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Estimado Amonasro:
Te agradezco que hayas contestado a este mensaje y me ofrezcas tus consideraciones sobre mi opinión. Ahora me gustaría comentar algunos aspectos de tu respuesta.
Tus primeras líneas dicen: “Qué gran afición los directores y críticos en tu caso, de practicar la docencia y la gran virtud de enseñar al que no sabe”. ¿Cuál es la función de la crítica de espectáculos artísticos entonces? ¿Acaso no cumple tres funciones: valorativa, didáctica y promocional? En determinadas críticas pesa más lo valorativo que lo didáctico y promocional. En otras, más lo promocional… A veces tales funciones se pueden manipular con fines poco honestos, como el derribo o el exacebado encumbramiento de un cantante, un director de escena o un director de orquesta. Por eso intento que mis críticas salgan publicadas después de que hayan concluido las funciones, para que no se me pueda achacar que intento darle bombo a una producción.
En mi caso, intento ser didáctico, pero no porque dirija mis argumentos a “las estrechas mentes del público que no es capaz de comprender un clásico como Don Juan”, ni atribuyo “incultura o falta de criterio a lo que es simplemente disconformidad o rechazo”. Simplemente intento fundamentar las bases de mis artículos en argumentos sólidos con el fin de acercar convenientemente la obra al público, a todo tipo de público. Porque no todo el que se sienta en una butaca del Real tiene por qué saber que Don Juan es un mito que trascienda a los más de quinientos autores que han escrito una obra literaria basándose en él.
En la primera parte de mi crítica que valoras como una “bella perorata”, intento exponer qué es lo que yo he entendido de la visión que Pasqual nos ha ofrecido del mito de Don Juan y de la obra de Don Giovanni con el fin de valorar su labor como director de escena. Si has leído con la justa atención el texto en su totalidad verás que, en mi opinión, tanto lo uno como lo otro presenta muchas goteras. Cito textualmente:
“…En mi opinión, el resultado final de su producción es igual de simplista. Esta interpretación “neorromántica” no termina de casar con una obra cuya dramaturgia está basada en la típica ambigüedad dicieochesca, reforzada además por ese regusto de contrastes que conserva todavía de sus orígenes barrocos y manifiesta ya en lo tragicómico del género al que pertenece.”
“La insatisfecha avidez sexual de Don Giovanni, que resulta ser el aspecto más marcado de la interpretación del “canon donjuanista” durante el s. XVIII, se diluye en esta producción, lo cual es un problema, ya que este rasgo del protagonista constituye en gran medida el asunto de los números cómicos de la ópera. En ese sentido, el planteamiento de la obra en conjunto, que es un “dramma giocoso” emparentado con la ópera bufa napolitana del s. XVIII, posee un color más dramático que “giocoso” y, visto así, es un fallo esencial según la opinión de quien escribe.”
Creo que en estos párrafos quedan manifiestas las razones por las que creo que la producción de Pasqual no funciona.
Dices: “En cuanto un montaje pretendidamente "moderno" no es aceptado o es abiertamente contestado aparecen las alusiones al inmovilismo, a los que añoran el pasado.” Tienes toda la razón. Esto ocurre en muchísimas ocasiones. Seguramente dices eso porque en mi artículo escribo: “En algunos casos, ciertamente no es el tedio la causa de tal comentario, sino el escándalo dignificadamente ñoño por una puesta en escena algo picajosa para una parte del público de estreno que parece seguir añorando aquellos tiempos en que España era un reino con trono vacante.” Si afirmo esto es porque lo he oído, no porque me lo imagine. Una parte del público del día del estreno (fíjate bien que hablo del día del estreno) comentaba que no era de recibo una puesta en escena provocadora, que intenta reabrir las heridas de las dos españas. Esto lo decían hijos y nietos de militares de alta graduación y altos funcionarios de la época de la dictadura. A muchos de ellos los conozco personalmente y, si me pongo en su lugar, comprendo perfectamente su indignación, aunque no la comparta en absoluto. Pero, por favor, lee hasta el final del párrafo y comprobarás que opino que “la sensación mayoritaria (de aburrimiento) es la misma, tanto para los escandalizados como para aquéllos para los que llueve sobre mojado.” Creo que en los párrafos anteriormente citados, doy los argumentos que mantienen esta opinión. No veas pues en lo que he escrito en la crítica “desprecio o a la descalificación”.
A unos les parece una producción nefasta porque se trae la acción a los años 40. A mí me parece poco conveniente ese cambio, pero no porque deje de haber cierto paralelismos entre los personajes y la situación de la época, sino porque esto es un drama giocoso y, en una época tan triste como la posguerra, sólo cabe el drama y lo jocoso de la comedia se pierde.
Como bien dices, el público es muy heterogéneo y es un error generalizar. Algunos coincidían conmigo, otros abucheaban sólo por el hecho de que fuera Pasqual quien ha producido este montaje, porque es amigo de Sagi, o porque es catalán, o porque no son amigos suyos. Otros, también, aplaudían sólo porque son amigos del regista. A otros no les gusta que se cambiara de época la ópera y por eso se fueron del Real con la sensación de que los habían engañado. Al contrario, otros sólo entienden una ópera si se cambia la acción a una época más cercana y sólo si salen nazis… Otros, porque salían proyecciones de eclesiásticos de la época y opinan que es una forma de ridiculizar a la Iglesia. Otros, como yo, ni aplaudíamos ni abucheábamos por educación… Sin duda, el público es muy heterogéneo.
Otro asunto diferente es aquello de que “los clásicos tienen la desventaja de que son conocidos de todos”. Es cierto que todos conocen, mejor o peor, las figuras de Don Juan, la Celestina, el Quijote o Fausto. Precisamente se las clasifica de “clásicos” por su carácter modélico. No son clásicos porque sean antiguos, sino porque han servido de modelo a creadores posteriores. Los clásicos son conocidos por todos, pero también son polimórficos y, como tal, la interpretación de un mito literario clásico es variadísima, precisamente porque sobrepasa a la visión e intención del autor.
El Quijote es un claro ejemplo: hoy vemos un Quijote polifacético, que contiene en sí muchas interpretaciones, todas aquéllas de las que ha ido haciendo acopio la cultura occidental. Para un lector del s. XVII, el Quijote (sobre todo la primera parte) no era más que un libro de aventuras que se burlaba de los libros de caballerías ya un poco pasados de moda. Hoy la figura del Hombre de la Triste Figura es muchísimo más que eso. ¿Cuándo crees que surge esa interpretación de el Quijote idealista y el Sancho Panza realista? ¡En el s. XIX! ¿Era intención de Cervantes expresar este contraste? Puede que sí, o puede que no, pero da igual. La obra por sí misma tiene un valor independiente de la visión con que su autor la escribió. Por eso es un clásico y no una obra de su época.
Esto es lo que pasa con Don Juan. El Don Juan de las compañía de “comedia del arte” italianas (que parece que fueron las primeras en darle forma teatral a la figura de Don Juan) era un tipo bufo. Parece ser que Tirso (aunque algunos estudios dicen que no fue Tirso de Molina el autor de “El Burlador de Sevilla”, sino Andrés de Claramonte) tomó esta figura para crear su obra, de corte mucho más serio. Con Molière la figura recupera su comicidad original y de la gravedad de Tirso se pasó al sarcasmo o humor ácido. Pero entre Tirso y Molière hubo innumerables autores que trataron el asunto de Don Juan, y posteriormente también y, en muchos casos, se reinterpretaba al personaje de Don Juan de manera diferente a cómo se había mostrado anteriormente al mito. De todos es conocido que en el Burlador de Tirso Don Juan se condena y en el Tenorio de Zorrilla, se salva. ¿Acaso ese cambio de final no implica un cambio total en la concepción de Don Juan? El bagaje que conlleva una figura así nos debe interpelar, pues igual que hoy no leemos el Quijote como un lector del s. XVII, tampoco podemos ver Don Giovanni con los mismos ojos de un espectador de finales del s. XVIII.
¿En quién se basa Da Ponte para escribir su “Don Giovanni”? Claramente no en el de Zorrilla, como creía algún cantante del elenco que hemos visto en Madrid. Esta es una pregunta interesantísima, porque quizás ello nos revelaría esa difícil clasificación que le dan a la obra: dramma giocoso. ¿Dónde están los límites de la reinterpretación de una obra?, ¿hasta qué punto una reintrepretación traiciona o no el espíritu de la obra?. Claramente el espíritu del autor suele ser traicionado siempre que se reinterpreta su obra... Y a mí el espíritu filológico me está llevando a alargar este mensaje demasiado... jejeje
Como digo en mi artículo: “También es cierto que estas transformaciones a partir de reinterpretaciones de un determinado mito se han realizado tradicionalmente en obras completamente nuevas y éste no es el caso. No es ahora el momento de reflexionar y decidir si es lícito reinventar las óperas a partir de sí mismas o si se debe respetar la idea del autor, aunque no tenga ya vigencia.” Este es un debate abierto. Mi opinión me la reservo pues me gustaría abrir otra cadena de mensajes que sobre esto trate, intentando desvincular lo que opino de esta producción de Pasqual en concreto.
Se me olvidaba: quien identifica a Don Giovanni con los perdedores de la Guerra Civil española no soy yo, sino el propio Pasqual que lo deja caer en la entrevista que aparece en el libreto de lujo que se vendía en el Real.
Un abrazo
Kraus
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