque en ello radica, a mi juicio, la principal innovación de la propuesta: al revés de lo que suele ser habitual, aquí no ha habido un músico que durante años ha mendigado por los despachos de empresarios y gestores una oportunidad para una partitura realizada a partir del libreto que algún escritor haya realizado sobre la base de un relato o una pieza dramática preexistente, y para la que, en el mejor de los casos, se realiza una puesta en escena totalmente desvinculada de las intenciones estéticas iniciales, perdidas por completo en esos años de peregrinaje.
Por el contrario, todo en Don Quijote en Barcelonase ha producido con absoluta sincronización creativa, entendiendo por tal el proceso lógico de intervención de los distintos componentes: a La Fura corresponde el habernos convocado a Justo Navarro y a mí para escribir libreto y música, respectivamente, de una ópera basada en el mito quijotesco. A partir de ahí, Justo Navarro comenzó a escribir y yo a componer al ritmo que él me imponía. Absolutamente todo el proceso de realización material se ha sucedido en el orden final del espectáculo: tras el primer acto llegó el segundo, y el tercer puso fin a la tarea. Y como es lógico en un trabajo realizado en estrecha y cordial colaboración, las frecuentes reuniones a tres bandas fueron, en cierta medida, condicionando recíproca y fructíferamente el trabajo de unos y de otros. Justo Navarro y yo nos hemos enriquecido con las sugerencias de Carlos Padrisa y Alex Oller en la misma medida en que ellos, lógicamente, lo habrán hecho con el nuestro.
En realidad, claro, se trata fundamentalmente de lugares comunes, pero ya ve que se considera un "renovador", o al menos parte de un equipo de "renovación". 
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