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Registrado: 26 Mar 2004 16:50 Mensajes: 5436 Ubicación: Numero quindici, a mano manca.
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Vela del Campo en www.elpais.es
La ampliación de fronteras de la Ópera de Oviedo se manifiesta con la elección de un título de Wagner como segunda propuesta de la temporada, justamente después de una ópera de Händel en la apertura. La literaria ciudad asturiana no ha sido nunca excesivamente wagneriana, a pesar de su hermanamiento con Bochum en la cuenca del Ruhr, y cuando las óperas del autor de Tristan und Isolde se han representado aquí han sido dobladas al italiano, aunque la más reciente -El holandés errante- se haya escuchado en el idioma original alemán.
Además, no se han andado con pamplinas optando por una puesta en escena de corte divulgativo. La lectura de Tannhäuser ha sido en clave psicoanalítica, con un protagonista atormentado en sus sueños y pesadillas, debatiéndose, por un lado, entre el amor carnal y el espiritual, y por otro, viviendo como una pesadilla el proceso de creación, tal vez como un guiño al propio compositor. Las imágenes escenográficas y la dirección de actores han manifestado con claridad las intenciones. Las escenas menos conseguidas han sido las derivadas del reino de Venus, en una estética de burdel antiguo, y las más atractivas las que planteaban cuestiones simbólicas desde la mente dubitativa del protagonista. No ha sido un montaje redondo, pero sí al menos coherente desde una determinada perspectiva.
Tiene mérito el planteamiento de los Amigos Asturianos de la Ópera. Por una parte atrevido, por otra prudente, y a fin de cuentas audaz artísticamente dentro de lo posible. Como Tannhäuser, ahí es nada, se contaba con Wolfgang Millgramm, debutante en 2002 en el Festival de Bayreuth con este mismo papel bajo la batuta de Christian Thielemann. Los comienzos fueron titubeantes, pero el tenor se fue yendo hacia arriba conforme transcurría la obra y, qué tío, aguantó el tipo hasta el final. Tiene empuje, no excesivo refinamiento, pero salva con entrega los innumerables obstáculos del rol.
La cantante más completa de la noche fue Emily Magee, una wagneriana de postín para Elisabeth, pero también se luce Ángel Ódena como Wolfram von Escenbach, y se desenvuelve con corrección Graciela Araya como Venus. El reparto vocal es bastante homogéneo en sus prestaciones secundarias. Los coros de los Amigos Asturianos de la Ópera e Intermezzo cumplen en su prestación conjunta.
La dirección musical de Friedrich Haider acentúa el lirismo exacerbado de la obra y en más de un momento llega a lo elegiaco. Destaca, sin cargar las tintas, lo que podríamos llamar la dimensión belcantista de Wagner, lo que encuentra más de una complicidad en el escenario. La orquesta responde a esa intencionalidad. Al público no habitual a las brumas germánicas le resulta cómodo este acercamiento melódico italianizante. Al final manifestó generosamente su aprobación y hubo éxito sin fisuras. La Ópera de Oviedo continúa sin aspavientos su positivo proceso de normalización en la amplitud del repertorio, en la consistencia orquestal y en la variedad escénica, sin renunciar para nada a la solidez de los repartos vocales. Ciertamente, está encontrando un camino muy estimulante.
El ínclito Aurelio M.Seco en www.lavozdeasturias.es
Tannhäuser se trata de una producción muy práctica --hasta coqueta--, procedente de la Opera de Halle, y que se adapta bien a las características del Campoamor, con una sencillez que en algún momento rozó el límite de lo exigible en el nivel productivo de la temporada. No fue como en Alcina , donde la escena era otro de los alicientes, pero la lectura es válida, interesante y profunda. Otra cosa es que sea compleja de interpretar, o que en la misma haya alguna que otra excentricidad o contradicción, pero la lectura de Bruno Berger-Gorski funciona, y no está carente de interés. En la versión musical estuvo un Friedrich Haider magnífico. Después del tropiezo de Alcina , aquí sí que la OSCO era adecuada; debidamente reforzada, claro. Haider preparó bien a la agrupación, y ésta respondió con garantías. La versión está en la línea estilística del austriaco, en la que se echa de menos una mayor musicalidad, por encima del metro; un sentido musical propio, a parte del de la obra, que siempre representa coherentemente. Junto a la excelente versión musical hay que resaltar la vocal, con un elenco de notables intérpretes. El resultado es todo un éxito para la Temporada, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de Wagner, de difícil producción.
Desde el punto de vista escénico no se puede hacer una interpretación de la obra de Wagner sin tener en cuenta varios aspectos: el pensamiento de Shopenhauer, el de Nietzsche, las convenciones morales de la burguesía del XIX, y su interés por el género femenino. Cualquier interpretación que no incida en estas cuestiones corre del riesgo de ser superficial o, simplemente, subjetiva. En Wagner lo apolíneo es el texto, el aspecto femenino, que es lo que puede transmitir ideas razonables; y lo dionisiaco la música, cuyas cualidades dramáticas empiezan donde termina la razón. Lo primero sin lo segundo; lo femenino, sin el germen vivificador de lo masculino --he ahí su misoginia--, es infértil. En Tannhäuser , el protagonista encarna la visión dionisíaca del mundo. Se puede decir que es el propio Wagner --cosa que ha entendido Gorski--, que, consciente de la necesidad de transmutar los sacrosantos valores asentados desde Sócrates, proclama que, la búsqueda de la verdad en el arte --he aquí la clave de la obra--, estriba en una consciencia del ser donde el instinto conforme una parte viva del mismo, y no se halle disuelto, e incluso evaporado, por la razón, por la moral. Cuál es el camino del verdadero arte? Wagner en Tannhäuser plantea la lucha, el conflicto entre sus ideas progresistas, revolucionarias, y las de la sociedad burguesa conservadora, que al final es la que vence. Sólo que en la obra Wagner duda, no se compromete con su propia visión, que a través de la figura de Venus califica de impura --muy parecida a la opinión de algún espectador, que la veía vulgar--; y eso, a la postre, es lo que lo separará de Nietsche, que sería un magnífico Tannhäuser llevado a sus últimas consecuencias, sin arrepentimientos ni sensación de culpa. Al final triunfa la fe, y la redención a través de ella. Wagner muestra la dialéctica entre lo apolíneo y lo dionisiaco aludiendo al amor: el carnal o el platónico; Venus o Elisabeth ; el deseo carnal --que, señores, es vulgar-- o el amor puro y casto. Aquí gana lo segundo. Esta idea de carencia de lo deseable en las obras de grandes artistas, hace tiempo que los directores de escena la han comprendido, y el caso de Berger-Gorski no iba a ser una excepción. Tras el estreno, algunos se han vuelto a exaltar al ver un sujetador y yo creo que a Wagner le hubiese gustado esta opción estética, que evidentemente él no arriesgó. Aquí la versión se resuelve acertadamente, y la reinterpretación funciona. Gorski le devuelve a la obra lo quitado, lo dionisiaco. Otra cosa es que cometa el error de convertir por un momento a Elisabeth en lo que nunca podría representar: la carnalidad; la vulgaridad. O que transforme a un pastor en la virgen. Al final se oyó algún que otro pataleo.
El personaje de Tannhäuser es muy exigente, no tanto por tener que afrontar un registro extremo --el LA 3 es su límite-- como por mantener una tesitura aguda persistente. Se esperaba más de Wolfgang Millgramm, quizás porque lo adecuado hubiese sido un color más dramático, con una voz que soportase con más entereza el registro agudo, algo sensible en firmeza y afinación. Aunque no se le puede quitar su gran participación en la obra, garantizando siempre la fiabilidad en su rol. Emily Magee contruyó una Elisabeth de deliciosas cualidades vocales. Es una soprano lírica que se adapta a su personaje excepcionalmente, como se pudo ver en el precioso rezo a la virgen --AllmächtIge Jungfrau--. Fue la más aplaudida. Al mismo nivel estuvo Angel Odena como Wolfram , un sobresaliente barítono lírico que convierte sus interpretaciones en verdaderos acicates para el espíritu: véase si no su canto de la estrella, en el tercer acto: --Wie Todesahnung Dämmrung--. El papel de Venus está diseñado para una soprano dramática, aunque es frecuente que lo haga una mezzo con agudos sólidos. Es el caso de Graciela Araya, que a dichos agudos añade una buena potencia vocal que, en ocasiones, no resultó suficiente. Andrew Greenan ofreció un Hermann elegante, serio, y pleno de facultades. El Landgrave de Turingia está hecho para un bajo profundo, en uno de los papeles para esta cuerda más importantes del repertorio wagneriano. Sus cualidades se acomodan fácilmente en este registro --llegando muy cómodo al FA 1--, ofreciendo una notable intervención. Otro de los méritos de la función estriba en la gran aportación de los secundarios: desde los excelentes bajos Felipe Bou, y Ernesto Morillo, hasta Francisco Vas, cuya voz se ajustó mejor aquí que al repertorio barroco; pasando por la escueta y buena participación de Alberto Núñez, o la bellísima participación de Beatriz Díaz. Pero si hay algo que llamó la atención fueron las magníficas prestaciones del Coro de la Opera de Oviedo, reforzado por el Coro Intermezzo.
Y Cosme Marina en www.lne.es
Para enjuiciar cualquier tipo de espectáculo siempre resulta adecuada su contextualización en la búsqueda de un análisis lo más objetivo posible dentro de unos parámetros que sirvan de marco descriptivo para calibrar el mayor o menor calado de un proyecto determinado. En España, en los últimos años, no más de cuatro teatros han sido capaces de montar «Tannhäuser» escénicamente, con medios adecuados. Creo que esto ya, por sí solo, encuadra a la temporada de ópera de Oviedo en un nivel de élite, en lo que a su programación se refiere y que, para nada, encuentra correlato en las miserables subvenciones que recibe del Gobierno central y, desde luego, del regional, ya a la cola de las ayudas al ciclo lírico y sin mucha voluntad, más que brindis al sol de apoyos sin respaldo presupuestario.
Bueno, pues, a pesar de esta nefasta política cultural, la gran temporada lírica de Asturias no sólo va adelante sino que asume, con riesgo y valentía, retos cada vez más audaces. No se puede forzar más el equipamiento del Campoamor. Ni al foso ni a la escena se les puede sacar más partido, supliéndose las carencias existentes con imaginación. «Tannhäusser» pertenece a esa estirpe de óperas «imposibles», en las que parece inalcanzable la «felicidad completa» del espectador ante el resultado global del espectáculo. La dificultad de esta ópera es inmensa, casi insalvable en nuestro tiempo. La razón principal está en la grave crisis que atraviesa el canto wagneriano, que, incluso, ha diezmado el Festival de Bayreuth. Cuesta encontrar cantantes que afronten este repertorio con las garantías de otro tiempo, quizá también porque ha cambiado el concepto y se exige un canto forzado en exceso que se articula sobre orquestas sobredimensionadas. Es un error porque se pierde la esencia del canto wagneriano integrado con naturalidad en el discurso musical y, en sus primeros títulos, todavía con un sustrato no lejano del bel canto en lo que a la forma se refiere.
En este sentido, el planteamiento de Friedrich Haider fue magistral. Optó por un acercamiento lírico a la partitura, lo cual facilitó la labor del reparto, consiguiendo, además, un equilibrio foso-escena perfecto. La experiencia operística de Haider es vastísima y eso se percibe en el trabajo realizado al frente de una formación como la Orquesta Sinfónica «Ciudad de Oviedo» (OSCO), concentrada y consciente de estar ante uno de sus mayores retos líricos. Esta certidumbre empujó el discurso musical y, salvo algún leve desajuste, el trabajo fue excelente desde la obertura, que, apartándose de la versión de Dresde por la que se siguió toda la velada, recurrió a una solución de compromiso usual en la mayoría de los teatros reutilizando materiales de la de París. De ahí que la obertura llamase la atención a una parte del público acostumbrada a versiones discográficas más ortodoxas. El pulso wagneriano tuvo su culmen en un segundo acto ejemplar, tenso, dramático y oscilante en los crescendos y diminuendos que articulan la partitura y en la consecución, además, de una brillantez instrumental con la que Haider potenció lo mejor de la OSCO y ocultó carencias.
El buen resultado fue generalizado en todos los elementos musicales y vocales. Por ejemplo, en el trabajo entregado de los dos coros, el de la Ópera de Oviedo y el Intermezzo de San Sebastián. Ambos se volcaron en el trabajo y logrando mantener un nivel medio más que aceptable y, en algunos pasajes, de gran brillantez y originalidad, sobre todo en las intervenciones realizadas desde el Salón de Té del Campoamor.
Como remate del entramado musical, elevando la temperatura de la sala, el magnífico reparto marcó una cima más que difícil de igualar, señalando el camino a seguir en uno de los mejores cast wagnerianos que se han reunido en España en los últimos años. Debe, en este sentido, reconocerse el acierto pleno en una de las señas de identidad de nuestra temporada, la apuesta por los cantantes hispanoamericanos. Todos ellos funcionaron con plenitud. Graciela Araya fue una Venus apasionada, desenvuelta en la escena, aunque un tanto mate en la emisión de su canto, quizá más adecuado a otros repertorios, mientras que Ángel Ódena convirtió su debut en Oviedo en una agradable sorpresa mediante un canto refinado, valiente y enérgico, aprovechando a fondo las inmensas posibilidades del rol de Wolfram von Eschenbach. Sólo puede reprochársele algún pasaje en el que la afinación no fue del todo precisa. El resto de los caballeros trovadores dio lo mejor de sí mismo. Desde Francisco Vas, mucho mejor aquí que en «Alcina», pasando por el lujo que supuso Felipe Bou como Biterolf o los contundentes Ernesto Morillo y Alberto Núñez como Reinmar von Zweter y Heinrich der Schreiber, respectivamente. En la misma línea, el Hermann de Andrew Greenan supuso un impacto de principio a fin por su canto recio, de total ajuste al estilo wagneriano. Fantástico, por otra parte, el pastorcillo de nuestra Beatriz Díaz.
Comentario aparte merece el sublime canto de Emily Magge, Elisabeth fascinante que fundamentó su intervención mediante un acercamiento cristalino al personaje, con una emisión brillante, lírica y expresiva en el que su línea de canto natural fluyó en todos los registros siguiendo la estirpe de las más grandes que han abordado este repertorio. Y junto a ella, a ese altísimo nivel, en ese Tannhäuser que a tantos tenores acaba hundiendo, Wolfgang Millgramm, que dosificó sus recursos al extremo, sin forzar en el primer acto al que le faltó un poco de mordiente, para llegar después a una plenitud asentada en el coraje de un canto vibrante y noble, riguroso, casi al límite, incluso heroico y emocionante.
Y por último, y nunca mejor ubicada esta posición, la puesta en escena. Fue, sin duda, el apartado más discutible. Bruno Berger-Gorski tiene ideas acertadas sobre la obra, y algunas de alto nivel. Pero falla en la transmisión de las mismas, muy confusa. Además, la modestia escenográfica lastró la ejecución escénica. La dualidad sueño/realidad potenciada por la ambivalencia cromática entre el rojo y el azul no ayudó a clarificar. Todo lo contrario. Los espejos del fondo, muy de discoteca o club años ochenta, el manido recurso del piano como elemento escenográfico o la sucinta iconografía wagneriana que sobrevivió fueron elementos insuficientes para delimitar el discurso dramático. No hubo escándalo en las escenas más conflictivas pero tampoco fueron decisivas boutades de baratillo como la «transustanciación» del pastorcillo en Virgen o esa madre del héroe en silla de ruedas, muy a lo «¿Qué fue de Baby Jane»? con un cuerpo desnudo en posición fetal. Rozaron la hilaridad y no aportaron nada. Citas de otras producciones se combinaron con aciertos como las proyecciones freudianas, de carácter expresionista, bien pensadas y dosificadas con criterio. El cambio de acción a la época del autor sumergió la trama en el siglo XIX, potenciando su halo romántico e identificando las intenciones de Wagner con las de su héroe y la mutilada libertad del compositor. Es otra idea que sí funcionó como la sala de los cantores de Wartburg concebida como acto político. Pero todo ello adoleció de una dramaturgia endeble que hizo tedioso el desarrollo. En los saludos, bravos y fuertes pateos manifestaron división de opiniones.
Un melómano veterano y certero me recordaba que Knappertsbuch y la Filarmónica de Berlín tocaron la obertura de «Tannhäuser» para la Sociedad Filarmónica medio siglo atrás. Sirva la evocación nostálgica de impulso para mantener el monumental empeño wagneriano.
_________________ ...la scena a' miei tempi era altra cosa.
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